Noe Ber­na­ce­lli

Cosas Moda - - Índice - Tex­to Ana Ca­ro­li­na Qui­ño­nez Sal­pie­tro fo­to­gra­fía Paolo Rally y Candy To­rres

Prohi­bi­do de­jar de crear

Prohi­bi­do de­jar de crear — Noe Ber­na­ce­lli na­ve­ga en nue­vas aguas. El des­ta­ca­do di­se­ña­dor pe­ruano EM­PE­ZÓ EL 2016 CON PIE DE­RE­CHO: lan­zó 7.2.7, su co­lec­ción más au­daz hasta la fe­cha, par­ti­ci­pó en la Van­cou­ver Fas­hion Week y pre­pa­ra la inau­gu­ra­ción de su nue­va bou­ti­que en San Isi­dro.

—Las per­so­nas re­co­no­cen tus ves­ti­dos a pri­me­ra vis­ta. ¿Có­mo de­fi­ni­rías el se­llo de la mar­ca? —Ten­go sie­te años tra­ba­jan­do en la crea­ción de un es­ti­lo ele­gan­te, ro­mán­ti­co, hi­per­fe­me­nino y clá­si­co. Me gus­tan las mujeres ele­gan­tes y eté­reas. Cuan­do al­gún di­se­ño tie­ne fal­da gi­gan­te, lle­va la par­te de arri­ba des­ta­pa­da. Tra­ba­jo mu­cho con el en­ca­je y la trans­pa­ren­cia. Des­de la pri­me­ra co­lec­ción hasta la úl­ti­ma, in­ten­té crear esa sen­sa­ción de que no hay na­da de­ba­jo, por eso los fondos co­lor car­ne, tu­les o apli­ca­cio­nes so­bre la piel. Pe­ro, co­mo di­se­ña­dor, te lle­gas a abu­rrir de ha­cer lo mis­mo. Pen­sé: “Es­te es el mo­men­to de cam­biar, de ser más arries­ga­do”.

—Cuén­ta­me del gi­ro que dis­te con 7.2.7, tu úl­ti­ma co­lec­ción.

—Es al­go to­tal­men­te di­fe­ren­te en cuan­to pro­pues­ta, es­ti­lis­mo, co­lo­res y tex­tu­ras. Por pri­me­ra vez hemos tra­ba­ja­do con plás­ti­co, con téc­ni­cas co­mo el cro­chet, el ma­cra­mé; co­lo­res fuer­tes co­mo el ama­ri­llo ci­trón, el fuc­sia y el do­ra­do ca­si blan­co. Hemos he­cho im­pen­sa­das com­bi­na­cio­nes de tex­tu­ras co­mo un bro­ca­do o una se­da salvaje con un neo­preno, tan sin­té­ti­co y au­daz. Que­ría­mos que esta co­lec­ción es­tu­vie­ra lle­na de con­tras­tes. Man­te­ne­mos el tema del en­ca­je y la se­da por­que, por más trans­gre­so­ra que sea la co­lec­ción, que­ría­mos que se vie­ra so­fis­ti­ca­da.

—¿Qué ma­te­ria­les im­por­tas­te y con qué ma­te­ria­les pe­rua­nos tra­ba­jas­te?

—La sas­tre­ría se hi­zo con Pia­cen­za, una em­pre­sa mi­la­ne­sa cu­yos pro­duc­tos son usa­dos por Cha­nel, Dior, Lan­vin y Pra­da. Una de las te­las más lin­das con las que hemos tra­ba­ja­do ha si­do el bou­clé y el tweed de se­da con la­na, que Pia­cen­za pre­pa­ró pa­ra Cha­nel. Pu­di­mos ac­ce­der a al­gu­nos cor­tes que la mar­ca ita­lia­na te­nía en stock. Los en­ca­jes son de un pro­vee­dor es­ta­dou­ni­den­se, que los pro­du­ce pa­ra Mar­che­sa. Que­ría­mos pro­po­ner un en­ca­je dis­tin­to, más trans­gre­sor. Tra­ba­ja­mos nues­tros cie­rres do­ra­dos bri­llan­tes con cie­rres Rey. En esta co­lec­ción, los cie­rres tra­zan el cuer­po de la mujer. Ves lí­neas do­ra­das que cor­tan el cuer­po de la mujer de una for­ma es­tra­té­gi­ca. Las gar­gan­ti­llas, las ore­je­ras, las na­ri­gue­ras y los bra­za­le­tes desa­rro­lla­dos por el ar­te­sano Mi­jael del To­ro fue­ron los com­ple­men­tos per­fec­tos.

—¿Có­mo sur­gió la ins­pi­ra­ción?

—El pun­to de par­ti­da ha si­do Áfri­ca y Tur­quía. Es­tu­ve en Tur­quía el año pa­sa­do y, en Án­go­la, ha­ce unos años. De Tur­quía me que­dó esa sen­sa­ción de mis­te­rio, pro­duc­to de có­mo se cu­brían el ros­tro. Ves so­lo ojos, y eso des­ta­ca la ex­pre­sión. Pen­sé que los co­lo­res co­mo el ama­ri­llo ci­trón y el fuc­sia se lu­ci­rían más en mo­de­los ne­gras.

—¿Por qué la lla­mas­te 7.2.7?

—Des­de muy chi­co, mu­chos mo­men­tos im­por­tan­tes en mi vi­da han te­ni­do que ver con el 7, el 17 o el 27. A los 7 años, mis pa­pás se di­vor­cia­ron, y eso me mar­có. A los 17 me di cuen­ta de que era gay, y se lo di­je a mi

ma­má. Ade­más, hemos cum­pli­do sie­te años de con­so­li­dar la mar­ca.

—Amas a las mujeres.

—Vi­vo enamo­ra­do. Soy ami­go de las mujeres. Dis­fru­to mu­chí­si­mo del tra­to con la chi­qui­lla, la no­via, la se­ño­ra. Soy gay pe­ro vi­vo enamo­ra­do de las mujeres.

—Al ate­lier le su­ma­rás una nue­va bou­ti­que. —Se­rá una pe­que­ña bou­ti­que en San Isi­dro pa­ra NB by Noe Ber­na­ce­lli, que es la lí­nea de­di­ca­da al prêt-à-por­ter. Es­pe­ro que po­da­mos inau­gu­rar­la an­tes de que aca­be el año. Van a po­der en­con­trar te­ji­do, ac­ce­so­rios y pie­zas por ta­llas.

—Pre­sen­tas­te tu co­lec­ción 7.2.7 en la Van­cou­ver Fas­hion Week, pe­ro no es la pri­me­ra vez que te pre­sen­tas en esa vi­tri­na. ¿Qué re­pre­sen­ta pa­ra tu ca­rre­ra?

—Van­cou­ver es mi se­gun­do ho­gar. Es la cuar­ta vez que me pre­sen­to. Pue­do per­ci­bir que hay mu­cha ex­pec­ta­ti­va con re­la­ción a la mar­ca. Nos guar­dan co­mo pla­to de fon­do. El pú­bli­co es­tá an­sio­so de ver la nue­va pro­pues­ta, qué nue­vos ca­mi­nos hemos ex­plo­ra­do. Me pa­re­ce un mer­ca­do im­por­tan­te, la puer­ta de in­gre­so a Es­ta­dos Uni­dos. Des­pués de pre­sen­tar 7.2.7, un pe­rio­dis­ta pa­ri­sino de “Va­nity Fair” –al que veía­mos su­per­se­rio y se­ve­ro– en­tró al backs­ta­ge en­tre rojo y eu­fó­ri­co. Yo no sa­bía si ha­bía­mos he­cho al­go mal. Pe­ro irrum­pió de esa ma­ne­ra por­que le ha­bía en­can­ta­do la pues­ta en es­ce­na. Nos fe­li­ci­tó y lue­go nos di­jo que fui­mos lo me­jor de la se­ma­na.

—¿Ex­por­tas a Ca­na­dá?

—Ex­por­ta­mos nues­tra lí­nea de no­vias a bou­ti­ques es­pe­cia­li­za­das en ves­ti­dos de no­via en Van­cou­ver.

—¿Qué tan dis­tin­ta es la si­lue­ta de una la­ti­na de la de una ca­na­dien­se?

—Las ca­na­dien­ses son mujeres bien al­tas y con una es­truc­tu­ra ósea muy dis­tin­ta a la de las la­ti­nas. No so­lo tie­nen hue­sos más gran­des, sino tam­bién pier­nas, pan­to­rri­llas y ca­de­ras más an­chas.

—Han pa­sa­do sie­te años des­de que em­pe­zas­te. ¿Có­mo se ha trans­for­ma­do tu mar­ca?

—Co­mo di­se­ña­dor y di­rec­tor crea­ti­vo, fui bas­tan­te tí­mi­do al ini­cio. Tra­ta­ba de ir hasta don­de el clien­te me lo per­mi­tía. Con mi se­gun­da co­lec­ción, de­ci­dí arries­gar­me un po­co más, y des­cu­brí que el clien­te ha­bía crea­do cier­tos la­zos de fi­de­li­dad con la mar­ca y que se iba arries­gan­do con­for­me no­so­tros lo ha­cía­mos. In­clu­so han acep­ta­do muy bien 7.2.7. Hemos evo­lu­cio­na­do jun­to al clien­te. Al­go que man­te­ne­mos es la ob­se­sión por es­ti­li­zar los cuer­pos. No so­lo me im­por­ta que le que­de bo­ni­to, sino que la ha­ga so­fis­ti­ca­da, que la res­ca­te. Nun­ca pro­nun­cio mu­cho las ca­de­ras ni me vas a ver ha­cer cor­tes que de­cons­tru­yen el cuer­po. Hay di­se­ña­do­res que ha­cen ese ti­po de co­sas, pe­ro a mí me in­tere­sa ir en fa­vor del cuer­po de la mujer. Por más trans­gre­so­ra que sea la co­lec­ción, nun­ca voy a ir con­tra su cuer­po.

—¿Cuán­to ha cre­ci­do tu equi­po de tra­ba­jo? —Em­pe­cé con dos mo­dis­tas. No te­nía asis­ten­te. Hoy tra­ba­jo con un gru­po de vein­ti­cin­co per­so­nas. Hay mu­chos jó­ve­nes en el equi­po. Me en­can­ta tra­ba­jar con ellos por­que le apor­tan mu­cho a la em­pre­sa. Le in­yec­tan ener­gía, bue­na on­da, ga­nas y, so­bre to­do, crea­ti­vi­dad. Es­tán su­per­ac­tua­li­za­dos, ma­ne­jan de ma­ne­ra in­creí­ble las re­des so­cia­les, el bran­ding y las tendencias. 7.2.7 es el re­sul­ta­do de la co­mu­nión de co­sas per­so­na­les y de los apor­tes de los jó­ve­nes a la mar­ca.

—¿A qué ar­tis­ta o mo­de­lo te gustaría ves­tir? —Amo a Na­ta­lie Port­man y a Rihan­na. Sé que son po­los opues­tos, pe­ro am­bas me en­can­tan.

“Por más trans­gre­so­ra que sea la co­lec­ción, nun­ca voy a ir con­tra el cuer­po de la mujer”.

“a los 13 o 14, ya es­ta­ba lle­van­do cla­ses de des­nu­do en Be­llas Ar­tes de Tru­ji­llo, don­de na­cí”, di­ce Noe. Prohi­bi­do de­jar de crear — 19

7.2.7, la co­lec­ción de Oto­ño-in­vierno, se pre­sen­tó por pri­me­ra vez el 10 de mar­zo en el BMW Fas­hion Show.

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