POR LOS CA­MI­NOS DEL SE­ÑOR

Diario Expreso (Peru) - - Opinión - PA­DRE PA­BLO LARRÁN

Ho­la… Ca­da día al atar­de­cer se nos vie­ne a la me­mo­ria to­do aque­llo que he­mos po­di­do ha­cer a lo lar­go del día y sin ser de­ma­sia­dos me­ticu­losos con lo he­cho. Si ve­mos en un mo­men­to qué hi­ci­mos bien, qué hi­ci­mos mal y; por su­pues­to, no es­ta­mos aje­nos de pen­sar cuá­les fue­ron las cir­cuns­tan­cias que nos fa­vo­re­cie­ron y cuá­les no de­bi­mos ha­ber­las vi­vi­do. Hoy en día, vi­vi­mos un tiem­po de mu­cha ve­lo­ci­dad y qui­zás el vér­ti­go de la vi­da nos lle­va a pen­sar que las co­sas que po­dría­mos ha­ber he­cho, no las hi­ci­mos por te­mor. Re­cuer­do una fra­se del evan­ge­lio en la que Je­sús dice: “…pe­ro lo más im­por­tan­te de vues­tras vi­das se­rá la per­se­ve­ran­cia”. En es­te tex­to, Je­sús se re­fie­re a los mie­dos y te­mo­res de los hom­bres de aquel tiem­po, que an­te las no­ti­cias de gue­rras, des­truc­cio­nes, te­rre­mo­tos, se asus­ta­ban. Je­sús les ha­bla y nos si­gue ha­blan­do de que to­do eso tie­ne que su­ce­der, pe­ro lo más im­por­tan­te es la per­se­ve­ran­cia en su pa­la­bra y por su­pues­to, en Él. Vie­ne a mi me­mo­ria una anéc­do­ta… una abue­li­ta te­nía en su ca­sa un jar­dín, con be­llí­si­mos ro­sa­les. Un día la nieta es­tan­do en el jar­dín, vio en uno de los ro­sa­les, un bo­tón tan gran­de y lo­zano que es­ta­ba a pun­to de con­ver­tir­se en una flor de es­plén­di­da be­lle­za. Ella con im­pa­cien­cia le pre­gun­tó a la abue­la si aquel bo­tón iba a brir­se pron­to. La abue­la le con­tes­tó que aún ne­ce­si­ta­ba unos días más. Al día si­guien­te, la nieta re­gre­só al jar­dín y vol­vió a ver el bo­tón del ro­sal, es­te ha­bía abier­to un po­co. Así que le pre­gun­ta a su abue­la, si le per­mi­tía abrir­lo pa­ra que sa­lie­ran los pé­ta­los. Ella vien­do la im­pa­cien­cia de su nieta y por su ex­pe­rien­cia (sa­bía que ello ten­dría una po­si­ti­va lec­ción pa­ra trans­mi­tir­le) le di­jo, sí. Po­co a po­co, la im­pa­cien­te nieta co­men­zó a abrir los pé­ta­los. En su ros­tro, re­fle­ja­ba el des­con­ten­to y la de­silu­sión por­que el re­sul­ta­do no era lo que ella es­pe­ra­ba. Al ca­bo de unos días, aque­llos pé­ta­los co­men­za­ron a mar­chi­tar­se y a mo­rir; por nin­gu­na par­te apa­re­ció la be­lle­za ima­gi­na­da por ella. Así es co­mo la abue­la le ex­pli­có que es­to pa­sa­ba con to­das las co­sas de la vi­da. No de­be­mos apre­su­rar­nos, hay que de­jar que to­do su­ce­da en su tiem­po y en su es­pa­cio; por ello, vi­ve ca­da mo­men­to de tu vi­da a ple­ni­tud. Gra­cias por lle­gar has­ta aquí. Has­ta la pró­xi­ma se­ma­na. ¡Que Dios nos ben­di­ga!

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