Jon Hamm.

“ES­TU­VE EN PA­RO 15 AÑOS. LIMPIÉ ME­SAS, ME ARRUINÉ. EL ÉXI­TO ES BO­NI­TO, PE­RO CO­NOZ­CO LA OTRA CA­RA DE LA MO­NE­DA”

ABC - Codigo Unico - - SUMARIO -

DON DRA­PER, EL TI­BU­RÓN DE ‘MAD MEN’, SE LO DIO TO­DO: LE CON­VIR­TIÓ EN UN ICONO DE ES­TI­LO Y EN EL ‘HOM­BRE VI­VO MÁS SEXY DEL MUN­DO’. PE­RO DRA­PER PA­SÓ A ME­JOR VI­DA Y LO QUE QUE­DÓ FUE JON HAMM. POR SUER­TE, EL AC­TOR HA CON­SE­GUI­DO, PO­CO A PO­CO, MA­TAR AL PER­SO­NA­JE. Y NO LE HA RE­SUL­TA­DO NA­DA FÁ­CIL.

Per­te­ne­ce a una es­tir­pe de ac­to­res ya des­apa­re­ci­da en Holly­wood. De ha­ber na­ci­do en la dé­ca­da de los años 50 o 60 ha­bría com­pe­ti­do con los Ro­bert Mit­chum o los Cary Grant de en­ton­ces. Su éxi­to, en pa­ra­le­lo en la te­le­vi­sión al de Geor­ge Cloo­ney, nun­ca ter­mi­nó de cua­jar en la gran pan­ta­lla, y eso le ha de­ja­do se­cue­las per­so­na­les. Pe­ro el pro­ta­go­nis­ta de Mad Men es­tá con­ven­ci­do de su re­su­rrec­ción. En los tres años que han pa­sa­do des­de que di­jo adiós a Don Dra­per, Hamm ha he­cho lo im­po­si­ble por pro­ta­go­ni­zar pe­lí­cu­las que no tu­vie­ran na­da que ver con ese per­so­na­je. Su com­pro­mi­so es con­si­go mis­mo y lo de­mues­tra en la te­le­vi­sión con las se­ries Un­brea­ka­ble Kimmy Sch­mi

dt y Wet Hot Ame­ri­can Sum­mer: First Day of Camp, de Net­flix, don­de tie­ne papeles pe­que­ños pe­ro con sus­tan­cia. Tam­bién nos sor­pren­dió en el 2017 con Mar­jo­rie Pri­me, don­de se con­ver­tía en un ho­lo­gra­ma, o en el su­per­éxi­to de ta­qui­lla Baby Dri­ver, en el que da­ba vi­da al villano de la his­to­ria. Es­te agos­to es­tre­na El rehén, un fil­me po­lí­ti­co en el que da vi­da a un ex­di­plo­má­ti­co que re­gre­sa a Orien­te Me­dio a re­cu­pe­rar el pa­sa­do. Y tam­bién es­te ve­rano ate­rri­za Tag, la co­me­dia don­de Hamm com­par­te pro­ta­go­nis­mo con Je­remy Ren­ner, Han­ni­bal Bu­ress y Ras­hi­da Jo­nes. Tra­ba­jo no le fal­ta, y el pró­xi­mo año in­ter­pre­ta­rá al ar­cán­gel Gabriel en Good

Omens, la adap­ta­ción de la no­ve­la de Neil Gai­man pro­du­ci­da por Ama­zon Stu­dios.

A pe­sar de los re­ve­ses, la de­li­ca­da mas­cu­li­ni­dad que exu­da Hamm se man­tie­ne in­tac­ta. Si a sus 20 años gas­tó el tiem­po en tra­ba­jos tem­po­ra­les, a los 40 dis­fru­tó del éxi­to, y fue ese triun­fo tar­dío el que le ayu­dó a en­ten­der los ca­mi­nos os­cu­ros de la fa­ma. Pa­ra Hamm, la vi­da des­pués de Dra­per ha lle­ga­do con al­gu­nas com­pli­ca­cio­nes inevi­ta­bles. En 2015 se se­pa­ró de su com­pa­ñe­ra des­de ha­cía 18 años, la es­cri­to­ra y di­rec­to­ra Jen­ni­fer West­feldt, y ha­ce dos años pa­só una tem­po­ra­da en un cen­tro de reha­bi­li­ta­ción por su adic­ción al al­cohol. Lu­chan­do por su­pe­rar­se, Jon Hamm man­tie­ne la hu­mil­dad y la cer­ca­nía. Su ac­ti­tud no ha cam­bia­do, acep­ta el re­to y lo ha­ce des­de la dis­tan­cia. No par­ti­ci­pa de las re­des so­cia­les y tie­ne su ego a sal­vo, aun­que con­fie­sa que no es per­fec­to: «Soy ac­tor y soy va­ni­do­so. Pe­ro la fa­ma no me vuel­ve lo­co».

«En la vi­da no nos de­tie­ne la ve­jez sino las ga­nas de con­ti­nuar». Es una fra­se que us­ted ha di­cho…

Sí. Creo que tie­ne que ver con la vi­da de los ac­to­res. A no­so­tros nos pa­gan por vi­vir, por dis­fra­zar­nos, por pre­ten­der que so­mos más jó­ve­nes, por una ener­gía ar­tís­ti­ca que, en oca­sio­nes, no tie­ne na­da que ver con nues­tra reali­dad. Yo tra­to de co­nec­tar, de man­te­ner­me jo­ven, de des­per­tar al ni­ño que lle­vo den­tro, de bus­car la fe­li­ci­dad. Unas ve­ces lo con­si­go y otras ve­ces no.

¿Quie­re de­cir que es im­por­tan­te pa­ra us­ted man­te­ner­se real?

Exac­ta­men­te. To­dos no­so­tros nos ol­vi­da­mos de pa­sar tiem­po en fa­mi­lia, con nues­tros ami­gos, de co­nec­tar di­rec­ta­men­te con las per­so­nas y pa­sar un buen ra­to. De eso se tra­ta la vi­da. Ese es mi men­sa­je. No quie­ro ha­cer pe­lí­cu­las po­lí­ti­cas ni con­tro­ver­ti­das, quie­ro di­ver­tir­me, dis­fru­tar, quie­ro ins­pi­rar a tra­vés de mi tra­ba­jo a otras per­so­nas y que, co­mo yo, den un pa­so a un la­do y no se de­jen lle­var por la vo­rá­gi­ne que nos ro­dea.

Pa­re­ce que sus ami­gos son im­por­tan­tes pa­ra us­ted…

Per­dí a mis pa­dres cuan­do era muy jo­ven. Mis ami­gos son mi fa­mi­lia. Ten­go un círcu­lo ín­ti­mo con el que via­jo y me en­cuen­tro siem­pre que pue­do. Mi me­jor ami­go vi­ve en Aus­tra­lia y sue­lo ir a vi­si­tar­lo. Siem­pre con­si­gue arran­car­me una son­ri­sa. Co­nec­tar con mi círcu­lo, con esa fa­mi­lia, es muy im­por­tan­te pa­ra mí.

Di­cen que un buen ami­go es mu­cho me­jor que una ma­la re­la­ción de pa­re­ja…

Pue­de ser. Sí. En una re­la­ción quie­res con­se­guir am­bas co­sas, la amis­tad y la re­la­ción. Si al­guien te ama es por­que le im­por­tas. Den­tro de una re­la­ción uno no ne­ce­si­ta ac­tuar o pre­ten­der ser quien no es. Eso re­sul­ta­ría ago­ta­dor. En el tra­ba­jo es­toy cons­tan­te­men­te ac­tuan­do, así que lo úl­ti­mo que ne­ce­si­to al lle­gar a ca­sa es se­guir in­ter­pre­tan­do un pa­pel que no soy yo an­te

«PER­DÍ A MIS PA­DRES CUAN­DO ERA MUY JO­VEN. MIS AMI­GOS SON MI FA­MI­LIA»

mi pa­re­ja. Con mis ami­gos y en mi re­la­ción quie­ro re­la­jar­me, mos­trar­me sin ta­pu­jos.

Da la im­pre­sión de que cuan­do no es­tá pro­mo­cio­nan­do una pe­lí­cu­la se es­con­de.

Y lo ha­go. Yo no es­toy en las re­des so­cia­les, no com­par­to mi vi­da. Mi ob­je­ti­vo es lle­var una vi­da au­tén­ti­ca, real. Re­co­noz­co que es bueno pa­ra el ego que te ha­la­guen en las re­des, pe­ro a mí no me in­tere­sa esa gra­ti­fi­ca­ción gra­tui­ta.

¿Có­mo es­ti­mu­la su vi­da más allá del tra­ba­jo ar­tís­ti­co?

Me en­can­tan los de­por­tes, ha­cer ex­cur­sio­nes al ai­re li­bre, per­der­me de acam­pa­da en la mon­ta­ña. En el mun­do real for­mo par­te de un equi­po de béis­bol aquí en Los Án­ge­les Des­de ha­ce una dé­ca­da, un gru­po de ami­gos nos reuni­mos a ju­gar to­das las se­ma­nas. Da igual si ga­na­mos o per­de­mos, lo im­por­tan­te es que nos lo pa­sa­mos bien. Es una ex­cu­sa pa­ra en­con­trar­nos y con­ver­sar. Ne­ce­si­to co­nec­tar con mi pasión por la com­pe­ti­ti­vi­dad y con esos par­ti­dos los con­si­go.

Es­ta­mos en ve­rano, épo­ca de va­ca­cio­nes, ¿le gus­ta via­jar?

Es­te año me voy a pa­sar los me­ses de ju­lio y agos­to tra­ba­jan­do. Pe­ro sí, me en­can­ta via­jar. Ita­lia y Es­pa­ña son mis paí­ses fa­vo­ri­tos, por­que sa­ben vi­vir la vi­da. Vo­so­tros dis­fru­táis en la ca­lle, ha­bláis con la gen­te, co­nec­táis en ba­res y ca­fés, no te­néis mie­do de con­ver­sar con des­co­no­ci­dos. Es ma­ra­vi­llo­so. Los Án­ge­les es lo más pa­re­ci­do a Es­pa­ña o Ita­lia que pue­do en­con­trar en los Es­ta­dos Uni­dos.

Us­ted ne­ce­si­tó apar­tar­se por un tiem­po de los fo­cos y re­cu­pe­rar­se.

Sí. Ne­ce­si­té aten­ción mé­di­ca pa­ra aca­bar con el al­cohol. Cuan­do tie­nes pro­ble­mas per­so­na­les es im­por­tan­te bus­car ayu­da, ad­mi­tir que te has car­ga­do de ne­ga­ti­vi­dad y que es­tás en pe­li­gro de au­to­des­truir­te. No soy un hom­bre per­fec­to.

¿Al­gu­na vez se ha di­cho «ya es­toy ma­yor pa­ra ha­cer es­to»?

No. Nun­ca. Al­gu­na vez ju­gan­do al béis­bol, pe­ro siem­pre he te­ni­do a al­guien a mi al­re­de­dor que me ha reac­ti­va­do. Creo que es al­go he­re­da­do de mi abue­lo. Él siem­pre ha si­do un hom­bre ac­ti­vo y en bue­na for­ma

fí­si­ca. Lo im­por­tan­te es man­te­ner­se fuer­te, ha­cer ejer­ci­cio y co­nec­tar el cuer­po con el es­pí­ri­tu. Ha­ce un par de se­ma­nas me fui a Ore­gón a ha­cer raf­ting en el río. Fue in­creí­ble. Vi águi­las, co­no­cí gen­te sen­sa­cio­nal y re­gre­sé ex­haus­to. Ha si­do un via­je ex­ci­tan­te que me ha lle­na­do de ener­gía.

¿Sa­be que va a ser siem­pre el hom­bre per­fec­to, Don Dra­per?

Esa es una idea ab­sur­da. La imagen que se me aso­cia de Don Dra­per es la que es. Ha si­do ma­ra­vi­llo­so for­mar par­te de una se­rie que es­tá con­si­de­ra­da un icono de la te­le­vi­sión. Es­toy muy agra­de­ci­do de ha­ber po­di­do con­tri­buir a crear un fe­nó­meno cul­tu­ral. Sé que mi fa­ma, en to­do el mun­do, se la de­bo a Mad Men y no hu­yo de ella, la acepto. Sin em­bar­go, tam­bién me sien­to or­gu­llo­so de los otros pro­yec­tos en los que he par­ti­ci­pa­do y no han te­ni­do el mis­mo éxi­to. Mad Men me abrió las puer­tas, pe­ro aho­ra es­toy en otro ca­pí­tu­lo de mi vi­da.

¿Qué apren­dió del es­cru­ti­nio ba­jo el pris­ma de Don Dra­per?

Qué es lo que no de­bo ha­cer. Uno no de­be emu­lar la exis­ten­cia del per­so­na­je. Apren­dí que yo no era Don. La gen­te vio el la­do os­cu­ro de Dra­per y lo acep­tó. Eso fue pe­li­gro­so pa­ra mí. No en­ten­día có­mo la au­dien­cia acep­ta­ba y se enamo­ra­ba de un ti­po tan po­co éti­co y sin va­lo­res mo­ra­les. A mí Don Dra­per me con­fun­dió.

¿Có­mo es su vi­da des­de que se ha con­ver­ti­do en un sím­bo­lo se­xual?

Es bas­tan­te agra­da­ble es­ta eter­na com­pa­ra­ción con Geor­ge Cloo­ney. Si hay al­guien a quien me gus­ta­ría co­piar­le su ca­rre­ra, cier­ta­men­te ese se­ría a él. Ha he­cho pe­lí­cu­las bue­ní­si­mas, tu­vo una ca­rre­ra es­tu­pen­da en te­le­vi­sión, es di­rec­tor, pro­duc­tor y, ade­más, un ti­po sim­pá­ti­co, in­te­li­gen­te, que no se que­da en la ton­te­ría de la fa­ma. En cuan­to a lo de ser un sím­bo­lo se­xual, eso lo de­ci­den otros. Yo no me con­si­de­ro na­da de eso, pe­ro acepto el ha­la­go en­can­ta­do.

¿Cuál es su se­cre­to pa­ra man­te­ner la mo­des­tia es­tan­do en lo más al­to?

¿Quie­res sa­ber el se­cre­to de mi éxi­to? Yo es­tu­ve en el pa­ro du­ran­te quin­ce años, limpié mu­chas me­sas co­mo camarero, me arruiné va­rias ve­ces y aho­ra de pron­to me veo pro­ta­go­ni­zan­do una se­rie de éxi­to acla­ma­da en to­do el mun­do. Fá­cil no ha si­do, pe­ro sé que soy muy afor­tu­na­do por­que es­to que me ha pa­sa­do es igual que ga­nar la lo­te­ría. El éxi­to es muy bo­ni­to pe­ro co­noz­co tam­bién el otro la­do de la mo­ne­da.

No hay mu­chos chis­mes a su al­re­de­dor, aun­que to­do el mun­do quie­re sa­ber el es­ta­tus ro­mán­ti­co de Jon.

No hay mu­cho que de­cir. Voy a tra­ba­jar y re­gre­so a ca­sa. No soy una per­so­na que dis­fru­te com­par­tien­do su día a día en las re­des so­cia­les. Tra­to de man­te­ner­me le­jos de la aten­ción pú­bli­ca tan­to co­mo pue­do. A mí los fo­tó­gra­fos no me si­guen mu­cho. Pre­fie­ro la in­dus­tria que se ali­men­ta de crea­ti­vi­dad a la in­dus­tria que se ali­men­ta de co­men­ta­rios es­can­da­lo­sos. Di­cho es­to, me en­can­tan mis ad­mi­ra­do­res. Es­toy fe­liz de que ha­ya gen­te a la que le gus­te mi tra­ba­jo. La ma­yo­ría de las ve­ces son muy res­pe­tuo­sos cuan­do se me acer­can. Yo di­ría que el 95 por cien­to del tiem­po. De­pen­de de cuán­to ha­yan be­bi­do…

¿Qué es lo que no le gus­ta?

No me gus­ta que la gen­te me fo­to­gra­fíe sin pre­gun­tar­me. Es­tar sen­ta­do en un res­tau­ran­te y que la gen­te me dis­pa­re. No me gus­ta eso, por­que los lí­mi­tes de la pri­va­ci­dad y la dig­ni­dad y el res­pe­to han des­apa­re­ci­do. Y eso es cul­pa de las re­des so­cia­les. La pri­va­ci­dad se ha con­ver­ti­do en una transac­ción mo­ne­ta­ria, pe­ro yo no es­toy tan de­ses­pe­ra­do eco­nó­mi­ca­men­te co­mo pa­ra ven­der mi vi­da. No quie­ro sa­cri­fi­car mi vi­da pri­va­da. Las co­sas que pue­des de­cir en las re­des pue­den lle­gar a ser ho­rri­bles. Mu­chos son agre­si­vos cuan­do es­tán de­trás de un te­cla­do y se per­mi­ten des­ca­li­fi­car a los de­más. Yo pre­fie­ro la in­te­rac­ción per­so­nal.

Us­ted acu­dió a un pro­gra­ma de citas en la dé­ca­da de los 90. ¿Tan­to le cos­ta­ba en­con­trar no­via?

Tu­ve una ex­no­via que me en­gan­chó a ese pro­gra­ma. No te­nía di­ne­ro, así que pen­sé que era una bue­na for­ma de ga­nar al­go. De­sea­ría que no exis­tie­ran co­pias de ese pro­gra­ma, pe­ro las hay, así que so­lo pue­do reír­me de ello, por­que to­dos he­mos he­cho al­gu­na vez el ton­to. De­bo con­fe­sar que no me gus­ta es­tar sol­te­ro, me sien­to so­lo.

«ME HALAGA QUE ME COM­PA­REN CON GEOR­GE C L O O N E Y. M E G U S T A R Í A CO­PIAR SU CA­RRE­RA»

¿Le cos­tó em­pe­zar en Los Án­ge­les?

Sí, fue di­fí­cil. Pen­sé que era una ciu­dad de­ma­sia­do gran­de, de­ma­sia­do exi­gen­te y com­pe­ti­ti­va. Pe­ro apren­dí que si la des­com­po­nes en pe­que­ños pe­da­zos se pue­de ma­ne­jar. Uno no de­be dar­se nun­ca por ven­ci­do. Cuan­do co­rres una ma­ra­tón, te di­ces que ne­ce­si­tas se­guir, que pue­des re­co­rrer ese lar­go ca­mino.

¿Al­gu­na vez pen­só en ren­dir­se?

No. Aun­que tu­ve re­ve­ses. A los 29 años de­jé mi tra­ba­jo de camarero en el res­tau­ran­te y me sen­tí bien. Pen­sé que iba a ser ca­paz de ga­nar­me la vi­da ac­tuan­do y fun­cio­nó. He si­do maes­tro de guar­de­ría, pe­lu­que­ro, obre­ro de la cons­truc­ción, re­po­ne­dor de su­per­mer­ca­do. He he­cho mu­chas co­sas y to­do eso te ha­ce ser quien eres. Nun­ca tu­ve mie­do de que­dar­me sin tra­ba­jo. Y si la ac­tua­ción no fun­cio­na, me de­di­ca­ré a re­pa­rar uten­si­lios de ho­gar, por­que soy un ma­ni­tas. To­da­vía pue­do arre­glar mu­chas co­sas en la ca­sa.

¿Cuál es su pró­xi­mo pro­yec­to?

Es­te ve­rano rue­do una pe­lí­cu­la co­mo di­rec­tor con Na­ta­lie Port­man. Di­ri­gir es co­mo un rom­pe­ca­be­zas y a mí me gus­ta jun­tar pie­zas. Y quie­ro re­pe­tir, se­gu­ra­men­te más en te­le­vi­sión que en pe­lí­cu­las, por­que me gus­ta ser el que con­du­ce el tren.

JUE­GO DE TO­NOS A la ho­ra de ves­tir, el ac­tor em­plea tres to­nos bá­si­cos: ne­gro, gris y azul ma­rino. A es­ta fór­mu­la, abu­rri­da pa­ra otros, Hamm le sa­ca mu­cho par­ti­do. SIN ATA D U R A S Al­gu­na vez, Hamm apues­ta por el tra­je sin cor­ba­ta y le va de per­las. Y, ade­más, siem­pre lu­ce un buen re­loj pa­ra ter­mi­nar de re­don­dear el ‘look’ per­fec­to. CA­BE­ZA A CU­BIER­TO Has­ta en los mo­men­tos de re­lax sa­be có­mo com­bi­nar co­lo­res y pren­das. Es un fan de las go­rras. Tan­to de las in­gle­sas co­mo de las de béis­bol, co­mo es­ta de los Car­di­nals de Saint Louis, equi­po del que es se­gui­dor. IM­PE­CA­BLE DE TRA­JE Don Dra­per, su per­so­na­je en ‘Mad Men’, no de­ja­ba el tra­je ni pa­ra dor­mir. Hamm apues­ta por los cor­tes clá­si­cos y los lle­va igual de bien.

UN HOM­BRE EN GUE­RRA En ‘El rehén’, Jon Hamm in­ter­pre­ta a Ma­son Ski­les, un ex­di­plo­má­ti­co que de­be vol­ver a Bei­rut años des­pués de ha­ber abandonado el te­rreno en do­lo­ro­sas cir­cuns­tan­cias. Pa­ra ase­gu­rar­se de que cum­ple la mi­sión con se­gu­ri­dad, le acom­pa­ña una agen­te de la CIA, cu­yo pa­pel in­ter­pre­ta Ro­sa­mund Pi­ke.

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