CON RUM­BO OLÍM­PI­CO

Mar­ce­lo Agui­rre tie­ne co­mo me­ta una me­da­lla olím­pi­ca pa­ra Pa­ra­guay en tenis de me­sa. En char­la con Vi­da ha­ce un re­pa­so de su ca­rre­ra y su ex­pe­rien­cia en Eu­ro­pa.

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El tenis de me­sa es su pa­sión, aun­que en sus co­mien­zos Mar­ce­lo Agui­rre ju­ga­ba con la ra­que­ta gran­de, la de tenis de cam­po. Pe­ro su pa­dre, el ex­me­sa­te­nis­ta Víc­tor Agui­rre, lo in­cli­nó por el de­por­te en el que hoy se des­ta­ca. Con un nom­bre ga­na­do en el con­tex­to la­ti­noa­me­ri­cano emi­gró a Eu­ro­pa pa­ra se­guir cre­cien­do co­mo atleta. Sus ob­je­ti­vos apun­tan al­to y pa­ra ello de­be vi­vir ale­ja­do de sus pa­dres y fa­mi­lia­res; pe­ro ase­gu­ra que el sa­cri­fi­cio va­le la pe­na.

-¿Có­mo lle­gas­te a ser ju­ga­dor de tenis de me­sa?

-Co­men­cé ju­gan­do tenis de cam­po a los 7 años y me­dio en el Club Sa­jo­nia. Pa­sé al de me­sa por mi pa­pá, quien fue ju­ga­dor de es­te de­por­te, en el que lle­gó a ser vi­ce­cam­peón sud­ame­ri­cano de do­bles.

Co­mo ju­ga­dor de tenis de cam­po ga­né mi pri­mer tor­neo, y mi pa­pá, al ver que te­nía ta­len­to pa­ra los deportes con ra­que­ta, me lle­vó al tenis de me­sa. Em­pe­cé a en­tre­nar y des­pués ya me de­ci­dí por el tenis chi­co por­que mi pa­pá es­ta­ba ahí y por­que era mu­cho más fá­cil via­jar pa­ra las com­pe­ten­cias.

Siem­pre me gus­ta­ron los deportes con ra­que­ta. Em­pe­cé con el tenis por­que era el de­por­te que me gus­ta­ba, te­nía mis gran­des ído­los, pe­ro co­mo el tenis de me­sa no era muy re­co­no­ci­do y no se veía mu­cho por la te­le me ju­gué pri­me­ro por el de cam­po. Ju­gué ocho o nue­ve me­ses tenis de cam­po an­tes de pa­sar al de me­sa.

-¿Pen­sás que ha­ber op­ta­do por el tenis de me­sa fue la de­ci­sión co­rrec­ta?

-Es­toy muy con­ten­to con el cam­bio. Creo que fue acer­ta­do. Tam­bién era una asig­na­tu­ra pen­dien­te de mi pa­pá, quien era muy buen de­por­tis­ta pe­ro nun­ca tu­vo el apo­yo. Es co­mo que él se ve re­fle­ja­do en mí y me apo­ya mu­chí­si­mo. Fue más fá­cil por los via­jes y por los tí­tu­los. Eso ayu­dó a que me me­tie­ra más en el tenis de me­sa. Aho­ra ha­go lo que más me gus­ta.

-¿Cuán­do te dis­te cuen­ta de que ibas a de­di­car­te a es­te de­por­te?

-A los 10 años me di cuen­ta de que po­día de­di­car­me al tenis de me­sa. Era la se­gun­da vez que sa­lía cam­peón in­ter­ame­ri­cano. Tam­bién me lle­gó una pro­pues­ta de la In­ter­na­tio­nal Ta­ble Ten­nis Fe­de­ra­tion (ITTF), que es co­mo la FIFA en fút­bol. Ellos me be­ca­ban pa­ra ir a Eu­ro­pa y ahí me sur­gie­ron va­rias po­si­bi­li­da­des de clu­bes que me que­rían con­tra­tar. Era muy jo­ven y tu­ve que es­pe­rar de vuel­ta por­que no que­ría de­jar así no­más mis es­tu­dios.

-Eras muy jo­ven cuan­do te fuis­te a Sue­cia a vi­vir y a se­guir for­mán­do­te co­mo de­por­tis­ta...

-A los 12 de­ci­dí emi­grar, con la be­ca de la ITTF. Ya era tri­cam­peón la­ti­noa­me­ri­cano y gra­cias a esa be­ca pu­de via­jar, pri­me­ro tres me­ses, a pro­bar en va­rios clu­bes, y de ellos ele­gí la pro­pues­ta sue­ca, que pa­ra mí era en ese mo­men­to la me­jor pa­ra em­pe­zar a te­ner una ba­se en Eu­ro­pa.

-¿Tu­vis­te otras op­cio­nes?

-Fui a Ale­ma­nia tam­bién, que jun­to a Sue­cia son los me­jo­res paí­ses pa­ra em­pe­zar en tenis de me­sa. Te­nía tam­bién la po­si­bi­li­dad de ir­me a Di­na­mar­ca pe­ro me gus­tó más la cul­tu­ra sue­ca. Y co­mo era muy chi­co, me die­ron la po­si­bi­li­dad de vi­vir con una fa­mi­lia sue­ca que ha­bla­ba es­pa­ñol, por­que a esa edad yo no sa­bía mu­cho del in­glés.

-¿Có­mo fue esa tran­si­ción en tu vi­da?

-Y... fue di­fí­cil. Aho­ra me doy cuen­ta de lo que fue: un pro­ce­so muy com­pli­ca­do. En ese mo­men­to no me cos­tó mu­cho por­que era muy chi­co y me de­jé lle­var por lo que más me gus­ta­ba ha­cer y yo lo úni­co que que­ría era so­bre­sa­lir. Eso me ayu­dó a ser mu­cho más cons­tan­te y a ha­cer más fá­cil la tran­si­ción.

Veía tam­bién que es­ta­ba em­pe­zan­do a com­par­tir con los me­jo­res ju­ga­do­res de Eu­ro­pa y con ído­los que yo veía so­lo en vi­deos, y eso me mo­ti­vó mu­cho más pa­ra se­guir allá, ya que es­ta­ba cam­bian­do de cul­tu­ra.

-Sue­cia es un país ale­ja­do y frío ¿có­mo fue­ron tus años en ese lu­gar?

-En Sue­cia so­la­men­te se ve luz so­lar de cin­co a seis ho­ras por día. Era di­fí­cil por­que tam­po­co ha­bla­ba in­glés y tu­ve que ir apren­dien­do por el ca­mino. Re­cién aho­ra yo to­mo con­cien­cia de eso. Pe­ro en ese mo­men­to me de­jé lle­var por las ga­nas de que­rer so­bre­sa­lir y que Pa­ra­guay sea re­co­no­ci­do en el tenis de me­sa.

-¿Có­mo era tu día a día y có­mo te co­mu­ni­ca­bas?

-Me le­van­ta­ba a las 8. El en­tre­na­mien­to em­pe­za­ba a las 9 y en­tre­na­ba has­ta las 11.30. Vol­vía a ca­sa en me­tro. Ahí muy po­ca gen­te usa el au­to por­que las co­ne­xio­nes son muy bue­nas. Al­mor­za­ba, des­can­sa­ba un po­co y vol­vía a los en­tre­na­mien­tos a las 15, has­ta las 17.30. A par­tir de las 18.30 la ma­dre de la fa­mi­lia, que es pro­fe­so­ra, me en­se­ña­ba in­glés en ca­sa.

Den­tro de la fa­mi­lia ha­bía dos ju­ga­do­res en el club en don­de yo ju­ga­ba, el Ängby SK. Con ellos me co­mu­ni­ca­ba en cas­te­llano. Yo en­tien­do el sue­co pe­ro no lo ha­blo. Apar­te, nun­ca hi­ce un es­fuer­zo por in­terio­ri­zar­me más por­que el en­tre­na­mien­to me lle­va­ba mu­cho tiem­po, en­tre sie­te y ocho ho­ras al día. En­ton­ces era com­pli­ca­do en­con­trar un mo­men­to pa­ra es­tu­diar de vuel­ta. Pe­ro en­tien­do una con­ver­sa­ción.

-¿Y tus es­tu­dios for­ma­les?

-Ca­da tres me­ses vol­vía al país, uno por el te­ma de la vi­sa, y ahí apro­ve­cha­ba pa­ra ren­dir los exá­me­nes en el co­le­gio Chiang Kai-shek. Ahí me ayu­da­ron mu­cho pa­ra es­tu­diar co­mo alumno li­bre; ellos me pa­sa­ban to­da la in­for­ma­ción y lo que te­nía es­tu­diar por in­ter­net.

-¿Cuán­to tiem­po vi­vis­te en Sue­cia y qué hi­cis­te des­pués?

-Es­tu­ve cua­tro años en Sue­cia y des­pués pa­sé a Ale­ma­nia a un club lla­ma­do Och­sen­hau­sen, el se­gun­do me­jor club de Eu­ro­pa,

en Ba­vie­ra. Es­tu­ve dos años ahí. Siem­pre me ma­ne­ja­ba con el in­glés aun­que es­tu­dié ale­mán por ocho me­ses. La pro­fe­so­ra me de­cía que co­mo la­tino me iba a ser muy di­fí­cil apren­der la pro­nun­cia­ción. Lue­go vol­ví a Pa­ra­guay por un año y me­dio pa­ra ter­mi­nar el co­le­gio y em­pe­zar la fa­cul­tad.

Hay que sa­ber ele­gir el mo­men­to y yo de­ci­dí que ese era el mo­men­to pa­ra ter­mi­nar el co­le­gio y em­pe­zar la fa­cul­tad. Hi­ce un año de Ad­mi­nis­tra­ción de Em­pre­sas en la Uni­ver­si­dad Ame­ri­ca­na.

PAÍS DES­CO­NO­CI­DO -¿Te pre­gun­tan so­bre Pa­ra­guay en Eu­ro­pa?

-Co­no­cen muy po­co so­bre Pa­ra­guay. En Sue­cia me ha­bla­ban de Chi­la­vert. Nos co­no­cen más por el fút­bol, se acuer­dan tam­bién de Ro­que San­ta Cruz. Pe­ro has­ta ahí no­más. Des­pués hay que con­tar­les so­bre el país. Cuan­do les ha­blo en gua­ra­ní se en­lo­que­cen y em­pie­zan las pre­gun­tas. Me pre­gun­tan so­bre las co­mi­das tí­pi­cas.

-¿Có­mo te co­mu­ni­cás con tu fa­mi­lia?

-In­ter­net es fun­da­men­tal pa­ra los que vi­vi­mos afue­ra. No sé có­mo hu­bié­ra­mos he­cho sin la red pa­ra es­tar tan­to tiem­po afue­ra. A tra­vés de las apli­ca­cio­nes uno ya se pue­de co­mu­ni­car des­de cual­quier te­lé­fono mó­vil. Eso es lo que nos ayu­da a cal­mar las an­sias de que­rer es­tar con la fa­mi­lia y que­rer com­par­tir mo­men­tos que no po­de­mos por la dis­tan­cia.

-¿Te apo­ya tu fa­mi­lia en tu ca­rre­ra o te re­cla­man por­que no pa­sás mu­cho tiem­po en el país?

-Ten­go el apo­yo 100% de mi fa­mi­lia. Cla­ro, co­mo ven­go ca­da 11 me­ses mi ma­má siem­pre me di­ce que ten­go que vol­ver más a me­nu­do a com­par­tir. Ha­ce co­mo cua­tro na­vi­da­des que no pa­so en Pa­ra­guay.

Son co­sas que pa­san pe­ro que tam­po­co

pue­do cam­biar por­que ten­go com­pro­mi­sos de­por­ti­vos en esas fe­chas.

-¿Po­dés vi­vir del tenis de me­sa?

-No se pa­ga lo que en tenis de cam­po pe­ro sí te­ne­mos li­gas. Y eso ayu­da a equi­li­brar, si bien nun­ca va­mos a lle­gar a los mon­tos del tenis. Pe­ro sí se pue­de vi­vir del de­por­te. So­lo que es muy sa­cri­fi­ca­do. Son on­ce me­ses al año que uno tie­ne que pa­sar le­jos de la fa­mi­lia y de los ami­gos. Y yo ya lle­vo 12 años afue­ra, y es com­pli­ca­do.

Si en tenis de cam­po hu­bie­ra ga­na­do las com­pe­ten­cias que ga­né en tenis de me­sa, se­gu­ra­men­te se­ría di­fe­ren­te mi reali­dad eco­nó­mi­ca, pe­ro es­toy muy con­ten­to de ha­ber ele­gi­do tenis de me­sa.

-¿Te hu­bie­ra gus­ta­do de­di­car­te a otra co­sa?

-Ca­da año que pa­sa uno pien­sa si no ha­bría si­do me­jor ha­cer otra co­sa, es­tu­diar, por ejem­plo. Pe­ro aho­ra mis­mo creo que lo me­jor es cen­trar­me en el tenis de me­sa, que es lo que más me gus­ta ha­cer. Y con eso es­toy dis­fru­tan­do al má­xi­mo.

-¿Qué te dio has­ta aho­ra el tenis de me­sa, ade­más de los éxi­tos de­por­ti­vos?

-Co­no­cer otras culturas, gen­te, te­ner con­tac­tos y ami­gos en to­do el mun­do. Eso es im­pa­ga­ble. Es­te de­por­te te lo per­mi­te y es algo muy bueno por­que son en­se­ñan­zas que te sir­ven pa­ra la vi­da. Vi­vir le­jos mu­cho tiem­po te en­se­ña co­sas que de otra ma­ne­ra a lo me­jor no hu­bie­ras va­lo­ra­do.

-¿Has­ta qué edad pen­sás ju­gar?

-Si si­go por es­te ca­mino, de cui­dar­me y ha­cer es­tric­ta­men­te lo que ten­go que ha­cer, tran­qui­la­men­te pue­do ju­gar has­ta los 34 o 35 años. Se di­ce que la me­jor edad de un me­sa­te­nis­ta es en­tre los 28 y los 32 años, así que me fal­tan unos años pa­ra lle­gar a ese pun­to de ma­du­rez, pa­ra po­der ma­ne­jar me­jor los tiem­pos y los mo­men­tos can­den­tes de ca­da par­ti­do.

-¿Se­guís es­tu­dian­do?

-Ha­ce dos años y me­dio de­jé de es­tu­diar pa­ra con­cen­trar­me en Río 2016, y aho­ra me es­toy cen­tran­do a fon­do pa­ra Tokio 2020. Co­mo en­treno va­rias ho­ras al día y la tem­po­ra­da pa­sa­da ju­gué por cua­tro equi­pos, eso no me per­mi­tió es­tu­diar por­que es­ta­ba via­jan­do cons­tan­te­men­te.

Aho­ra mis­mo mi prio­ri­dad es 100% el tenis de me­sa. Y es­tá co­men­zan­do de vuel­ta el ci­clo olím­pi­co, y es­te es uno de los más im­por­tan­tes pa­ra mí, así que me voy a cen­trar en los tor­neos. Den­tro de unos me­ses em­pie­zan los Jue­gos Bo­li­va­ria­nos y a co­mien­zos del año que vie­ne los Jue­gos Ode­sur. Pien­so se­guir mis es­tu­dios pe­ro ten­go que bus­car el mo­men­to co­rrec­to pa­ra cen­trar­me 100%. Si no voy a po­der ha­cer­lo pre­fie­ro cen­trar­me so­la­men­te en una co­sa y bus­car el mo­men­to pa­ra lo otro.

UN NUE­VO HO­GAR -¿Dón­de es­tás vi­vien­do?

-Voy a em­pe­zar mi se­gun­da tem­po­ra­da en Por­tu­gal. Vi­vo en Opor­to pe­ro no es­toy ju­gan­do, so­lo en­tre­nan­do en un cen­tro de al­to ren­di­mien­to que abrió la tem­po­ra­da pa­sa­da. Yo fui uno de los ju­ga­do­res in­vi­ta­dos. Las ins­ta­la­cio­nes son muy bue­nas, de pri­mer ni­vel, lo que yo ne­ce­si­to; de los top 100 del mun­do en tenis de me­sa hay 20 ju­ga­do­res en el gru­po. Y eso me va a ayu­dar mu­chí­si­mo pa­ra po­der me­dir­me con gen­te de mu­cho ni­vel, pa­ra po­der su­bir yo el mío.

Por­tu­gal es muy pa­re­ci­do a có­mo so­mos en La­ti­noa­mé­ri­ca, su gen­te es muy cá­li­da, tie­nen en cuen­ta sus tra­di­cio­nes y las fe­chas, co­mo en Pa­ra­guay.

-¿Quién te acom­pa­ña en Por­tu­gal?

-Vi­vo con mi no­via en Eu­ro­pa ha­ce cua­tro años. Eso me da tran­qui­li­dad y es­ta­bi­li­dad emo­cio­nal pa­ra que yo pue­da en­fren­tar de la me­jor ma­ne­ra las com­pe­ten­cias in­ter­na­cio­na­les. Ella se lla­ma Hil­da So­le­dad Re­yes Brí­tez. Pa­ra ella tam­bién es di­fí­cil, por más que es­té ha­cien­do cur­sos allá. Lo bueno pa­ra ella es que una par­te de su fa­mi­lia vi­ve en Es­pa­ña. Así que cuan­do ne­ce­si­ta con­ten­ción fa­mi­liar pue­de via­jar y es­tar con ellos. Es­tá es­tu­dian­do psi­co­lo­gía, en Pa­ra­guay y ha­ce cur­sos de be­lle­za en Es­pa­ña.

-¿Ha­blás con ella de lo que quie­ren pa­ra el fu­tu­ro, co­mo pa­re­ja?

-Sí, ha­bla­mos. Te­ne­mos nues­tro pro­yec­to de vi­da. Va a lle­gar un mo­men­to en el que desee­mos te­ner hi­jos, pe­ro aho­ra mis­mo ella tam­bién es­tá con­cen­tra­da en lo que es­tá ha­cien­do y yo lo es­toy con el de­por­te. Sa­be­mos que hay que es­pe­rar. Yo creo que por lo me­nos un ci­clo olím­pi­co más y des­pués ver. Creo que no hay nin­gún apu­ro.

-¿Cuá­les son tus ob­je­ti­vos en el de­por­te?

-Siem­pre ten­go las me­tas más al­tas. Una me­da­lla olím­pi­ca pa­ra Pa­ra­guay es el sue­ño de to­do atleta. No va a ser na­da fá­cil pe­ro es­ta­mos ha­cien­do un tra­ba­jo pa­ra eso, es un ci­clo de cua­tro años que se tie­ne que lle­var, que tie­ne que ser muy bueno pa­ra lle­gar de la me­jor ma­ne­ra a las olim­pía­das.

Mi ob­je­ti­vo aho­ra mis­mo es cla­si­fi­car­me pa­ra las olim­pía­das por ran­king, me­ter­me en­tre los 80 pri­me­ros y no ju­gar un cla­si­fi­ca­to­rio. Es mi ob­je­ti­vo a me­diano pla­zo, cla­si­fi­car­me di­rec­ta­men­te pa­ra te­ner un buen ran­king y una bue­na po­si­ción en el cua­dro prin­ci­pal. Y de ahí es­pe­rar que to­que el me­jor sor­teo pa­ra ir avan­zan­do. Des­pués, pa­sar la se­gun­da ron­da y lue­go ir ron­da a ron­da.

-¿Y tu vi­da des­pués del tenis de me­sa?

-Pien­so ter­mi­nar los es­tu­dios o ver al­gu­na ca­rre­ra. Me gus­ta­ría ser mi­nis­tro de Deportes o em­ba­ja­dor de Pa­ra­guay.

-¿Te­nés apo­yo ofi­cial en Pa­ra­guay?

-Re­ci­bo el apo­yo de la Se­cre­ta­ría Na­cio­nal de Deportes y del Co­mi­té Olím­pi­co Pa­ra­gua­yo. Son dos en­ti­da­des fun­da­men­ta­les pa­ra mi ca­rre­ra. Sin ellos no se­ría po­si­ble vi­vir en el ex­tran­je­ro ni com­pe­tir por Pa­ra­guay, ni desa­rro­llar­me co­mo per­so­na, ni vi­vir mo­men­tos que a lo me­jor no pue­do vi­vir en mi país.

-¿Te gus­ta­ría que tus hi­jos sean de­por­tis­tas o pre­fe­ri­rías que pa­sen más tiem­po con la fa­mi­lia?

-Les de­ja­ría de­ci­dir lo que ellos pre­fie­ran. Y siem­pre les voy a apo­yar. Si son de­por­tis­tas, bien­ve­ni­do sea, cual­quier de­por­te, por­que el de­por­te te man­tie­ne sa­lu­da­ble y ale­ja­do de las dro­gas y otros vi­cios.

Re­co­mien­do a los chi­cos que prac­ti­quen tenis de me­sa o cual­quier otro de­por­te. Es una for­ma de vi­da y que siem­pre te va a lle­var por el buen ca­mino.

-Ha­bien­do vi­vi­do tan­to tiem­po afue­ra, ¿có­mo ves la reali­dad pa­ra­gua­ya?

-Ca­da vez que ven­go no­to avan­ces. Creo que Pa­ra­guay se es­tá ha­cien­do más co­no­ci­do en to­dos los as­pec­tos, en ne­go­cios, en deportes.

Veo al­gu­nos cam­bios en lo so­cial tam­bién. Hoy a las mu­je­res se les es­tá dan­do su lu­gar y tam­bién a los jó­ve­nes. Es­ta­mos cre­cien­do. Cla­ro que no po­de­mos de­cir que es­ta­mos a ni­vel eu­ro­peo. Va­mos me­jo­ran­do, len­to pe­ro se­gu­ro.

En Eu­ro­pa uno no pue­de dis­tin­guir en la ca­lle a qué cla­se so­cial per­te­ne­ce una per­so­na, por ejem­plo, to­dos se vis­ten igual, el de cla­se so­cial al­ta tam­po­co ha­ce os­ten­ta­ción de lo que tie­ne. En Pa­ra­guay se ve mu­cho la di­fe­ren­cia en­tre cla­ses so­cia­les. Esa es una reali­dad que hay que tra­tar de cam­biar por­que eso nos va a lle­var a me­jo­rar co­mo país.

EN LA MI­RA. Cla­si­fi­car por rán­king a Tokio 2020 es el ob­je­ti­vo de Mar­ce­lo.

CON­CEN­TRA­DO. El tenis de me­sa re­ci­be el 100% de aten­ción de par­te de Agui­rre. VI­DA

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