LA ATLÁN­TI­DA EXIS­TIÓ

Año Cero Monográfico - - News -

Ele­gis­la­dor ate­nien­se So­lón, es la exis­ten­cia de una tie­rra des­co­no­ci­da al oes­te del país de los fa­rao­nes, más allá de las Co­lum­nas de Hér­cu­les. Y más allá de di­chas co­lum­nas –el ac­tual Es­tre­cho de Gi­bral­tar– lo que hay es el Gol­fo de Cá­diz. Y es aquí don­de des­de hace un lus­tro es­tán in­ves­ti­gan­do va­rios geó­lo­gos y ar­queó­lo­gos, con­ven­ci­dos de que en el pe­rio­do cal­co­lí­ti­co, más o me­nos en el 5000 a. C., la cos­ta an­da­lu­za su­frió un de­vas­ta­dor

tsu­na­mi, cu­yo fren­te de ola se in­tro­du­jo has­ta 50 ki­ló­me­tros tie­rra aden­tro, en un tiem­po en el que di­cha cos­ta, y lo que so­bre ella ha­bía, se en­con­tra­ba a 14 de la ac­tual. Lo que es­tá por des­cu­brir cam­bia­rá los li­bros de his­to­ria. De mo­men­to, que­dé­mo­nos con lo que se ha di­cho y con lo que ya han des­cu­bier­to, por­que ofre­ce los su­fi­cien­tes ar­gu­men­tos pa­ra que le de­di­que­mos al «mi­to» las si­guien­tes páginas. La Atlán­ti­da exis­tió, qui­zás con otro nom­bre que aho­ra se nos es­ca­pa; el even­to ca­ta­clís­mi­co tam­bién, y es pro­ba­ble que to­do ocu­rrie­se más cer­ca de lo que ima­gi­na­mos… l mi­to se sue­le ci­men­tar so­bre una his­to­ria que acon­te­ció. Es­tá más or­na­men­ta­do, ge­ne­ral­men­te se exa­ge­ra y se­gún van pa­san­do los años, en oca­sio­nes los si­glos, la rea­li­dad se di­lu­ye has­ta prác­ti­ca­men­te des­apa­re­cer. Es lo que sue­le ocu­rrir, sal­vo que ha­ble­mos del mi­to más gran­de ja­más con­ta­do.

La Atlán­ti­da es si­nó­ni­mo de bús­que­da y de ol­vi­do a par­tes igua­les. El apart­heid que en oca­sio­nes prac­ti­ca la cien­cia ha con­de­na­do a quie­nes se han acer­ca­do de­ma­sia­do a es­ta his­to­ria al olim­po de los pros­cri­tos, sin más ar­gu­men­to que la im­po­si­bli­dad de que di­cho con­ti­nen­te exis­tie­se. No en vano, la teo­ría de la tec­tó­ni­ca de pla­cas ya se en­car­gó de des­mon­tar la exis­ten­cia de un gran con­ti­nen­te en mi­tad del océano, si es que en al­gún mo­men­to Pla­tón dio a en­ten­der que se en­con­tra­ba allí. Por­que lo que el fi­ló­so­fo grie­go cuen­ta en sus Diá­lo­gos, que a su vez no es más que el re­fle­jo de lo que un sa­cer­do­te egip­cio mu­cho an­tes na­rra al sa­bio

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