VIO­LEN­CIA DE GÉ­NE­RO CON IN­TER­NET, UNA VEZ MÁS

Diario Expreso (Peru) - - Opinión - DA­VID SANTIVÁÑEZ ANTÚNEZ (*)

E n Pe­rú, ella –por guar­dar su iden­ti­dad– co­me­tió el pe­ca­do de agre­gar a un co­no­ci­do de su ami­go a su red de Fa­ce­book. Ella co­me­tió el pe­ca­do de dar­le la opor­tu­ni­dad de co­no­cer­se, en­ta­blar una con­ver­sa­ción, en el sim­ple afán de te­ner una amis­tad; pe­ro él te­nía otros pla­nes y de­jo a pu­ra piel su ins­tin­to ma­chis­ta y vio­len­to en­vián­do­le fotos de­gra­dan­tes de aque­lla par­te del cuer­po que fi­sio­ló­gi­ca­men­te nos de­fi­ne co­mo hom­bres. Las agre­sio­nes ver­ba­les vi­nie­ron des­pués y se man­tu­vo en una dispu­ta en don­de es­te pseu­do hom­bre se sen­tía en el de­re­cho de re­cla­mar­le se com­por­ta­ra co­mo una cual­quie­ra. Ella, cu­yo pe­ca­do fue dar­le la opor­tu­ni­dad pa­ra ser ami­gos, so­lo ati­nó a blo­quear­lo y de­nun­ciar por re­des es­te des­agra­da­ble ac­to. Ma­ra Cas­ti­lla, una mu­jer de 19 años de Mé­xi­co, co­me­tió el pe­ca­do de so­li­ci­tar un ser­vi­cio de Ca­bify a las 5:00 a.m. del 8 de sep­tiem­bre. Ella co­me­tió el pe­ca­do de con­fiar en una em­pre­sa que le pro­me­tía se­gu­ri­dad, y su ru­ta se trans­for­mó en un ca­mino ha­cia el pe­li­gro. Na­die sa­be qué pa­só con su cuer­po y su voz que va­ga­ron en el si­len­cio so­lo por unos días. Aho­ra sus re­cla­mos tie­nen eco y su voz aho­ra son vo­ces que ha­blan y exi­gen por ella, por esa vi­da que ya no vi­ve y que exi­gen res­pues­tas a una so­cie­dad y a una em­pre­sa que ya se la­vó las ma­nos. Se­gún ONU Mu­je­res, una de ca­da tres mu­je­res en el mun­do ha su­fri­do vio­len­cia fí­si­ca o se­xual en al­gún mo­men­to de su vi­da, esa vio­len­cia que ha que­da­do ex­pues­to con es­tos dos ca­sos, rea­li­da­des que au­men­tan con la ex­pan­sión que ofre­ce in­ter­net y las TIC. ¿Quién con­tro­la es­te des­ga­rro de con­duc­ta que des­tru­ye sin sen­ti­do lo po­co de cor­du­ra que le que­da a la con­duc­ta hu­ma­na? ¿Cuán­do el ma­chis­mo en­con­tró ven­ta­jas en la tec­no­lo­gía y se vol­vió más vio­len­tis­ta? ¿Cuán­do en­ten­de­re­mos que vio­len­cia es vio­len­cia, no im­por­ta có­mo se dis­fra­ce? Y la pre­gun­ta más cru­cial, ¿cuán­do los res­pon­sa­bles se ha­rán real­men­te res­pon­sa­bles? Si us­ted su­fre o ha su­fri­do de vio­len­cia de gé­ne­ro, si co­no­ce un caso co­mo los dos ex­pues­tos, no que­de en si­len­cio. Las re­des ayu­dan, pe­ro tam­bién las de­nun­cias en los es­ta­ble­ci­mien­tos ade­cua­dos co­mo co­mi­sa­rías y mi­nis­te­rios pú­bli­cos. Sea par­te del cam­bio de las ci­fras y no so­lo de las que­jas. Re­cuer­de que hay una ley que nos pro­te­ge y de­be­mos exi­gir que se res­pe­ten. Por ellas, por no­so­tros, por­que to­do es­to cam­bie.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Peru

© PressReader. All rights reserved.