ME­MO­RIA POLACA

El pre­si­den­te po­la­co, Andrzej Du­da, anun­ció la fir­ma de una pa­trió­ti­ca ley de me­mo­ria his­tó­ri­ca»

ABC (Toledo / Castilla La Mancha) - - OPINIÓN - GA­BRIEL ALBIAC

FUE po­co des­pués de la caí­da del Mu­ro en Berlín. Yo con­ver­sa­ba con uno de los in­te­lec­tua­les po­la­cos de So­li­dar­nosc. Los orí­ge­nes fa­mi­lia­res de mi in­ter­lo­cu­tor lo si­tua­ban en el punto de cru­ce trá­gi­co en­tre ju­daís­mo y co­mu­nis­mo. Me vino a la ca­be­za, de in­me­dia­to, el dra­ma del an­ti­se­mi­tis­mo po­la­co. Lo de­jé caer, con esa tor­pe in­ge­nui­dad del que no es­pe­ra que lo ob­vio pue­da he­rir a na­die.

Me equi­vo­qué. Por su­pues­to. Hay ob­vie­da­des cu­ya evo­ca­ción hie­re aún a los más in­te­li­gen­tes. Y el hom­bre con el que es­ta­ba ha­blan­do lo era. «No hay an­ti­se­mi­tis­mo en Po­lo­nia», zan­jó. Pen­sé que era una bro­ma. Hi­ce una fu­gaz re­fe­ren­cia a la ma­tan­za de 1648, pre­cur­so­ra de los ge­no­ci­dios mo­der­nos. «Po­lo­nia no tu­vo na­da que ver con eso. Fue co­sa de los ucra­nia­nos». En­ten­dí que era aquel un dra­ma ve­ta­do en la con­cien­cia de un po­la­co. Y me abs­tu­ve de re­tor­nar al si­glo vein­te y a la es­ce­na que Clau­de Lanz­mann trans­mi­te en

Shoá, a tra­vés de la voz de un su­per­vi­vien­te de los tre­nes de la muer­te: los ges­tos de bur­la de los al­dea­nos po­la­cos ha­cia el ga­na­do hu­mano que se en­ca­mi­na a Ausch­witz, los pul­ga­res que tra­zan un se­mi­círcu­lo en el cue­llo, ce­le­bran­do su des­tino. No, no va­le nun­ca la pe­na re­cor­dar al­go que la cen­su­ra mo­ral exi­ge que se bo­rre. Y, ade­más, el hom­bre con quien yo ha­bla­ba era un ti­po de­cen­te que ha­bía su­fri­do con co­ra­je la re­pre­sión de la dic­ta­du­ra. No era ni el lu­gar ni el mo­men­to pa­ra ha­blar de aque­llo. Lo es aho­ra. Y no an­te un re­sis­ten­te. Sino an­te po­lí­ti­cos que no só­lo ofen­den la ver­dad y la de­cen­cia; que apues­tan, so­bre to­do, por fal­sear la his­to­ria. Y ma­nu­fac­tu­rar una me­mo­ria a la me­di­da.

La se­ma­na pa­sa­da, el pre­si­den­te po­la­co, Andrzej Du­da, anun­ció la fir­ma de una pa­trió­ti­ca ley de me­mo­ria: de «me­mo­ria his­tó­ri­ca», di­ría­mos aquí; es­to es, de in­ven­ción sen­ti­men­tal del pa­sa­do. Sus ob­je­ti­vos son cla­ros: apli­car el có­di­go pe­nal a quien, «acuse, pú­bli­ca­men­te y con­tra­di­cien­do los he­chos, a la na­ción polaca o al Es­ta­do po­la­co de ser res­pon­sa­bles de los crí­me­nes na­zis co­me­ti­dos por el III Reich ale­mán». Las pe­nas en las que in­cu­rri­ría un his­to­ria­dor que no se ple­ga­se a es­te in­ter­dic­to po­drían al­can­zar has­ta los tres años de cár­cel. Po­lo­nia ha si­do un país ma­sa­cra­do; siem­pre al ace­cho del mal que vie­ne de Ru­sia. Se en­tien­de la amar­gu­ra que vol­ver los ojos atrás aca­rrea pa­ra sus ciu­da­da­nos. Pe­ro esa amar­gu­ra en na­da al­te­ra los he­chos. Y me­nos aún jus­ti­fi­ca le­gis­lar el mo­do de al­te­rar­los. Cla­ro es­tá que Po­lo­nia vi­vía ba­jo ju­ris­dic­ción ale­ma­na; cla­ro es­tá que la de­ci­sión de ins­ta­lar en su sue­lo los cam­pos de ex­ter­mi­nio se to­mó en Berlín. Na­die en su sano jui­cio cues­tio­na eso. Co­mo nin­gún his­to­ria­dor en el sano uso de su dis­ci­pli­na cues­tio­na el en­tu­sias­mo con que una gran par­te de la po­bla­ción polaca aco­gió el ex­ter­mi­nio de sus ju­díos. La lec­tu­ra del re­cien­te li­bro de Fer­nán­dez Ví­to­res, Mi­ra, Pal­me­ro y Sán­chez Tor­to­sa so­bre el Ho­lo­caus­to es de­mo­le­do­ra al res­pec­to.

El po­gro­mo de la al­dea polaca de Jed­wab­ne fi­ja el ca­non: «Un día de ju­lio de 1941, la mi­tad de una pe­que­ña po­bla­ción del Es­te de Eu­ro­pa ase­si­nó a la otra mi­tad, unas 1.600 per­so­nas, en­tre hom­bres, mu­je­res y ni­ños. Lo más cu­rio­so es que aquel día el cuar­tel de la gen­dar­me­ría ale­ma­na fue el lu­gar más se­gu­ro pa­ra los ju­díos. Fue­ron unos po­la­cos nor­ma­les y co­rrien­tes los que ma­ta­ron a los ju­díos». Que­mán­do­los vi­vos. Lo na­rra –so­bre las ac­tas de la co­mi­sión in­ves­ti­ga­do­ra de 1945– el his­to­ria­dor Jan T. Gross. Hoy, es­cri­bir lo mis­mo lo lle­va­ría a la cár­cel. A eso lla­man me­mo­ria. His­tó­ri­ca.

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