“Los pa­dres ca­da vez es­tán más in­fluen­cia­dos por los gus­tos de sus hi­jos: lo co­ol ga­na a lo chic”.

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do­ra– a la cla­se bu­si­ness. Aun­que no ha de­ja­do de tra­ba­jar en nin­gún mo­men­to. “Siem­pre he te­ni­do esa ne­ce­si­dad de es­tar ocu­pa­do. Creo que ten­go ese mie­do que te impulsa a es­tar ocu­pa­do siem­pre”, re­co­no­ce.

Así, el di­se­ña­dor pa­só por la ma­yo­ría de las gran­des mar­cas que se ha­bía mar­ca­do co­mo ob­je­ti­vo: an­tes de lle­gar a Coach, tra­ba­jó pa­ra Louis Vuit­ton, en París; pa­ra Bot­te­ga Ve­ne­ta, en Mi­lán; pa­san­do por la di­rec­ción crea­ti­va de Loe­we, en Madrid; y la bri­tá­ni­ca Mul­berry. Aho­ra, di­se­ña pa­ra una mar­ca es­ta­dou­ni­den­se es­pe­cia­li­za­da en un con­cep­to tan lu­cra­ti­vo –Coach ga­nó más de 800 mi­llo­nes de dó­la­res en ven­tas en 2017– co­mo con­tra­dic­to­rio: el oxi­mo­ron “lu­jo ase­qui­ble”. Aquí los bol­sos cues­tan a par­tir de 329 € y las bo­tas, a par­tir de 229 €. Y eso, en el mun­do del lu­jo, son ba­ra­ti­jas. Aun­que al­gu­nas pren­das suben de pre­cio y lle­gan a su­pe­rar los 2.000 €. Re­de­fi­nir el lu­jo Hoy , Vevers ha­bla de la “de­mo­cra­cia” de la mar­ca. Y de có­mo “uno pue­de ena­mo­rar­se de Coach y lue­go pen­sar “sí, pue­do com­prar­me eso, y dis­fru­tar­lo”. Al ha­ber tra­ba­ja­do en mar­cas en las que po­día gas­tar to­do el di­ne­ro que qui­sie­ra en crear ca­da pren­da, Coach de­be ha­ber si­do un gran desafío. “Sí, y era al­go muy im­por­tan­te pa­ra mí –ex­pli­ca–. Yo ha­bía lle­ga­do a lo más al­to. No so­lo al lu­jo, sino a lo más al­to del lu­jo. Que­ría pre­sen­tar una al­ter­na­ti­va au­tén­ti­ca. Ha­bía es­ta­do en to­das esas ca­sas eu­ro­peas y pen­sé: “¿Cuál es el fac­tor di­fe­ren­cial del lu­jo nor­te­ame­ri­cano?”.

El lu­jo so­lía sig­ni­fi­car pa­ra una mu­jer un ves­ti­do a me­di­da, una cha­que­ta en­ta­lla­da, ta­co­nes al­tos, un bol­so con asas. Un lu­jo muy bri­tá­ni­co, muy Bond Street, y muy pa­ri­sino, muy Ave­nue Mon­taig­ne. Hoy el lu­jo sig­ni­fi­ca más de­nim bor­da­do, ca­za­do­ras de ma­te­ria­les no­bles, za­pa­tos pla­nos y bol­so cru­za­do.

Y Coach, co­mo no, des­ta­ca por el de­nim y las ca­za­do­ras más que por los ta­co­nes (“Nues­tras chi­cas van por la ca­lle, se mue­ven”), y sus bol­sos son to­dos cross-body (“Nues­tras mu­je­res tie­nen co­sas que ha­cer”). Por si es­to no fue­ra su­fi­cien­te, sus es­ti­los más re­pre­sen­ta­ti­vos son la ro­pa de­por­ti­va y la de tra­ba­jo. No pue­de ser más ser más iró­ni­co. La ves­ti­men­ta de la cla­se tra­ba­ja­do­ra co­mo un lu­jo. Una con­tra­dic­ción en los tér­mi­nos que re­sul­ta muy lu­cra­ti­va. “Tra­ba­jar en Amé­ri­ca, don­de na­cie­ron el va­que­ro, las de­por­ti­vas, las su­da­de­ras o la ca­za­do­ra bi­ker, es muy in­tere­san­te pa­ra mí –ase­gu­ra el di­se­ña­dor–. Quie­re de­cir que lo que ha­go vie­ne de un lu­gar au­tén­ti­co. Se ha pro­du­ci­do un gran cam­bio en la esen­cia de la mo­da y no creo que vuel­va a cam­biar de nue­vo en mu­cho tiem­po. Una vez que la gen­te se vis­te con pren­das có­mo­das, no quie­re vol­ver atrás. Na­die ve una se­rie de épo­ca en la te­le­vi­sión y di­ce: “Me gus­ta­ría ves­tir­me con ese cor­sé o con ese es­ti­ra­do tra­je de tres pie­zas”.

Y creo que tie­ne ra­zón. La úni­ca in­cóg­ni­ta es qué pa­sa­rá si la do­mi­na­ción cul­tu­ral de Es­ta­dos Uni­dos dis­mi­nu­ye. ¿Ve­re­mos cha­que­tas de cue­llo mao en los ba­rrios más ele­gan­tes de Lon­dres o qi­paos en las ciu­da­des de la cos­ta don­de ve­ra­nean los más ri­cos?

Pe­ro, co­mo sub­ra­ya Vevers, mien­tras los fran­ce­ses tie­nen chic, los ame­ri­ca­nos son co­ol. ¿Y qué ad­je­ti­vo pre­fie­ren hoy la ma­yo­ría de las per­so­nas de 45 años, ade­más de las de 25? Co­ol, sin du­da. Es una de las aris­tas de la ac­tual ob­se­sión por la ju­ven­tud, que, no hay que ol­vi­dar­lo, es otra no­ción de la que se ha­bló por pri­me­ra vez en Amé­ri­ca. “Ya na­die quie­re ves­tir­se co­mo lo ha­cen sus pa­dres, pe­ro he vis­to a pa­dres ca­da vez más in­fluen­cia­dos por los gus­tos de sus hi­jos –di­ce Vevers–. Si em­pie­zas a co­nec­tar con la hi­ja, la ma­dre tam­bién ven­drá de­trás a com­prar”.

¿Es Trump un ries­go pa­ra esa pasión in­ter­na­cio­nal ha­cia to­do lo que fa­bri­ca Es­ta­dos Uni­dos? Le cuen­to, por ejem­plo, que al­gu­nos de mis ami­gos de allí me han con­ta­do que su­fren una cri­sis de iden­ti­dad so­bre lo que es o no ame­ri­cano”. ¿Cree po­si­ble que la gen­te de­je de ado­rar es­ta for­ma de ves­tir­se? “Bueno…”. Es la pri­me­ra vez que Vevers du­da du­ran­te la con­ver­sa­ción. Pe­ro hoy no se pue­de ser el di­rec­tor crea­ti­vo de una mar­ca de lu­jo y, al igual que las mo­de­los de ha­ce años, dar la ca­ra pe­ro no ha­blar. “Bueno… Creo que eso ha­rá que la gen­te re­fle­xio­ne so­bre lo que es im­por­tan­te. Así que… ¿pun­tos sus­pen­si­vos?”, le pre­gun­to. “Sí, pun­tos sus­pen­si­vos”, res­pon­de.

Aboah lle­va to­tal look de la colección Pri­ma­ve­raVe­rano 2018 de Coach.

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