Fran­cis­co Ro­bles

ABC - Pasión de Sevilla - - REPORTAJES - Fran­cis­co Ro­bles

El pa­sa­do Do­min­go de Ra­mos se cum­plie­ron 30 años de la pri­me­ra vez que co­gí un mi­cró­fono pa­ra trans­mi­tir la sa­li­da de una co­fra­día. Fue en la puer­ta de la igle­sia de San Se­bas­tián, en el ba­rrio del Por­ve­nir. Por en­ton­ces no ha­bía In­ter­net, ni te­lé­fo­nos mó­vi­les, y tu­ve que con­du­cir un Seat 131 ran­che­ra de Ra­dio Tria­na has­ta la puer­ta del tem­plo pa­ra que la uni­dad mó­vil so­na­ra co­mo es de­bi­do. Yo te­nía 24 añi­tos, y des­de en­ton­ces ha llo­vi­do al­go. Por eso pue­do es­cri­bir es­te Pri­mer Tra­mo con al­gún co­no­ci­mien­to de cau­sa, por­que des­pués de aque­llo hi­ce lo pro­pio pa­ra Ra­dio Amé­ri­ca, pa­ra On­da Ce­ro y pa­ra CO­PE, sin con­tar los fe­li­ces años en Se­vi­lla TV y Te­le­se­vi­lla, más las cró­ni­cas pe­rio­dís­ti­cas en El Mun­do y en nues­tro ABC. Sé de qué va es­to. Ho­ras de es­pe­ra, de bu­llas, de so­ni­dos que se cru­zan, de si­len­cios que ha­blan, de emo­cio­nes que es­tán en el ai­re y que gra­cias a un mi­cró­fono lle­gan a quien más las ne­ce­si­ta.

A mis com­pa­ñe­ros Jo­sé Ma­nuel de la Lin­de y An­to­nio Cat­to­ni no ha­ce fal­ta pre­sen­tar­los. Los co­no­ce to­do el mun­do. Y to­do el mun­do sa­be que son dis­cre­tos, res­pe­tuo­sos, edu­ca­dos. Y te­la de ran­cios, pa­ra qué nos va­mos a en­ga­ñar. Por eso no se sos­tie­ne en pie esa ver­sión que los acu­sa de to­do lo con­tra­rio. Con to­do el res­pe­to de­bi­do a quien se po­ne un uni­for­me de la Po­li­cía Na­cio­nal, cuer­po al que es­ta­mos in­fi­ni­ta­men­te agra­de­ci­dos los que creemos en la de­mo­cra­cia y la li­ber­tad, hay que al­zar la voz y de­cir las dos pa­la­bras que lo di­cen to­do: dé­je­nos tra­ba­jar. Con eso nos con­for­ma­mos, se­ñor agen­te. No que­re­mos pri­vi­le­gios, no nos co­lo­ca­mos de­lan­te de un pa­so con un mi­cró­fono pa­ra ver­lo me­jor, pa­ra dar un man­ga­zo vi­sual. Es­ta­mos tra­ba­jan­do. Y so­lo les pe­di­mos que nos de­jen ha­cer­lo.

La la­bor de pe­rio­dis­tas de ra­za co­mo Lin­de y Cat­to­ni es más que com­pren­di­da y pro­te­gi­da por la in­men­sa ma­yo­ría de los agen­tes de las fuer­zas de or­den pú­bli­co. Por eso no hay que sa­car las co­sas de qui­cio. Que uno de ellos ha­ya per­di­do, por un mo­men­to, ese di­fí­cil pun­to de equi­li­brio que ha de man­te­ner­se en si­tua­cio­nes di­fí­ci­les es al­go que tam­po­co de­be lle­var­nos a una crí­ti­ca fe­roz. Los pro­ble­mas es­tán pa­ra re­sol­ver­los, no pa­ra en­quis­tar­los. Por eso es­te Pri­mer Ta­mo se re­su­me en esas dos pa­la­bras que so­lu­cio­nan to­dos los en­tuer­tos que pue­dan plan­tear­se. In­sis­ti­mos. No pre­ten­de­mos ir de se­ño­ri­tos por las co­fra­días, ni de rei­nar en el olim­po de las pro­ce­sio­nes. So­lo que­re­mos que nos de­jen tra­ba­jar. So­lo eso. Y na­da más que eso…

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