Los ca­te­quis­tas

ABC - Alfa y Omega Madrid - - España -

Sal­vo en Fô-Bou­ré, don­de se en­cuen­tra la igle­sia pa­rro­quial, los ca­tó­li­cos son en la co­mu­na de Si­nen­dé una mi­no­ría de al­re­de­dor del 8 % en­tre una ma­yo­ría de ani­mis­tas y mu­sul­ma­nes. Ca­da año, sin em­bar­go, «hay unos 70 u 80 bau­ti­zos de adul­tos, la ma­yo­ría mu­je­res, que ya han te­ni­do ya cua­tro o cin­co hi­jos de un ma­ri­do mu­sul­mán, has­ta que por fin se plan­tan: “Mira, ma­jo, yo te he res­pe­ta­do to­do es­te tiem­po, pe­ro he des­cu­bier­to a Je­su­cris­to”».

No es nada fá­cil –cuen­ta Ló­pez Men­día– la vi­da pa­ra es­tos cris­tia­nos en un país don­de la fe cris­tia­na lle­gó ha­ce so­lo 150 años. El mi­sio­ne­ro ha­bla in­clu­so de «per­se­cu­ción». Se re­fie­re, so­bre to­do, al re­cha­zo que su­fren los ca­te­quis­tas, re­pu­dia­dos cuan­do vuel­ven de una exi­gen­te for­ma­ción al nor­te del país que du­ra nue­ve me­ses, a la que acu­den con su mu­jer y el me­nor de sus hi­jos, de­jan­do al res­to ba­jo el cui­da­do de un fa­mi­liar. «Los mar­gi­nan. Pe­ro ellos per­se­ve­ran. Con el tiem­po ves co­mo se con­vier­ten en los au­tén­ti­cos pa­triar­cas, por­que to­dos ven el cam­bio ope­ra­do por Je­su­cris­to en ellos. Así que la gen­te ter­mi­na acu­dien­do a con­sul­tar­les los pro­ble­mas; las dispu­tas do­més­ti­cas aca­ban siem­pre en el ca­te­quis­ta».

En una pa­rro­quia con 28 pue­blos, 95.000 ha­bi­tan­tes y una ex­ten­sión similar a la mi­tad de La Rio­ja –pe­ro sin un so­lo ki­ló­me­tro de ca­rre­te­ra as­fal­ta­do–, son los ca­te­quis­tas la pre­sen­cia de re­fe­ren­cia. «Sa­cer­do­tes, co­mo mu­cho, ha ha­bi­do tres a la vez, lo jus­to pa­ra ce­le­brar Mi­sa en las co­mu­ni­da­des ca­da 15 días». El res­to del tiem­po se en­car­gan ellos de la coope­ra­ti­va del agua, de la luz… «O si hay un pro­ble­ma con un he­chi­ce­ro que acu­sa de no sé qué ma­le­fi­cio a al­guien».

De sus 21 años en Be­nín, Juan Pa­blo Ló­pez Men­día se que­da con la fe de es­tos ca­te­quis­tas. «La mía no les lle­ga a la al­tu­ra de los za­pa­tos», ase­gu­ra.

Con su vuel­ta a Es­pa­ña, ha­ce nue­ve me­ses, em­pie­za pa­ra él una nue­va mi­sión. Se es­tá to­man­do un tiem­po pa­ra ha­bi­tuar­se. «Yo sa­bía bau­ti­zar, ca­sar y en­te­rar so­lo en ba­ri­bá».

Pe­ro hay ele­men­tos de Be­nín que le es­tán sien­do úti­les en La Rio­ja. «Lo que no sé de­cir en ba­ri­bá no lo di­go en la ho­mi­lía. Eso me ayu­da a des­cen­der al te­rreno, co­mo el len­gua­je de Je­sús, que es sen­ci­llí­si­mo».

Tam­po­co se re­sig­na a la frial­dad en las ce­le­bra­cio­nes. «¡Son­reíd un po­co! ¡Daos un abra­zo en lu­gar de la paz!», les ri­ñe a ve­ces a los fe­li­gre­ses.

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