«VEO A LOS ACTORES JÓ­VE­NES MUY PREO­CU­PA­DOS POR DE­CIR EL VER­SO BIEN»

El in­tér­pre­te ma­dri­le­ño ha re­ci­bi­do el pre­mio Co­rral de Co­me­dias del Fes­ti­val de Al­ma­gro por su la­bor en el re­per­to­rio clá­si­co

ABC - Cultural - - Teatro Entrevista A Un «clásico» - JU­LIO BRA­VO

Tea­tro clá­si­co «Es una gran es­cue­la pa­ra el ac­tor, sus per­so­na­jes vi­ven pa­sio­nes ex­tre­mas»

Ca­tor­ce años lle­va Car­los Hi­pó­li­to ale­ja­do del re­per­to­rio clá­si­co. Pe­ro la hue­lla de su in­ter­pre­ta­ción de obras co­mo La da­ma bo­ba, El mé­di­co de su hon­ra o El bur­la­dor de Se­vi­lla es tan pro­fun­da que, a pe­sar del tiem­po pa­sa­do, el Fes­ti­val In­ter­na­cio­nal de Tea­tro Clá­si­co de Al­ma­gro, le ha con­ce­di­do su má­xi­mo ga­lar­dón, el pre­mio Co­rral de Co­me­dias. Con su en­tre­ga se ha le­van­ta­do el te­lón de la cua­dra­gé­si­mo pri­me­ra edi­ción del cer­ta­men, una de las gran­des ci­tas del ve­rano tea­tral en Es­pa­ña. El ac­tor re­ci­bió la no­ti­cia pri­me­ro con sor­pre­sa, y des­pués lle­ga­ron la fe­li­ci­dad y la emo­ción. «Da mu­cha ale­gría sa­ber que aque­llo que hi­ce, so­bre to­do en la Com­pa­ñía Na­cio­nal de Tea­tro Clá­si­co, ha de­ja­do un buen re­cuer­do. Y va­lo­ro do­ble­men­te el pre­mio por eso. Es­toy muy agra­de­ci­do. Mu­cho». –¿Qué le de­be co­mo ac­tor al tea­tro clá­si­co? –Le de­bo mu­cho. Me re­ga­ló unos per­so­na­jes ab­so­lu­ta­men­te ma­ra­vi­llo­sos; los de El mé­di­co de su hon­ra, El bur­la­dor de Se­vi­lla, La ver­dad sos­pe­cho­sa, El mi­sán­tro­po... El tea­tro clá­si­co me lle­gó en un momento de mi ca­rre­ra cru­cial, ade­más, y per­mi­tió dar a mi tra­ba­jo ma­yor vi­si­bi­li­dad y pro­yec­ción; por otro la­do, fue un apren­di­za­je ex­tra­or­di­na­rio, por­que el re­to era ma­yor. El tea­tro clá­si­co en­ri­que­ce a cual­quier in­tér­pre­te. Los textos que sue­len re­pre­sen­tar­se es­tán muy bien ar­ma­dos, tra­tan te­mas muy po­ten­tes; los per­so­na­jes es­tán muy bien es­cri­tos y ge­ne­ral­men­te vi­ven si­tua­cio­nes muy ex­tre­mas... Es de­cir, no es­tán un po­co tris­tes, son la tris­te­za. No es­tán un po­co en­fer­mos de odio y de ren­cor, son la en­car­na­ción de la mal­dad. Te po­nen en con­tac­to con una zo­na emo­cio­nal fue­ra de lo co­ti­diano, que es muy in­tere­san­te de in­ves­ti­gar pa­ra un ac­tor. –Y el ver­so... –Y el ver­so. Es un vehícu­lo ma­ra­vi­llo­so pa­ra con­tar las his­to­rias, una es­pe­cie de pis­ta de des­li­za­mien­to por la que subes y ba­jas... El tex­to de una obra en ver­so es co­mo una par­ti­tu­ra y hay que tra­ba­jar­lo co­mo tal, siem­pre te­nien­do en cuen­ta que el per­so­na­je ha­bla en ver­so por­que pien­sa en ver­so. El tex­to ha de so­nar na­tu­ral, pe­ro al tiem­po ha de so­nar a ver­so. No hay que re­ci­tar­lo, por­que el per­so­na­je no re­ci­ta, ha­bla. Po­ne en bo­ca sus pen­sa­mien­tos, que son en ver­so. Cual­quier in­tér­pre­te que ha­ga tea­tro tie­ne que, en al­gu­na oca- sión, to­car el tea­tro clá­si­co aun­que sea tan­gen­cial­men­te, por­que es una muy bue­na es­cue­la. –¿Cree que en­tre los actores jó­ve­nes exis­te el res­pe­to al ver­so y al re­per­to­rio clá­si­co? –Creo que sí. A los actores jó­ve­nes con los que ha­blo les veo muy preo­cu­pa­dos por ha­cer el ver­so bien, no de de­cir­lo de cual­quier ma­ne­ra. To­dos los que se acer­can al tea­tro clá­si­co de ma­ne­ra se­ria sa­ben que el ver­so no hay que pro­si­fi­car­lo, que ha de se­guir sien­do ver­so. Pe­ro tam­bién sa­be que no hay que ador­nar­lo ni exa­ge­rar­lo. Los jó­ve­nes aho­ra tra­ba­jan de ma­ne­ra muy se­ria y en­tre­ga­da. –La ma­ne­ra de de­cir el ver­so ha cam­bia­do mu­cho en los úl­ti­mos años... ¿Ha­bía an­tes ma­yor preo­cu­pa­ción por la mú­si­ca que por la le­tra? –En al­gu­nos ca­sos sí. Te­nía­mos una he­ren­cia más re­ci­ta­ti­va; pri­ma­ba qui­zás el her­mo­seo del ver­so que el con­cep­to que se es­ta­ba di­cien­do. Ya cuan­do yo em­pe­cé, fi­na­les de los años se­ten­ta, se re­ba­ja­ba esa ma­ne­ra tan exa­ge­ra­da de de­cir el ver­so, y se em­pe­za­ba a pri­mar lo que se es­ta­ba con­tan­do; in­ten­tar ha­cer más com­pren­si­ble lo in­com­pren­si­bles que son de­ter­mi­na­das me­tá­fo­ras y de­ter­mi­na­das ma­ne­ras de cons­truir que te­nían nues­tros au­to­res clá­si­cos. A Adol­fo Mar­si­llach, el pri­mer di­rec­tor de la Com­pa­ñía Na­cio­nal de Tea­tro Clá­si­co, y con quien yo tra­ba­jé, por ejem­plo, en El mé­di­co de su hon­ra, le gus­ta­ba que el ver­so so­na­ra a ver­so pe­ro que al tiem­po es­tu­vie­ra na­tu­ra­li­za­do; que fue­ra más cer­cano. Por eso sus mon­ta­jes fue­ron tan no­ve­do­sos; acer­ca­ron mu­cho aque­llos textos a una es­té­ti­ca di­fe­ren­te, a una ma­ne­ra de en­ten­der di­fe­ren­te. Crea­ban más em­pa­tía con los es­pec­ta­do­res. Adol­fo lle­nó el Tea­tro de la Co­me­dia en el arran­que de la com­pa­ñía con textos que eran ori­gi­na­lí­si­mos. –¿Hay una úni­ca ma­ne­ra de cer­car­se al ver­so? –No creo que ha­ya una ma­ne­ra bue­na y otra ma­la, no. Hay mil po­si­bi­li­da­des de ha­cer­lo. Afor­tu­na­da­men­te se es­tá ha­cien­do ca­da vez más tea­tro clá- si­co y eso sig­ni­fi­ca que ca­da vez hay más evo­lu­ción. Pue­de ser pa­ra vol­ver a lo an­ti­guo o pa­ra cam­biar­lo ra­di­cal­men­te, pe­ro en cual­quier ca­so es­tá en mo­vi­mien­to. Y eso sig­ni­fi­ca que es­tá vi­vo; unos directores lo lle­va­rán por un ca­mino, otros por otro... –¿Re­cuer­da la pri­me­ra vez que se en­fren­tó a un tex­to clá­si­co en el es­ce­na­rio? –Fue La da­ma bo­ba, de Lo­pe de Ve­ga, ba­jo la di­rec­ción de Mi­guel Na­rros. Era un mon­ta­je del Tea­tro Es­ta­ble Cas­te­llano (TEC), y ha­bía de­bu­ta­do el año an­te­rior. Fue en­ton­ces en 1979. Yo ha­cía un pa­pe­li­to pe­que­ño, no me acuer­do del nom­bre; era uno de los poe­tas, cur­sis y afec­ta­dos, que eran ami­gos de la her­ma­na cul­ta de la pro­ta­go­nis­ta. Y la re­pre­sen­ta­mos pre­ci­sa­men­te en el Co­rral de Co­me­dias de Al­ma­gro. Re­cuer­do per­fec­ta­men­te la sen­sa­ción de ma­gia que me pro­du­jo pi­sar el es­ce­na­rio del Co­rral. Ese lu­gar tie­ne una ener­gía muy es­pe­cial. Por eso me ha­ce tan­ta ilu­sión es­te pre­mio. –Di­ce que ha­ce ca­tor­ce años que no tra­ba­ja un tex­to clá­si­co. ¿Con qué pa­pel le con­ven­ce­rían pa­ra re­gre­sar a es­te re­per­to­rio? –No lo sé; de he­cho, no he vuel­to al tea­tro clá­si­co por­que no hay nin­gún pa­pel que me lla­me es­pe­cial­men­te la aten­ción. He­le­na Pi­men­ta, la ac­tual directora de la CNTC, me ha pro­pues­to ha­cer al­go jun­tos, y me di­jo que pen­sa­ra al­gún tex­to, y no lo he­mos aca­ba­do de en­con­trar. No co­noz­co tan­to el tea­tro del Si­glo de Oro co­mo pa­ra de­cir: quie­ro ha­cer es­te per­so­na­je, y de los que po­dría pen­sar to­do el mun­do no hay nin­guno que me mue­ra por ha­cer. El Se­gis­mun­do de La vi­da es sue­ño no me va... Po­dría ser Pe­dro Crespo, de El al­cal­de de Za­la­mea... No lo sé. Me gus­ta­ría en­con­trar uno nue­vo, dis­tin­to, co­mo en su momento fue el per­so­na­je de Don Gutiérrez en La ver­dad sos­pe­cho­sa, que era una fun­ción po­co co­no­ci­da. No ten­go nin­gún pa­pel so­ña­do. En reali­dad, el único que se me es­ca­pó vi­vo fue Ham­let. Creo que lo hu­bie­ra he­cho bien, me pa­re­ce que da­ba las he­chu­ras. No me to­có, pe­ro me re­sar­cí in­ter­pre­tán­do­lo en una obra mu­si­cal de Be­net Ca­sa­blan­cas.

Car­los Hi­pó­li­to, an­te un te­lón pin­ta­do en las ofi­ci­nas del fes­ti­val ISA­BEL PERMUY

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