POR LOS CA­MI­NOS DEL SE­ÑOR

Diario Expreso (Peru) - - Opinión - PA­DRE PA­BLO LARRÁN

Ho­la… Via­je­mos en el tiem­po y en el es­pa­cio al año 354, a una pe­que­ña po­bla­ción lla­ma­da Ta­gas­te del de­par­ta­men­to de Nu­mi­dia, al nor­te de Áfri­ca. En aque­llos años, to­da es­ta zo­na per­te­ne­cía al Im­pe­rio Ro­mano. El día 13 de no­viem­bre, jus­ta­men­te co­mo hoy, en una ca­sa muy hu­mil­de una mu­jer lla­ma­da Mó­ni­ca ca­sa­da con Pa­tri­cio da­ba a luz a un ni­ño a quien pu­sie­ron por nom­bre Au­re­lio Agus­tín. No fue bau­ti­za­do por­que en aque­lla épo­ca si bien Mó­ni­ca era cris­tia­na, Pa­tri­cio era pa­gano y la cos­tum­bre era bau­ti­zar cuan­do la persona op­ta­ra por ha­cer­lo li­bre­men­te. Tu­vie­ron que pa­sar 33 años pa­ra que aquel ni­ño, Au­re­lio Agus­tín, re­ci­bie­ra vo­lun­ta­ria­men­te las aguas del Bau­tis­mo en la Ca­te­dral de la ciu­dad ita­lia­na de Mi­lán, con el obis­po San Am­bro­sio. To­das las his­to­rias de los se­res hu­ma­nos son fas­ci­nan­tes, pe­ro la de es­te hom­bre tiene mo­men­tos cum­bres en don­de uno ve que en las cir­cuns­tan­cias más com­ple­jas de la vi­da su­po ser él mis­mo y aun cuan­do su vi­da no es­ta­ba en­rum­ba­da, e in­clu­so en su error la vi­vió en ple­ni­tud. Con­si­de­ro que tu­vo una gran cua­li­dad y fue la de ser un hom­bre in­con­for­mis­ta, por ello ca­da eta­pa de su vi­da la su­po vi­vir en ple­ni­tud y sus erro­res los con­vir­tió en du­da, y sus du­das a los 33 años las con­vir­tió en cer­te­za, de ma­ne­ra tal que en­con­tró una fe que su ma­dre Mó­ni­ca ha­bía co­lo­ca­do des­de ni­ño en su co­ra­zón, pe­ro co­mo to­do re­ga­lo solo lo sa­bo­rea quien lo acep­ta y Agus­tín ne­ce­si­tó 33 años pa­ra ha­cer­lo. No po­dría ol­vi­dar­me de men­cio­nar en es­ta con­ver­sa­ción su fa­ce­ta co­mo es­cri­tor de obras que pa­sa­ron por la fi­lo­so­fía, la teo­lo­gía, la pe­da­go­gía, el es­tu­dio de la bi­blia que mar­can una al­tu­ra di­fí­cil de igua­lar en la his­to­ria de nues­tra Igle­sia. Es di­fí­cil po­ner el océano en un va­so, lo fá­cil es me­ter el va­so en el océano, por ello es­tas pa­la­bras que es­tás le­yen­do lo úni­co que bus­can es acer­car­te a es­te in­men­so hom­bre, pa­ra que co­no­cién­do­lo pue­das de­jar­te lle­var por la in­men­si­dad de su vi­da. Pue­de que te en­cuen­tres a ti mis­mo, que en ti en­cuen­tres a Dios y que am­bos tú y Dios en­con­tréis la gran­de­za de los se­res que te ro­dean, que no han de ser igua­les a ti pe­ro que son de la mis­ma he­chu­ra que tú, va­le de­cir HI­JOS DE DIOS. Des­de la Fa­mi­lia Agus­ti­nia­na un cor­dial sa­lu­do a quie­nes nos sen­ti­mos to­ca­dos “por la ma­gia de Agus­tín”. Gra­cias por lle­gar has­ta aquí. Has­ta la pró­xi­ma se­ma­na. ¡Que Dios nos ben­di­ga!

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