EL PER­SO­NA­JE

«SÉ MUY BIEN QUE NO SOY EL TI­PO CON MÁS TA­LEN­TO DE HOLLY­WOOD, PE­RO SÍ EL QUE TIE­NE MÁS SUER­TE»

ABC - Codigo Unico - - SUMARIO - POR MA­RÍA ESTÉVEZ FO­TO­GRA­FÍA: MAARTEN DE BOER

Shia LaBeouf.

LOS DE­MO­NIOS PU­DIE­RON CON ÉL. SU­FRIÓ AL­COHO­LIS­MO Y ARRES­TOS PO­LI­CIA­LES. AHO­RA, CU­RA­DO DE SUS HE­RI­DAS, RE­GRE­SA EL 11 DE MA­YO CON EL FIL­ME ‘BORG VS MCENROE’ Y UNA SE­GUN­DA OPOR­TU­NI­DAD.

Shia LaBeouf es, en gran me­di­da, el pro­duc­to de una re­la­ción abu­si­va con su pa­dre. No es nin­gún se­cre­to: el actor aca­ba de anun­ciar una pe­lí­cu­la au­to­bio­grá­fi­ca en la que él mis­mo in­ter­pre­ta­rá a su pro­ge­ni­tor y Lu­cas Hed­ges –al que he­mos vis­to en Lady Bird y Tres anuncios en las afue­ras– se con­ver­ti­rá en Shia de ado­les­cen­te. Ho­ney Boy, que se en­cuen­tra en fa­se de pre­pro­duc­ción, con­ta­rá los con­flic­tos en­tre un pa­dre al­cohó­li­co y su hi­jo, un ni­ño actor que re­pre­sen­ta a Shia cuan­do tra­ba­ja­ba pa­ra la se­rie Even Ste­vens, en Dis­ney Cha­nel.

Hu­bo una épo­ca en la que Shia LaBeouf te­nía el fa­vor de la in­dus­tria. Se ha­bía con­ver­ti­do en el nue­vo ído­lo de Holly­wood gra­cias a su par­ti­ci­pa­ción en la fran­qui­cia In­dia­na Jo­nes, pe­ro el ve­neno de la fa­ma es tó­xi­co y el pro­ta­go­nis­ta de Trans­for­mers de­ci­dió que eso de ser estrella a tiem­po com­ple­to no iba con él. Una se­rie de ex­tra­ñas ex­hi­bi­cio­nes de ar­te, sus con­tro­ver­ti­das apa­ri­cio­nes en pe­lí­cu­las co­mo Nymp­ho­ma­niac, de Lars von Trier, su al­coho­lis­mo y sus pe­leas, con las con­si­guien­tes de­ten­cio­nes, le con­vir­tie­ron en un actor con­fun­di­do y sin tra­ba­jo. Pe­ro aho­ra, a sus 31 años, es­ta­mos an­te un nue­vo Shia, se­rio y rehe­cho, pe­ro con el ta­len­to de siem­pre. En ma­yo re­gre­sa a la gran pan­ta­lla con la pe­lí­cu­la Borg vs McEnroe, don­de el actor da vi­da al te­nis­ta es­ta­dou­ni­den­se, y lo ha­ce tras un pe­rio­do de au­to­cen­su­ra pú­bli­ca, tras su arres­to en 2017 en Sa­van­nah por des­or­den pú­bli­co mien­tras es­ta­ba ba­jo los efec­tos del al­cohol. En To­ron­to se ha sin­ce­ra­do con Có­di­go Úni­co.

John McEnroe era un ju­ga­dor de tenis muy im­pul­si­vo. A ve­ces, has­ta agre­si­vo. ¿Se pa­re­ce a us­ted?

Sí. Pe­ro creo que es más com­pli­ca­do que dar una res­pues­ta en una en­tre­vis­ta con el tiem­po con­ta­do. John era un es­tra­te­ga que

pe­lea­ba ca­da bo­la con una in­ten­ción. No se mo­vía por im­pul­sos, sa­bía lo que ha­cía. Su per­so­na­li­dad aña­día pre­sión a los jue­ces y a los con­trin­can­tes, y eso ju­ga­ba a su fa­vor. Creo que John brin­dó al tenis un to­que, un sen­ti­mien­to y una sen­si­bi­li­dad que no exis­tía an­tes de que apa­re­cie­ra en las pis­tas.

¿Cree que la ira es un ins­tru­men­to que pue­de uti­li­zar­se a fa­vor?

Sí. En es­te ca­so, su ira era par­te de su es­tra­te­gia, de su tác­ti­ca pa­ra con­se­guir des­con­cen­trar a la gen­te. Ma­nu­fac­tu­ró una in­ten­si­dad que en­tra­ba con él en las pis­tas. De al­gún mo­do, eso con­vir­tió a John McEnroe en un ar­tis­ta.

McEnroe tam­bién tu­vo sus más y sus me­nos con la pren­sa, y la pe­lí­cu­la dra­ma­ti­za esos mo­men­tos.

Fue al­go con lo que me iden­ti­fi­qué al leer el guion, por­que veo un pa­ra­le­lis­mo con mi pro­pia vi­da. Es­te fil­me y es­te per­so­na­je han si­do ca­tár­ti­cos pa­ra mí.

A us­ted le ofre­cie­ron in­ter­pre­tar a John McEnroe en el pa­sa­do pa­ra la pe­lí­cu­la Su­per­brat. Sin em­bar­go, se ne­gó.

Era una sá­ti­ra y la na­rra­ción no tra­ta­ba a John McEnroe con el res­pe­to que me­re­ce. La his­to­ria le di­bu­ja­ba co­mo una ca­ri­ca­tu­ra, un pa­ya­so que so­lo gri­ta­ba. No era un pa­pel de McEnroe por el que yo me sin­tie­ra atraí­do.

Pe­ro es­te pa­pel sí lo acep­tó. ¿Qui­zá por­que se sen­tía un po­co co­mo McEnroe?

Al leer el guion su­pe que te­nía que in­ter­pre­tar el per­so­na­je, por­que me lle­gó al co­ra­zón. E in­ter­pre­tar­lo ha si­do ca­tár­ti­co. Al ver la pe­lí­cu­la aho­ra re­co­noz­co que me sien­to muy or­gu­llo­so. Ex­pre­sa al­go que yo he sen­ti­do pro­fun­da­men­te. Es­toy hon­ra­do de ha­ber for­ma­do par­te de es­te fil­me y po­der com­par­tir­lo con el pí­bli­co.

¿Ha te­ni­do la opor­tu­ni­dad de co­no­cer a John McEnroe?

No, me en­can­ta­ría. Aun­que creo que es un ti­po muy ocu­pa­do.

¿Se sin­tió có­mo­do en las es­ce­nas en las que tie­ne que ju­gar al tenis?

No, pa­ra na­da. Uno siem­pre se sien­te in­có­mo­do cuan­do tie­ne que si­mu­lar que do­mi­na un ele­men­to que no con­tro­la.

«ME HE I MPUESTO UN SA­LA­RIO AL MES PA­RA NO PER­DER LA CA­BE­ZA Y POR SI ES­TO SE ACA­BA»

Es­toy acos­tum­bra­do a ro­dar pe­lí­cu­las de ac­ción, pe­ro es­te fil­me es bas­tan­te di­fe­ren­te. Mu­chas ve­ces es me­jor apren­der lo su­fi­cien­te y no si­mu­lar tan­to. Pa­sé mu­cho tiem­po en­tre­nan­do con la ra­que­ta.

¿So­ña­ba de ni­ño con con­se­guir lo que ha con­quis­ta­do?

Ja­más pu­de ima­gi­nar na­da de lo que me ha pa­sa­do. Uno re­za por al­go y sue­ña con que al­gún día su­ce­da. Mi vi­da ado­les­cen­te era una se­cuen­cia cons­tan­te de sue­ños, con un mon­ta­je de lo­cos even­tos a su al­re­de­dor.

¿Si­gue te­nien­do pro­ble­mas con la fa­ma?

Voy apren­dien­do. Co­me­to erro­res. Tra­to de apren­der a ma­ne­jar­la. Es una si­tua­ción muy com­pli­ca­da, por­que yo he cre­ci­do en el ojo pú­bli­co y no es fá­cil.

¿Por qué de­ci­dió con­ver­tir­se en actor?

Yo era muy po­bre, vi­vía en Echo Park [Los Án­ge­les] en una si­tua­ción bas­tan­te com­pli­ca­da. Mis pa­dres no te­nían tra­ba­jos con­ven­cio­na­les, y no me gus­ta­ba. Mi fa­mi­lia se rom­pió por cul­pa del di­ne­ro y yo me sen­tí obli­ga­do a cam­biar las co­sas. No fue has­ta que co­no­cí a Jon Voight en el ro­da­je de La mal­di­ción de los ho­yos que des­cu­brí el as­pec­to ar­tís­ti­co de es­ta pro­fe­sión. Lue­go me en­con­tré con Gary Old­man, un ma­go de la in­ter­pre­ta­ción, ca­paz de crear quin­ce per­so­na­jes en los que no sa­bes que es él. Old­man es mi su­per­hé­roe. Gen­te co­mo Da­niel Day-Le­wis, Old­man o Voight me ins­pi­ra­ron. Con el tiem­po me he ido enamo­ran­do de mi tra­ba­jo, he leí­do li­bros, he es­tu­dia­do, has­ta que se ha con­ver­ti­do en una ob­se­sión

¿Có­mo es aho­ra su re­la­ción con sus pa­dres?

Los ado­ro, son mis me­jo­res ami­gos.

En In­ter­net se di­ce que la re­li­gión ju­gó un pa­pel im­por­tan­te en su vi­da.

No te creas to­do lo que lees. Eso no es cier­to.

¿Co­rren de­ma­sia­dos bu­los por In­ter­net?

Vi­vi­mos en la épo­ca de las no­ti­cias fal­sas.

¿Qué me di­ce de su ta­tua­je 1986–04?

Esa es mi in­fan­cia. Es cuan­do em­pe­zó la lo­cu­ra, un pe­rio­do de mi vi­da que me vuel­ve hu­mil­de. En esa épo­ca su­ce­die­ron co­sas es­tú­pi­das que me re­cuer­dan mis raí­ces y de dón­de ven­go. 04 [por 2004] es el fi­nal de mi in­fan­cia, cuan­do cum­plí 18 años y me en­con­tra­ba en la vo­rá­gi­ne de mi ado­les­cen­cia. Al cum­plir 18 me lo hi­ce.

Vi­vir en Amé­ri­ca sin di­ne­ro es de­vas­ta­dor.

Ab­so­lu­ta­men­te. Es­te país no es­tá cons­trui­do pa­ra los ne­ce­si­ta­dos. En­tras en mo­do su­per­vi­vien­te. Hay que bus­car el pan y el agua de ca­da día por­que no tie­nes vi­da. Ven­go de la po­bre­za más ab­so­lu­ta. De ni­ño pa­sé ham­bre y no te­nía na­da con lo que dis­fru­tar. El di­ne­ro arrui­nó a mi fa­mi­lia, arrui­nó mi in­fan­cia. Cuan­do al­guien te di­ce que to­dos de­be­mos ser po­bres y fe­li­ces es por­que nun­ca ha si­do po­bre en su vi­da. O no lo su­fi­cien­te­men­te po­bre co­mo pa­ra en­ten­der de lo que ha­blo. Es de­vas­ta­dor te­ner que vi­vir con cu­po­nes de ali­men­tos.

Aho­ra pue­de vi­vir el sue­ño ame­ri­cano.

Sí, sin du­da. Es­toy in­creí­ble­men­te agra­de­ci­do por la opor­tu­ni­dad. Es­toy ben­de­ci­do más allá de las pa­la­bras por­que sé que no soy la per­so­na más ta­len­to­sa de Holly­wood. Lo que soy es el in­di­vi­duo con más suer­te del pla­ne­ta.

«VEN­GO DE LA PO­BRE­ZA MÁS AB­SO­LU­TA. DE NI­ÑO, EN ECHO PARK, PA­SÉ HAM­BRE»

¿Ha cam­bia­do su pers­pec­ti­va del di­ne­ro?

Mu­cho, por­que lo ten­go. Una vez que lo tie­nes es di­fe­ren­te. Cuan­do no pue­des ver a tus pa­dres por­que lo úni­co que ha­cen es tra­ba­jar, el di­ne­ro se ve co­mo ve­neno. Si echas de me­nos a tu fa­mi­lia por­que ne­ce­si­tan tres tra­ba­jos pa­ra pa­gar la ca­sa o lo po­co que tie­nes, lo odias. Te con­fie­so que soy muy fru­gal con mi di­ne­ro por si es­to ter­mi­na en al­gún mo­men­to. Y mi fa­mi­lia, mis pa­dres, no tra­ba­jan.

Pa­re­ce muy ago­bia­do con el di­ne­ro.

Sí. Pe­ro ten­go un sa­la­rio que yo mis­mo me he im­pues­to al mes pa­ra no per­der la ca­be­za. Yo man­ten­go a mi fa­mi­lia y no me cues­ta ha­cer­lo. Lo que quie­ro es te­ner un col­chón por si al­gu­na vez to­do des­apa­re­ce. La be­lle­za del di­ne­ro es po­der pa­gar las cuen­tas y las ne­ce­si­da­des de las per­so­nas a quien quie­res.

¿Qué es lo me­jor de ser Shia aho­ra?

Es una bue­na pre­gun­ta. No lo sé. Su­pon­go que la cal­ma que sien­to. Me en­cuen­tro re­la­ja­do.

¿Cuá­les han si­do las de­ci­sio­nes más di­fí­ci­les que ha te­ni­do que to­mar?

Des­ha­cer­me de unos cuan­tos ami­gos en los que per­dí la con­fian­za. Eso fue di­fí­cil. Te­ner ami­gos du­ran­te mu­chos años y ver­me obli­ga­do a echar­los de mi vi­da. Me he acos­tum­bra­do a leer pa­tro­nes de con­duc­ta y com­por­ta­mien­tos, la gen­te se mues­tra en­se­gui­da. Si eres una ser­pien­te lo aca­ba­rás de­mos­tran­do. Mi si­tua­ción am­pli­fi­có el com­por­ta­mien­to de aque­llos que pre­ten­dían ser mis ami­gos por­que te­nía ac­ce­so a unas en­tra­das, un co­che o un es­treno.

¿Le es más fá­cil ser ami­go de otras ce­le­bri­da­des?

No. No soy ami­go de na­die por su po­si­ción. Soy ami­go de es­ta­dos men­ta­les. Si me en­cuen­tro con un ti­po de per­so­na con mi mis­ma fre­cuen­cia, que pien­sa y dis­fru­ta las mis­mas co­sas que yo, en­ton­ces po­de­mos fá­cil­men­te ser gran­des ami­gos.

¿Qué es lo que más le asus­ta?

La crí­ti­ca y la per­cep­ción, los re­por­te­ros y los pa­pa­raz­zi… to­das esas co­sas ne­ga­ti­vas que pue­den en­tur­biar tu vi­da. Me asus­to tam­bién de mí mis­mo, de mis ac­cio­nes, por­que soy hu­mano.

¿Y si no hu­bie­ra si­do actor?

No sé qué hu­bie­ra si­do de mí por­que no te­nía plan b.

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