La Con­tra

Ha­bi­tual de los pla­tós de te­le­vi­sión y las re­vis­tas de pa­pel cu­ché, aho­ra la ve­mos su­dan­do el de­lan­tal en­tre los fo­go­nes de Mas­te­rchef Ce­le­brity. Cuan­do aca­ba de cum­plir 70 años, Car­men Lo­ma­na inau­gu­ra es­ta sec­ción en la que que­re­mos co­no­cer a la per­so­na

ABC - Alfa y Omega - - Opinión - Ro­dri­go Pi­ne­do

¿Qué sa­bor de­ja Mas­te­rchef ? Te­ner una ex­pe­rien­cia de es­te ti­po es in­tere­san­te. Cuan­do lo veía, pen­sa­ba: «Ay, me en­can­ta­ría». Di­cho es­to no soy una gran cocinera. Me he que­da­do asom­bra­da con la exi­gen­cia tan gran­de. So­lo pue­do de­cir que es igual de du­ro que de sa­tis­fac­to­rio.

En el pri­mer ca­pí­tu­lo su­fre us­ted una pe­que­ña re­pri­men­da…

En to­dos. Con­mi­go se han ce­ba­do. No sé si me que­rían sa­car de qui­cio.

¿Le da mie­do que la te­le­vi­sión mues­tre una ima­gen de­ma­sia­do frí­vo­la de us­ted?

Es al­go que no sé có­mo qui­tar­me de en­ci­ma, por­que soy una per­so­na muy di­fe­ren­te. Aun­que cier­ta fri­vo­li­dad pue­de de­mos­trar in­te­li­gen­cia, hu­mor, ca­pa­ci­dad de reír­se de uno mis­mo…

De la edad no se ha­bla, pe­ro ha ce­le­bra­do 70 años por to­do lo al­to…

¡He que­ri­do ha­cer­lo! No ten­go tiem­po pa­ra pen­sar los años que ten­go o de­jo de te­ner. Mi men­te, mi for­ma de vi­vir, es muy jo­ven. El 1 de agos­to cum­plí 70 años en­can­ta­da, y es­pe­ro ser un ejem­plo pa­ra mu­chas mu­je­res que tie­nen mie­do a en­ve­je­cer.

De eso 70, ca­si 25 los pa­só jun­to a su ma­ri­do…

Tu­ve un ma­tri­mo­nio ma­ra­vi­llo­so, nos que­ría­mos una bar­ba­ri­dad, nos com­pren­día­mos y nos cui­dá­ba­mos. Fue­ron 24 años de fe­li­ci­dad, se me hi­cie­ron cor­tos. Gui­ller­mo fa­lle­ció en un ac­ci­den­te de co­che y no me he vuel­to a ca­sar. Mi ca­sa es­tá lle­na de fotos su­yas. Cuan­do pa­so a su la­do, le pon­go una ve­li­ta y le di­go: «Jo, tío, qué ma­ra­vi­lla, tú no en­ve­je­ces nun­ca… Te veo fan­tás­ti­co y yo veo có­mo va pa­san­do la vi­da». Voy a ver­lo de vez en cuan­do al pan­teón de la fa­mi­lia de mi madre en León y lim­pio su tum­ba, in­clu­so ha­blo con él. Lo sien­to cer­ca de mí y me re­con­for­ta.

He leí­do que es me­nos prac­ti­can­te de lo que le gus­ta­ría…

Soy muy es­pi­ri­tual, soy ca­tó­li­ca prac­ti­can­te pe­ro de­be­ría ser­lo más. Qui­zá no soy de las que no me pier­do una Mi­sa, pe­ro pue­do en­trar en cual­quier mo­men­to en una Igle­sia a re­zar. Me gus­ta es­tar ahí en soledad, me gus­ta en­trar a re­ca­pa­ci­tar. Cuan­do mu­rió Gui­ller­mo me re­fu­gié en la Igle­sia, aun­que es­ta­ba en­fa­da­da con Dios. No ha­bía de­re­cho a que me hu­bie­ra qui­ta­do tan­tas co­sas: los hi­jos, mi ma­ri­do… Y de­cía: «Díos mío, ¿qué quie­res de mí?». In­clu­so me fui a ha­blar con unas mon­jas de clau­su­ra pen­san­do en que igual que­ría que me re­ti­ra­ra del mun­do y pro­fe­sa­ra en un con­ven­to… Eran las mon­jas que me ha­bían bor­da­do el ajuar, unas cla­ri­sas de En­tre­na cu­yo con­ven­to ya no exis­te. Des­pués de ha­blar dos ho­ras con la madre su­pe­rio­ra me di­jo: «Mi­ra, hija mía, lo que es­tás es ro­ta de do­lor. Si quie­res qué­da­te con no­so­tras una tem­po­ra­da pa­ra que re­cu­pe­res la paz, pe­ro no tie­nes vo­ca­ción por­que prác­ti­ca­men­te no me has ha­bla­do de Dios».

To­dos po­de­mos ayu­dar en otros la­dos con nues­tro ejem­plo. Ten­go una ca­sa de aco­gi­da con 15 ni­ños en Tán­ger. Eran ni­ños de la ca­lle, aban­do­na­dos, que es­ta­ban co­mien­do ba­su­ra. Una ami­ga y yo de­ci­di­mos que es­to no po­día se­guir así. Al pró­ji­mo tie­nes que mi­rar­lo con los ojos de que es un her­mano tu­yo. ¿Por qué pi­de Car­men Lo­ma­na? Pi­do que me dé paz, que me re­con­for­te en los mo­men­tos de tris­te­za y de an­gus­tia… Y le doy las gra­cias ca­da día, por­que a Dios no so­lo hay que pe­dir­le, sino que, si es­ta­mos vi­vos y te­ne­mos una vi­da es­tu­pen­da, te­ne­mos que dar­le gra­cias.

Le iba a pre­gun­tar pre­ci­sa­men­te por qué da gra­cias…

Te­ne­mos que dar gra­cias to­dos a Dios por­que nos ha ro­dea­do de be­lle­za, de al­go que no nos cues­ta: la na­tu­ra­le­za. A mí no hay na­da que me ha­ga es­tar más cer­ca de Dios ni tan fe­liz co­mo la na­tu­ra­le­za. Me en­can­ta oír a los pá­ja­ros en pri­ma­ve­ra o ve­rano cuan­do es­tán desata­dos. En Su­per­vi­vien­tes fui fe­liz por­que me des­po­jé de to­do… Dur­mien­do con un te­cho de es­tre­llas, na­dan­do en un mar ma­ra­vi­llo­so y con mu­cho tiem­po pa­ra pen­sar. En el mun­do en el que vi­vi­mos no te­ne­mos ese tiem­po pa­ra re­en­con­trar­nos con no­so­tros mis­mos.

He­mos lle­ga­do al fi­nal sin ha­blar de po­lí­ti­ca. No le voy a pre­gun­tar por su amis­tad con Mo­ne­de­ro, pe­ro ¿nos iría me­jor si to­má­ra­mos más ca­fé con gen­te que no pien­sa igual?

To­tal­men­te. Lo peor es la en­do­ga­mia, ha­cer gru­pos, ser sec­ta­rio. Los se­res hu­ma­nos so­mos va­ria­dos, ca­da uno con sus cir­cuns­tan­cias. Lo que no pue­des pen­sar es que la gen­te de un co­lor po­lí­ti­co es­tá en po­se­sión de la ver­dad, o que los de otro son unos no sé qué. La dis­cu­sión en­ri­que­ce co­mo per­so­na. Vas a po­der con­tras­tar lo que pien­sas, a ve­ces in­clu­so en un mo­men­to de ce­rra­zón en el que no ves más allá. El Papa lo lla­ma la cul­tu­ra del en­cuen­tro.

Car­los Pi­ne­do

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