MAR­GA­RET STARBIRD

¿QUIÉN ERA LA MIS­TE­RIO­SA MU­JER DEL FRAS­CO DE ALA­BAS­TRO QUE APA­RE­CE EN EL EVAN­GE­LIO? ¿ES PO­SI­BLE AC­CE­DER A SU IDEN­TI­DAD GRA­CIAS A LA CÁ­BA­LA? PA­RA CO­NO­CER EN DE­TA­LLE EL ES­TA­DO AC­TUAL DE LAS IN­VES­TI­GA­CIO­NES SO­BRE ES­TE FAS­CI­NAN­TE TE­MA EN­TRE­VIS­TA­MOS A MAR­GA­RET

Año Cero Monográfico - - Sumario - POR ADRIANO FOR­GIO­NE

«Hay que res­ti­tuir a la es­po­sa de Cris­to a su lu­gar en el co­ra­zón de la His­to­ria», afir­ma la aca­dé­mi­ca Mar­ga­ret Starbird, au­to­ra de va­rios li­bros so­bre la Mag­da­le­na.

El nom­bre de Ma­ría Mag da­le­na en­cie­rra un enig­ma. Mu­chas son las ver­sio­nes so­bre su re­la­ción con Jesús. Mar­ga­ret Starbird es au­to­ra de va­rios li­bros so­bre es­te te­ma. Tam­bién ha in­ves­ti­ga­do en pro­fun­di­dad la tra­di­ción eso­té­ri­ca he­brea, apor­tan­do una in­ter­pre­ta­ción ori­gi­nal de las fuen­tes evan­gé­li­cas.

En su prin­ci­pal en­sa­yo Ma­ría Mag­da­le­na y el San­to Grial , us­ted ha plan­tea­do la «he­re­jía del Grial». ¿Pue­de explicarnos su pun­to de vis­ta?

La he­re­jía del Grial era el «gran se­cre­to» de las co­rrien­tes sub­te­rrá­neas del me­die­vo: la creen­cia en que Jesús es­ta­ba ca­sa­do y que uno de sus hi­jos, fru­to de su unión con Ma­ría Mag­da­le­na, fue lle­va­do a Ga­lia, con­vir­tién­do­se en el pro­ge­ni­tor de la lí­nea me­ro­vin­gia. En fran­cés an­ti­guo, «San­to Grial» pue­de ser tra­du­ci­do como « Sang Real » (san­gre real). Si el «Grial» no era un cá­liz, sino una mu­jer, ahí es­tá la clave de la le­yen­da se­gún la cual Ma­ría Mag­da­le­na, Lá­za­ro y Mar­ta lle­va­ron la «San­gre Real» a Ga­lia. Di­cha le­yen­da na­ció en Eu­ro­pa oc­ci­den­tal y se ha­lla am­plia­men­te di­fun­di­da en el fol­klo­re me­die­val.

¿Por qué lla­ma a Ma­ría Mag­da­le­na la «Dio­sa de los evan­ge­lios»?

He ha­lla­do prue­bas de que fue per­ci­bi­da por los pri­me­ros cris­tia­nos como la pa­re­ja de Jesús. En el im­pe­rio ro­mano, «la unión sa­gra­da» se ce­le­bra­ba con fies­tas anua­les en ho­nor de la Fuer­za Vi­tal: el dios y la dio­sa, que re­pre­sen­tan el equi­li­brio de las ener­gías mas­cu­li­nas y fe­me­ni­nas del Uni­ver­so. Los pa­ga­nos con­ver­ti­dos re­co­no­cie­ron en Mag­da­le­na a las an­ti­guas diosas de los cul­tos del hie­ros ga­mos . La pa­la­bra in­gle­sa pa­ra Pas­cua, «Eas­ter», de­ri­va de «Ish­tar», la dei­dad ba­bi­ló­ni­ca de es­te cul­to. Es­ta iden­ti­fi­ca­ción con la pa­re­ja del dios re­su­ci­ta­do tam­bién es­tá pre­sen­te en los evan­ge­lios ca­nó­ni­cos. Da­do que Jesús era vis­to como un dios si­mi­lar a Tam­mu­zO­si­ris-Dio­ni­so por los pri­me­ros pa­ga­nos con­ver­ti­dos al cris­tia­nis­mo, a Mag­da­le­na se la veía como a su pa­re­ja di­vi­na.

¿En qué se ba­sa pa­ra sos­te­ner que Ma­ría de Mag­da­la y Ma­ría de Be­ta­nia, her­ma­na de Mar­ta y de Lá­za­ro, son la mis­ma per­so­na?

Es­ta iden­ti­fi­ca­ción es de los pri­me­ros cris­tia­nos y se ba­sa en la

un­ción de Jesús pa­ra la se­pul­tu­ra. La her­ma­na de Lá­za­ro lo un­ge en dos oca­sio­nes y la Mag­da­le­na lle­va su un­güen­to a la tum­ba el día de Pas­cua ( Juan 11:2 y12:3). En es­te tex­to, Juan com­bi­na ele­men­tos de es­ce­nas si­mi­la­res a las de los otros evan­ge­lios, pe­ro ofre­ce una iden­ti­dad a la mu­jer que un­ge a Jesús. Da­do que era pre­rro­ga­ti­va de la es­po­sa un­gir al Rey-es­po­so du­ran­te el ri­to nup­cial pa­gano del hie­ros ga­mos , y tam­bién el de en­con­trar­lo re­su­ci­ta­do en el jar­dín, po­de­mos iden­ti­fi­car a la «Es­po­sa» en la mi­to­lo­gía cris­tia­na a tra­vés de es­tas mis­mas ac­cio­nes: se tra­ta de Ma­ría, lla­ma­da «la Mag­da­le­na». La iden­ti­fi­ca­ción de las dos Ma­rías for­mó par­te de la fe de la igle­sia ca­tó­li­ca ro­ma­na du­ran­te ca­si dos mi­le­nios, has­ta que fue co­rre­gi­da ofi­cial­men­te en 1969.

En su li­bro El le­ga­do per­di­do de Ma­ría Mag­da­le­na , us­ted afir­ma que la unión en­tre Jesús y su es­po­sa es la pie­dra an­gu­lar de la pri­me­ra co­mu­ni­dad cris­tia­na. ¿Qué mo­ti­vos la han lle­va­do a es­ta afir­ma­ción?

Una de las pa­rá­bo­las de los evan­ge­lios di­ce que cier­to rey ofre­ció un ban­que­te de bo­das pa­ra su hi­jo, pe­ro que to­dos los in­vi­ta­dos de­cli­na­ron la in­vi­ta­ción. Creo que es­te es el es­ce­na­rio exac­to que se pre­sen­tó en el s.I. Jesús ofre­ció a su co­mu­ni­dad un «ban­que­te de ma­tri­mo­nio» que ce­le­bra­se la unión de amor en­tre el ma­ri­do y su mu­jer. Jesús uti­li­za es­te ban­que­te como una me­tá­fo­ra del «Reino de Dios». Creo que el círcu­lo de per­so­nas más pró­xi­mo a ellos re­co­no­cía la sim­bio­sis ar­que­tí­pi­ca del «Es­po­so» y de su «Her­ma­na-es­po­sa» evo­ca­da en el Can­tar de los can­ta­res . Su «unión» es­tá con­fir­ma­da por la Ge­ma­tría ca­ba­lís­ti­ca de al­gu­nas fra­ses del evan­ge­lio. Si aña­di­mos el va­lor de las le­tras grie­gas pre­sen­tes en el tí­tu­lo ho­no­rí­fi­co «la Mag­da­le­na», la su­ma se­rá igual a 153, el nú­me­ro de los «pe­ces» que se men­cio­na en Juan 21. Es­te pa­sa­je es una me­tá­fo­ra. Los pe­ces son los ini­cia­dos. El nú­me­ro 153 es­tá aso­cia­do tam­bién a la for­ma geo­mé­tri­ca lla­ma­da Ve­si­ca piscis , que en la geo­me­tría sa­gra­da de los pi­ta­gó­ri­cos co­rres­pon­día a las an­ti­guas diosas del amor y de la fer­ti­li­dad: la ma­triz,

el re­ga­zo, la puer­ta ha­cia la vida, el Sanc­ta Sanc­to­rum . Jesús era re­pre­sen­ta­do como «Pez» por los pri­me­ros cris­tia­nos y a Mag­da­le­na se le ha­bía con­fe­ri­do un tí­tu­lo que la aso­cia­ba con el «Re­ci­pien­te de los pe­ces». Am­bos son el Se­ñor y la Se­ño­ra de los «Pe­ces» y de la Era de Piscis.

En los evan­ge­lios se ha­bla del «grano de mos­ta­za» que se con­vier­te en un ár­bol. Us­ted ha rea­li­za­do una investigación so­bre es­to...

En la an­ti­gua prác­ti­ca de la Ge­ma­tría, las ex­pre­sio­nes son acu­ña­das pa­ra que el nú­me­ro co­rres­pon­dien­te a la su­ma del va­lor asig­na­do a ca­da le­tra del al­fa­be­to co­mu­ni­que un men­sa­je críp­ti­co. Por ejem­plo, en Cró­ni­cas , en el An­ti­guo Tes­ta­men­to, «666» es el nú­me­ro de ta­len­tos de oro pa­ga­dos como tri­bu­to a Sa­lo­món. El nú­me­ro ex­pre­sa el po­der de Sa­lo­món, un mo­nar­ca so­lar. El «nú­me­ro de la Bes­tia» es 666 por­que, en el «ca­non de los nú­me­ros» es­ta­ble­ci­do, re­pre­sen­ta el po­der so­lar, la ener­gía mas­cu­li­na, la «fuer­za sin mi­se­ri­cor­dia». El nú­me­ro com­pa­ñe­ro es 1080 y re­pre­sen­ta la ener­gía lu­nar (fe­me­ni­na). John Mit­chell, fi­ló­so­fo bri­tá­ni­co, ha lle­va­do a ca­bo in­ves­ti­ga­cio­nes so­bre es­te te­ma y ha pu­bli­ca­do un es­tu­dio, ob­ser­van­do la uti­li­za­ción por Pla­tón de las su­mas 666 y 1080. Pla­tón di­ce que es­te nú­me­ro (1746) re­pre­sen­ta la «fu­sión» de los prin­ci­pios mas­cu­lino y fe­me­nino, la «se­mi­lla sa­gra­da». El «grano de mos­ta­za» que es­tá en los si­nóp­ti­cos (Mar­cos, Ma­teo y Lu­cas), y tam­bién en el Evan­ge­lio gnós­ti­co de To­más , tie­ne el mis­mo va­lor en la Ge­ma­tría. Lo que Jesús di­jo en su pa­rá­bo­la es que el Reino de Dios es como la «fu­sión» o «ma­tri­mo­nio» de las ener­gías mas­cu­li­na y fe­me­ni­na.

¿Cuá­les son los mo­ti­vos que con­du­cen a que el nú­me­ro 7 sea re­la­cio­na­do con lo «sa­gra­do fe­me­nino»?

El nú­me­ro 7 tie­ne que ver con la per­fec­ción del tiem­po. Des­pués de ha­ber crea­do el Cos­mos, Dios des­can­só en el sép­ti­mo día. Pe­ro el 7 tie­ne tam­bién atri­bu­tos de vir­gi­ni­dad, da­do que no ge­ne­ra ni es ge­ne­ra­do por nin­guno de los otros nú­me­ros de la pri­me­ra de­ce­na. Con­si­de­ra­do es­to, al 7 a ve­ces se le lla­ma «vir­gen» o «per­fec­to». Es­tá aso­cia­do con Ish­tar (7 ve­los), con Ma­ría Mag­da­le­na (7 de­mo­nios) y con el Es­pí­ri­tu San­to (7 do­nes del es­pí­ri­tu).

¿Pue­de acla­rar­nos su in­ter­pre­ta­ción del co­no­ci­do ver­so «Yo soy el Al­fa y el Omega»?

El va­lor de Al­fa es 1, mien­tras el de Omega es 800. Su­ma­dos dan 801, un «ana­gra­ma» de 1080, nú­me­ro que su­ma «pe­ris­te­ra», la pa­la­bra grie­ga que sig­ni­fi­ca «pa­lo­ma», sím­bo­lo del Es­pí­ri­tu San­to. El nú­me­ro 1080, ade­más, es la Ge­ma­tría tan­to del Es­pí­ri­tu San­to como del Es­pí­ri­tu de la Tie­rra (el as­pec­to «fe­me­nino» o «in­ma­nen­te» de lo di­vino). Las le­tras del al­fa­be­to, des­de Al­fa a Omega, con­tie­nen to­das las po­si­bles per­mu­ta­cio­nes y com­bi­na­cio­nes de la «Pa­la­bra de Dios». La le­tra A ( el uno) re­pre­sen­ta el prin­ci­pio crea­ti­vo mas­cu­lino, mien­tras el Omega tie­ne la for­ma de un úte­ro. El so­ni­do y la le­tra M es­tán aso­cia­dos a lo fe­me­nino en mu­chas len­guas: ma­ter, me­re, mot­her, ma­dre, mam­mal,

ma­re , to­das pa­la­bras que tie­nen re­la­ción con el con­cep­to de «ma “dre», mien­tras «eg» (ak) sig­ni­fi­ca «gran­de». El epí­te­to «Al­fa y Omega» ex­pre­sa al Sa­gra­do Uno que es pu­ro es­pí­ri­tu. La fra­se «Yo soy Al­fa y Omega» su­ma en Ge­ma­tría 2220, la mis­ma ci­fra de la ex­pre­sión «Por­ta­dor de Cris­to».

Mag­da­le­na fue el primer após­tol, ya que a ella le co­rres­pon­dió la ta­rea de anun­ciar a los de­más dis­cí­pu­los la no­ti­cia de la re­su­rrec­ción

¿Por qué Jesús era aso­cia­do con la ima­gen de los pe­ces?

Los ciu­da­da­nos del im­pe­rio ro­mano es­ta­ban muy al co­rrien­te de la pre­ce­sión de los equi­noc­cios en el zo­dia­co y aguar­da­ban la bue­na nue­va del na­ci­mien­to del ava­tar de la Era de los pe­ces. La igle­sia de los co­mien­zos ha acu­ña­do el tér­mino grie­go «Pez» por las ini­cia­les del epí­te­to grie­go que sig­ni­fi­ca «Je­su­cris­to, hi­jo de Dios, Sal­va­dor». Yo creo que lo hi­cie­ron in­ten­cio­na­da­men­te pa­ra reivin­di­car el he­cho de que Jesús fue­ra el se­ñor o ava­tar de la nue­va era.

¿Es­tá de acuer­do con la te­sis se­gún la cual Ma­ría de Mag­da­la fue la fun­da­do­ra del cris­tia­nis­mo? Si es así, ¿por qué?

Mag­da­le­na fue la más fiel de to­dos los dis­cí­pu­los. So­lo ella es­tá siem­pre pre­sen­te, tan­to en la cru­ci­fi­xión como en la re­su­rrec­ción. En Juan ella es­tá so­la en la tum­ba y el Se­ñor la en­vía a co­mu­ni­car a sus her­ma­nos que él ha re­su­ci­ta­do. Por lo tan­to, ella es el primer após­tol, pa­la­bra que en grie­go sig­ni­fi­ca «men­sa­je­ro». Mag­da­le­na es pre­emi­nen­te res­pec­to a to­dos los otros ami­gos de Jesús que apa­re­cen en los evan­ge­lios. El primer es­tra­to de la ex­pe­rien­cia cris­tia­na era muy igua­li­ta­rio. Creo que el mo­de­lo fue la re­la­ción en­tre Jesús y Ma­ría Mag­da­le­na. Has­ta fi­na­les del si­glo II las mu­je­res te­nían ro­les muy im­por­tan­tes en la Igle­sia: en­se­ña­ban, pre­di­ca­ban y pro­fe­ti­za­ban jun­to con los hom­bres.

Se­gún los lin­güis­tas, el nom­bre «Mag­da­le­na» de­ri­va del sus­tan­ti­vo he­breo Míg­dal, o «to­rre». ¿Có­mo jus­ti­fi­ca es­ta de­ri­va­ción?

Creo que el tí­tu­lo ho­no­rí­fi­co de Ma­ría Mag­da­le­na de­ri­va del pa­sa­je pro­fé­ti­co de Mi­queas 4: 8-11, cuan­do es­te pro­fe­ta se di­ri­ge a la «Mag­dal-eder», la «to­rre de guar­dia» que se iden­ti­fi­ca con la «Hi­ja de Sion». Los au­to­res de los evan­ge­lios uti­li­za­ban pa­sa­jes de la Bi­blia he­brea que pro­fe­ti­za­ban el ad­ve­ni­mien­to y la ges­ta del Me­sías (como el sier­vo su­frien­te en Isaías , o su na­ci­mien­to en Be­lén en Mi­queas ). Aque­llos que vie­ron en la pro­fe­cía de Mi­queas de la es­po­sa que llo­ra a su rey, una fuer­te pre­dic­ción de Ma­ría Mag­da­le­na, de­ci­die­ron uti­li­zar­la como ba­se pa­ra su tí­tu­lo «de Mag­da­la». Al mis­mo tiem­po, que­rían crear la co­rrec­ta su­ma ge­má­tri­ca, el 153, aso­cia­do a la Ve­si­ca piscis . Mi investigación de­mues­tra que la pe­que­ña ciu­dad de Ga­li­lea, lla­ma­da hoy Mag­da­la o Mig­dol, an­ti­gua­men­te se lla­ma­ba Ta­ri­quea (que en grie­go sig­ni­fi­ca «pez sa­la­do»), como ve­mos en Las gue­rras ju­días de Fla­vio Jo­se­fo. Por lo tan­to, pien­so que es­te epí­te­to era un tí­tu­lo con­fe­ri­do a Ma­ría (her­ma­na de Lá­za­ro de Be­ta­nia) por­que la co­mu­ni­dad la re­co­no­cía como la es­po­sa —la «Mag­dal-eder»— de Mi­queas 4: 8 en­via­da al exi­lio: «Allí se­rá li­be­ra­da». Y creo que es­te es nues­tro de­ber, ¡de­vol­ver­le su lu­gar como Es­po­sa!

Los pri­me­ros tex­tos cris­tia­nos des­cri­ben a Ma­ría de Mag­da­la como do­ta­da de una sen­si­bi­li­dad ma­yor que la de Pe­dro y los otros, pe­ro la Igle­sia ro­ma­na de­ci­dió des­acre­di­tar­la. ¿Por qué?

Mi opi­nión per­so­nal es que los ami­gos más es­tre­chos e in­flu­yen­tes de Jesús, como Jo­sé de Ari­ma­tea y Ni­co­de­mo, es­ta­ban muy preo­cu­pa­dos por la se­gu­ri­dad de su mu­jer des­pués de la re­su­rrec­ción. Los ro­ma­nos creían ha­ber cru­ci­fi­ca­do a un se­di­cio­so. Pe­ro na­die es­pe­ra­ba que un ser hu­mano pu­die­se en­car­nar el mi­to del dios que mue­re y re­su­ci­ta como lo hi­zo Jesús. En es­te es­ce­na­rio, la mu­jer de ese Jesús co­rría un gran pe­li­gro por mo­ti­vos po­lí­ti­cos, es­pe­cial­men­te si es­ta­ba em­ba­ra­za­da. Por eso, los ami­gos del «es­po­so» la ha­brían ocul­ta­do. Pien­so que fue lle­va­da a Ale­jan­dría, don­de exis­tía una fuer­te co­mu­ni­dad he­brea, y que su hi­jo na­ció allí.

So­bre el año 85, el evan­ge­lio de Lu­cas di­ce que la mu­jer que un­gió a Jesús ve­nía de Naín y era una pe-

ca­do­ra, y que Ma­ría Mag­da­le­na es­ta­ba «po­seí­da por sie­te de­mo­nios». Pe­ro los evan­ge­lios más an­ti­guos ( Mar­cos y Ma­teo ) sos­tie­nen que Jesús fue un­gi­do en Be­ta­nia y no men­cio­nan a nin­gún de­mo­nio. Por lo tan­to, las acu­sa­cio­nes de Lu­cas se aña­die­ron más tar­de y cons­ti­tu­yen el primer in­ten­to de des­acre­di­tar­la. Des­pués, apa­re­cen per­so­na­jes como Ter­tu­liano e Ire­neo (si­glos II-III ), pa­ra quie­nes las mu­je­res es­ta­ban des­vian­do a la grey. Ellos de­ci­die­ron que a las mu­je­res no se les de­bía per­mi­tir en­se­ñar, bau­ti­zar o ser­vir en nin­gún pues­to de re­lie­ve den­tro de la igle­sia. Gra­dual­men­te las vo­ces de las mu­je­res fue­ron si­len­cia­das den­tro de la igle­sia.

¿Qué le pa­re­ce que Ren­ne­sle-Châ­teau fue­se con­sa­gra­da a Ma­ría de Mag­da­la en 1059 y que al año si­guien­te se co­men­za­ra a cons­truir la ba­sí­li­ca de Vé­ze­lay, tam­bién de­di­ca­da a ella?

Nu­me­ro­sas igle­sias del me­die­vo es­ta­ban de­di­ca­das a ella. Ade­más de las que us­ted men­cio­na, ha­bía una ba­sí­li­ca de San­ta Ma­ría Mag­da­le­na mu­cho más an­ti­gua, en Saint Ma­xi­min, don­de se con­ser­van al­gu­nas pre­sun­tas re­li­quias su­yas, como en Vé­ze­lay. Mag­da­le­na era el mo­de­lo, tan­to pa­ra el al­ma in­di­vi­dual como pa­ra la igle­sia mi­li­tan­te en su de­seo de unión con Cris­to.

¿Las ca­te­dra­les eu­ro­peas, de­di­ca­das a No­tre-Dame, pue­den ser con­si­de­ra­das como eri­gi­das en ho­nor a Ma­ría de Mag­da­la?

Una de las le­yen­das re­la­cio­na­das con las ca­te­dra­les gó­ti­cas es que con­tie­nen los se­cre­tos de los can­te­ros que las cons­tru­ye­ron, in­clui­dos los prin­ci­pios y los có­di­gos de la geo­me­tría sa­gra­da. La ar­qui­tec­tu­ra gó­ti­ca se ca­rac­te­ri­za por ar­cos ba­sa­dos en la re­la­ción áu­rea de la Ve­si­ca Piscis (dos círcu­los in­ter­co­nec­ta­dos), el sím­bo­lo aso­cia­do con lo sa­gra­do fe­me­nino. Con el pa­so de los si­glos, Ma­ría Mag­da­le­na fue des­po­ja­da de mu­chos de los ro­pa­jes de la Es­po­sa y de su co­ro­na pa­ra asig­nar­las a la ma­dre de Jesús, la Vir­gen ben­di­ta. Aun­que en el Can­tar de los can­ta­res la es­po­sa es ne­gra, mu­chas es­ta­tuas de la Vir­gen ne­gra se atri­bu­yen a la Vir­gen Ma­ría. Las ca­te­dra­les gó­ti­cas hon­ra­ban lo Fe­me­nino, la «Do­mi­na» o «Se­ño­ra». Mien­tras los or­to­do­xos in­sis­ten en que la com­pa­ñe­ra de Jesús era su ma­dre, la «co­rrien­te sub­te­rrá­nea» im­pul­sa la tra­di­ción de Ma­ría Mag­da­le­na, la Ama­da.

¿Qué sím­bo­lo ocul­ta el he­cho de que Ma­ría de Mag­da­la fue sa­na­da por Jesús y de ella sa­lie­ron sie­te de­mo­nios?

Lu­cas es el primer evan­ge­lis­ta que men­cio­na los sie­te de­mo­nios. En las lí­neas fi­na­les del Evan­ge­lio se­gún Mar­cos (es­cri­to al­re­de­dor del año 70) se men­cio­nan los sie­te de­mo­nios, pe­ro es­te es un agre­ga­do pos­te­rior ba­sa­do en Lu­cas. Al­gu­nas es­tu­dio­sas, como Ann Brock de la uni­ver­si­dad de Du­ke y Ka­ren King de Har­vard, ad­vier­ten una in­ten­ción de de­ni­grar a la her­ma­na de Lá­za­ro. Lu­cas cam­bia de lu­gar la es­ce­na de la un­ción, si­tuán­do­la le­jos de Be­ta­nia y lla­ma a la mu­jer con el va­so de ala­bas­tro «una pe­ca­do­ra de la ciu­dad». Al­gu­nas lí­neas des­pués men­cio­na a Mag­da­le­na y a sus sie­te de­mo­nios. Pe­ro so­lo Lu-

El «San­to Grial» no era un cá­liz, sino una mu­jer, se­gún la le­yen­da por la cual Mag­da­le­na, Lá­za­ro y Mar­ta lle­va­ron la «San­gre Real» a Ga­lia

cas se ma­ni­fies­ta hos­til a Mag­da­le­na. Los otros tres evan­ge­lis­tas no com­par­ten su opi­nión.

¿Pue­de ser la Mag­da­le­na con­si­de­ra­da el ar­que­ti­po del sa­cer­do­cio fe­me­nino?

En los tex­tos gnós­ti­cos, Mag­da­le­na re­pre­sen­ta la «Vía del co­ra­zón». Un gnós­ti­co co­no­ce a Dios por ex­pe­rien­cia de amor di­rec­ta más que por un cre­do o un ca­te­cis­mo. En el tex­to gnós­ti­co co­no­ci­do como Evan­ge­lio de Ma­ría Mag­da­le­na , ella tra­ta de con­for­tar y de ani­mar a los após­to­les va­ro­nes, pe­ro es­tos no la acep­tan. En es­te rol po­dría ser vis­ta fá­cil­men­te como la per­so­ni­fi­ca­ción del sa- cer­do­cio fe­me­nino. Pe­ro yo pien­so que su im­por­tan­cia era in­clu­so ma­yor. La veo des­de el pun­to de vis­ta de los evan­ge­lios ca­nó­ni­cos, como Es­po­sa y con­tra­par­te de Cris­to en la Unión Sa­gra­da. Pa­ra mí es más que una sa­cer­do­ti­sa, más que un após­tol. Los he­breos pue­den re­co­no­cer en ella la per­so­ni­fi­ca­ción de la She­kin­nah , la in­ma­nen­cia de la glo­ria de Dios. Es­ta teo­lo­gía fun­de a la «So­fía» con el «Lo­gos», a la «Sa­bi­du­ría» con el «Ver­bo de Dios».

Si la Mag­da­le­na re­pre­sen­ta la So­fía, el Co­no­ci­mien­to, el ma­tri­mo­nio sa­gra­do no fue un he­cho real, sino una sim­bo­lo­gía que re­pre­sen­ta la reuni­fi­ca­ción en­tre el al­ma di­vi­na (lo fe­me­nino) y el es­pí­ri­tu de Luz de un in­di­vi­duo. En su­ma, una me­tá­fo­ra de la an­dro­gi­nia. ¿Qué opi­na?

Creo que la unión de­be ex­pre­sar­se a to­dos los ni­ve­les. Los mís­ti­cos uti­li­zan con fre­cuen­cia la pa­la­bra «ma­tri­mo­nio» pa­ra des­cri­bir su unión con lo Di­vino. Pe­ro si no hu­bie­se ma­tri­mo­nios en la car­ne, no ha­bría me­tá­fo­ra. En la Bi­blia he­brea, el ma­tri­mo­nio es una me­tá­fo­ra de la alian­za de Dios con su pue­blo. No creo que Jesús ha­ya ve­ni­do so­la­men­te pa­ra li­be­rar el al­ma y lle­var­la a la unión con Dios. Es­ta es una vi­sión que no hon­ra al mun­do y al cuer­po mis­mo como re­ci­pien­te sa­gra­do. Los evan­ge­lios de­mues­tran que a Jesús le preo­cu­pa­ba la sa­lud de la gen­te tan­to como su bie­nes­tar es­pi­ri­tual. El mo­de­lo de «pa­re­ja» no se re­fie­re so­lo al se­xo, pe­ro tie­ne un as­pec­to se­xual. Com­pren­de to­da la dan­za o in­ter­ac­ción de las ener­gías opues­tas, el equi­li­brio en la bio­lo­gía, en la psi­co­lo­gía, en la fí­si­ca y en to­dos los as­pec­tos del ser. No creo que Jesús su­gi­rie­se la an­dro­gi­nia como san­ti­dad. El ver­so fi­nal del Evan­ge­lio de To­más sos­tie­ne que Jesús ha­bría trans­for­ma­do en «va­rón» a Mag­da­le­na, co­sa que pa­re­ce su­ge­rir una an­dro­gi­nia. Pe­ro es­te tex­to es un aña­di­do pos­te­rior, se­gún los es­tu­dios más re­cien­tes. Po­ner el én­fa­sis en el la­do es­pi­ri­tual, ne­gan­do la car­ne, es un desa­rro­llo pos­te­rior de los do­ce­tis­tas. La­men­ta­ble­men­te, sus en­se­ñan­zas si­guie­ron te­nien­do gran in­fluen­cia, en­tre otros San Agus­tín.

¿En qué es­tá cen­tran­do sus es­tu­dios aho­ra? ¿Tie­ne al­gu­na no­ve­dad pa­ra nues­tros lec­to­res re­fe­ri­da a sus in­ves­ti­ga­cio­nes?

Es­toy a pun­to de com­ple­tar un tra­ba­jo que pro­fun­di­za en al­gu­nos as­pec­tos de mi investigación so­bre Mag­da­le­na. Es ho­ra de res­ti­tuir la Es­po­sa a su si­tio fun­da­men­tal en el co­ra­zón de la his­to­ria cris­tia­na.

In­te­rior de la Ba­sí­li­ca Sain­tMa­xi­min-la-Sain­te en Fran­cia, de­di­ca­da al cul­to de la Mag­da­le­na, y que se dispu­ta con Vé­ze­lay la su­pues­ta cus­to­dia de las re­li­quias de la san­ta.

No­li me tan­ge­re, de An­ton Rap­hael Mengs, 1771. La or­den «no me to­ques» que pro­nun­cia Je­sús en Juan 20:17 se tra­du­ce en al­gu­nas ver­sio­nes de la Bi­blia co­mo «no me re­ten­gas», un sig­ni­fi ca­do más pró­xi­mo al ori­gi­nal grie­go.

Vi­drie­ra re­pre­sen­tan­do a Je­sús y a Mag­da­le­na en una igle­sia de Es­co­cia, de Step­han Adam, 1906. To­mar­se la mano de­re­cha mu­tua­men­te for­ma par­te de la li­tur­gia cris­tia­na del ma­tri­mo­nio.

La par­ti­da de los ca­ba­lle­ros de la se­rie Ta­pi­ces del San­to Grial, 1891-96.

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