«Nun­ca sa­bre­mos qué le ator­men­ta­ba»

El ba­rrio de La Inmaculada de Prie­go no da cré­di­to: Jo­sé Luis era un ve­cino pa­cí­fi­co «que no ha­bla­ba por no mo­les­tar»

ABC (Córdoba) - - Córdoba - RA­FAEL A. AGUILAR PRIE­GO

EL ba­rrio de la Inmaculada, en las fal­das de Prie­go de Cór­do­ba y muy cer­cano a una de las en­tra­das a la lo­ca­li­dad des­de la ca­rre­te­ra au­to­nó­mi­ca que vie­ne des­de Lu­ce­na, no da cré­di­to a lo que ha su­ce­di­do. La muer­te vio­len­ta de uno de sus ve­ci­nos, Jo­sé Luis Gar­cía Bur­gos, de 43 años, ha vol­tea­do el áni­mo de quie­nes tie­nen allí su ca­sa. Se tra­ta de un en­cla­ve de vi­vien­das mo­des­tas en el que se mez­clan in­mue­bles ba­jos de una o dos plan­tas de ti­po uni­fa­mi­liar con otras más mo­der­nas.

La no­ti­cia luc­tuo­sa su­me al pue­blo de la Sub­bé­ti­ca en la cons­ter­na­ción. No se ha­bla de otra. Ni en los ba­res del en­torno de la ca­lle Ga­briel Ce­la­ya, don­de tie­ne la en­tra­da el ga­ra­je en el que se ha­lla­ron los cuer­pos de las dos víc­ti­mas mor­ta­les, ni en la zo­na pa­tri­mo­nial de la vi­lla del sur de la pro­vin­cia de Cór­do­ba. «No hay quien se lo crea: era un mu­cha­cho de lo más dis­cre­to», di­ce una mu­jer en­tra­da en años en la ca­fe­te­ría Yam­pe, en la Fuen­te del Rey. En la so­bre­me­sa hay un si­len­cio de lu­to en Prie­go. La afluen­cia de los pe­rio­dis­tas al lu­gar del cri­men, entre ellos co­rres­pon­sa­les de pro­gra­mas de te­le­vi­sión na­cio­na­les de má­xi­ma au­dien­cia, avi­va las con­ver­sa­cio­nes a me­dia voz acer­ca del ori­gen de la tra­ge­dia, si bien el res­pe­to que ha ga­na­do du­ran­te to­da la vi­da la fa­mi­lia del ve­cino fa­lle­ci­do amor­ti­gua la ame­na­za de la ma­le­di­cen­cia. «Es una fa­mi­lia es­tu­pen­da. La ma­dre, que era viu­da, te­nía cin­co hi­jos, tres va­ro­nes y dos mu­je­res, y Jo­sé Luis era el úni­co que vi­vía con ella, cui­dan­do de las pro­pie­da­des en el cam­po y aten­dien­do a su ma­dre», ex­pli­ca un hom­bre en la ca­lle Luis Ro­sa­les, pa­ra­le­la a la co­che­ra en la que la Guar­dia Ci­vil lle­va to­da la ma­ña­na en­fras­ca­da en la in­ves­ti­ga­ción y en la que se ha­lla la en­tra­da a la vi­vien­da de la ma­dre de Jo­sé Luis; en el bu­zón fi­gu­ra tam­bién el nom­bre de una her­ma­na de és­te.

Lui­sa coin­ci­dió con la pro­ge­ni­to­ra del ve­cino ma­lo­gra­do en la pe­lu­que­ría el pa­sa­do sá­ba­do. «La mu­jer me ha­bló de sus hi­jos, de lo con­ten­ta que es­ta­ba con ellos; y de Jo­sé Luis de­cía que no sa­bía de sus re­la­cio­nes, que a ve­ces sa­lía y en­tra­ba con no sa­bía quién, y que pa­sa­ba al­gu­nos fi­nes de se­ma­na fue­ra. Pe­ro ella es­ta­ba en­can­ta­da con él», re­cuer­da.

Los fa­mi­lia­res del prie­guen­se fa­lle­ci­do han si­do los pri­me­ros sor­pren­di­dos con la tris­te no­ti­cia. «Mi her­mano era un mu­cha­cho es­tu­pen­do. No te­nía pro­ble­mas. No vi­mos ve­nir lo que ha pa­sa­do», co­men­ta uno de ellos. Coin­ci­de un ca­ma­re­ro de una ca­fe­te­ría del ba­rrio de la Inmaculada: «No da­ba un pro­ble­ma, no ha­bla­ba por no mo­les­tar. Lo co­no­cía des­de que era un chi­qui­llo. Era un hom­bre tran­qui­lo, qui­zás de­ma­sia­do tí­mi­do y re­ser­va­do. Lo que lle­va­ba den­tro, lo que le ator­men­ta­ba, na­die lo sa­bía ni ya lo va­mos a sa­ber nun­ca». Las cam­pa­nas de la igle­sia de la Asun­ción to­can a muer­to a las seis de la tar­de. Lle­ga el co­che fú­ne­bre con los res­tos de Jo­sé Luis y na­die se ex­pli­ca qué ha pa­sa­do.

VA­LE­RIO ME­RINO

Ve­ci­nos ob­ser­van a los pe­rio­dis­tas an­te una uni­dad mó­vil

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.