Se­ña­les

ABC - Alfa y Omega Madrid - - Editoriales -

De­jan­do a mi ma­ri­do en el ae­ro­puer­to me he des­pis­ta­do. En vez de co­ger el ca­mino de siem­pre, he co­gi­do la ca­rre­te­ra en sen­ti­do con­tra­rio. No me he preo­cu­pa­do. No sa­bía aho­ra lo que tardaría en re­gre­sar a ca­sa ni te­nía muy cla­ro el tra­yec­to que se­guir pe­ro co­no­cía las se­ña­les. Si­guién­do­las, lle­ga­ría a des­tino. Por un mo­men­to me he sen­ti­do co­mo los Re­yes Ma­gos.

Te­nía un ob­je­ti­vo. No sa­bía el ca­mino que se­guir. De­bía guiar­me por las in­di­ca­cio­nes: una anéc­do­ta que me ha

he­cho pen­sar mu­cho en Dios y en la vi­da. Nos ha di­cho Je­sús que Él es el ca­mino. Nos ha pues­to in­di­ca­cio­nes pa­ra el tra­yec­to. ¿Por qué me preo­cu­po en­ton­ces?

Cier­to es que a ve­ces las in­di­ca­cio­nes no son muy cla­ras y uno se des­pis­ta, pue­de que has­ta co­ja el ca­mino equi­vo­ca­do o in­clu­so va­ya en di­rec­ción opues­ta pe­ro, sa­bien­do que el ca­mino exis­te es cues­tión de tiem­po en­con­trar­lo y re­to­mar­lo. Es lo que tie­nen los ca­mi­nos. De ha­ber di­cho Je­sús que era una lí­nea rec­ta o un círcu­lo se­ría to­do más fá­cil. To­ca pues, es­tar aten­to a las se­ña­les pa­ra lle­gar a des­tino. Buen via­je. Mai­te B. Pé­rez Ma­ja­dahon­da (Ma­drid)

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