TOM DI­XON

TOM DI­XON unaes RA­RA MEZ­CLA DE em­pre­sa­rio, di­se­ña­dor y mar­ca. LAS LÁM­PA­RAS, el me­tal Y LA ÁS­PE­RA ELE­GAN­CIA son sus fuer­tes .

AD (Spain) - - Marzo - TEX­TO ISABEL MARGALEJO RE­TRA­TO PABLO ZAMORA

Las lám­pa­ras del in­glés y su ele­gan­cia ás­pe­ra son la mar­ca de nues­tro se­gun­do Pre­mio Es­pe­cial de la Redacción .

om Di­xon (Tú­nez, 1959) tie­ne dos bue­nas ma­nos pa­ra crear y una men­te ágil pa­ra los ne­go­cios. Lo pri­me­ro es una ob­vie­dad. Pie­zas como sus lám­pa­ras Beat (siem­pre en gru­po) son ico­nos de la es­té­ti­ca de es­te si­glo XXI que has­ta el po­co en­ten­di­do al­can­za a re­co­no­cer. Lo se­gun­do que­da cla­ro du­ran­te nues­tra lar­ga char­la en The Dock , su re­duc­to lon­di­nen­se al nor­te de Ken­sing­ton, un alu­ci­nan­te edi­fi­cio in­dus­trial vic­to­riano de la­dri­llo ro­ji­zo a ori­llas del ca­nal na­ve­ga­ble Grand Union, don­de se di­se­ña, se ven­de y se co­me. Di­xon es una ra­re­za en el mun­di­llo del di­se­ño, no so­lo por­que es au­to­di­dac­ta sino por­que es el úni­co del club de los gran­des de­sig­ners que se au­to­edi­ta. En vez de fun­cio­nar por en­car­go, de­jar que el in­dus­trial fa­bri­que aque­llo que sa­le de su men­te y co­brar por ello unos ro­yal­ties , como sus co­le­gas, des­de que em­pe­zó se pro­du­ce él mis­mo. Más com­pli­ca­do, me­nos có­mo­do aun­que qui­zá más sa­tis­fac­to­rio. “Si lo hu­bie­ra he­cho aho­ra se­ría ri­co, pe­ro nun­ca he si­do ca­paz de fun­cio­nar así. Me apa­sio­na la par­te de la fa­bri­ca­ción, de la dis­tri­bu­ción. Ca­da día es di­fe­ren­te. Si eres di­se­ña­dor so­lo di­se­ñas –di­ce a mo­do de ex­pli­ca­ción–. Con­ci­bo pie­zas siem­pre uni­das a su for­ma de pro­duc­ción. Me gus­ta que una bue­na idea se con­vier­ta en reali­dad gra­cias a la fuer­za de vo­lun­tad. En eso soy bueno. No me agra­da de­jar mis obras en otras ma­nos”. Con es­ta fi­lo­so­fía se las ha apa­ña­do pa­ra con­ver­tir su nom­bre en una mar­ca po­ten­te y con per­so­na­li­dad. Ha li­de­ra­do ten­den­cias como el re­sur­gir del co­bre en de­co­ra­ción (“Yes, the Cop­per King! ”, ex­cla­ma con iro­nía), el már­mol y el la­tón. Las lu­ces son su fuer­te, las for­mas geo­mé­tri­cas suavizadas, una de sus cons­tan­tes, y la apli­ca­ción de la tec­no­lo­gía, una ob­se­sión. To­do lo que ima­gi­na des­ti­la una ele­gan­cia mo­der­na y atem­po­ral, en un pun­to me­dio en­tre la ama­bi­li­dad y la dis­tan­cia, como él. Y tam­bién él mis­mo se bas­ta y se so­bra pa­ra re­la­tar sus 30 años en es­tas te­si­tu­ras en su re­cién lan­za­do li­bro Di­xo­nary , don­de a mo­do de en­ci­clo­pe­dia ex­pli­ca sus idas y ve­ni­das en pri­me­ra per­so­na. “Con­tra­té a un asis­ten­te pe­ro al fi­nal lo rees­cri­bí, te­nía que ser mi voz. ¡Aun­que es muy di­fí­cil es­cri­bir!”, re­co­no­ce. Sen­ta­dos en una me­sa de >

“COMO DI­SE­ÑA­DOR HAY FRES­CA, QUE MAN­TE­NER LA MEN­TE SEN­TIR QUE ES­TÁS AL .

PRIN­CI­PIO DEL CA­MINO AUN­QUE ES­TÉS AL FI­NAL”. .

tom di­xon .

The Kit­chen , el res­tau­ran­te de The Dock , des­gra­na, sin la im­pa­cien­cia que se le pu­die­ra su­po­ner da­do lo apre­ta­do de su agen­da, su tra­yec­to­ria vi­tal. “Con 18 años fui a una es­cue­la de Ar­te pa­ra de­jar de es­tu­diar. No te­nía nin­gún ta­len­to con­cre­to y me pa­re­ció una bue­na idea, pe­ro en cuan­to lle­gué me di cuen­ta de que no es­ta­ba in­tere­sa­do en pa­sar allí mu­cho tiem­po”, arran­ca. Era el fi­nal de los 70, In­gla­te­rra es­ta­ba en pleno fe­nó­meno punk y el jo­ven­ci­to Di­xon, lar­go como un día sin pan y con un co­pe­te de pe­lo ri­za­do que ha­cía bas­tan­te im­pro­ba­ble lle­var una cres­ta, pre­fe­ría to­car el ba­jo con su ban­da. Así que tras cua­tro me­ses aban­do­nó y fue pa­san­do por di­fe­ren­tes em­pleos nu­tri­cios. “Era más fe­liz ha­cien­do al­go real que teó­ri­co –afir­ma, al­go que to­da­vía es ver­dad a fe­cha de hoy, aña­di­mos–. Mi primer tra­ba­jo fue lim­piar las má­qui­nas de tin­ta en una im­pren­ta, lue­go co­lo­reé có­mics”, re­cuer­da. A la vez co­men­zó a ac­tuar más en se­rio en clubs de la es­ce­na lon­di­nen­se. Su gru­po Fun­ka­po­li­tan con­si­guió un con­tra­to dis­co­grá­fi­co y gra­bó un dis­co en Nue­va York. “En el mis­mo es­tu­dio de Jimmy Hen­drix. Fui­mos te­lo­ne­ros de The Clash o Sim­ple Minds en sus gi­ras por Es­ta­dos Uni­dos. Allí so­lo éra­mos unos se­gun­do­nes pe­ro en Reino Uni­do fui­mos bas­tan­te co­no­ci­dos”. Las is­las eran en­ton­ces un ver­gel mu­si­cal pe­ro un de­sier­to de­co­ra­ti­va­men­te ha­blan­do. “No exis­tía el De­sign Mu­seum ni re­vis­tas so­bre el te­ma. Rei­na­ba el es­ti­lo Laura Ash­ley y ese ti­po de co­sas muy clá­si­cas y vic­to­ria­nas. Ha­bi­tat , la úni­ca mar­ca mo­der­na, se en­con­tra­ba en un es­ta­do de ab­so­lu­to co­lap­so. Te­ren­ce Con­ran, su fun­da­dor, ha­bía per­di­do el con­trol al ha­bér­se­la com­pra­do Ikea . Ade­más ha­bía una pro­fun­da re­ce­sión eco­nó­mi­ca, aun­que eso su­pu­so una ven­ta­ja: los es­pa­cios eran ba­ra­tos y la gen­te ha­cía sus pro­pias co­sas, al­go por otra par­te muy arrai­ga­do en la cul­tu­ra na­cio­nal”, ex­pli­ca. Como él mis­mo, que tras ha­ber apren­di­do a sol­dar pa­ra arre­glar su mo­to, em­pe­zó a en­sam­blar ex­tra­ños mue­bles-es­cul­tu­ra con ele­men­tos re­ci­cla­dos pa­ra mon­tar es­ce­no­gra­fías en sus con­cier­tos. (con­ti­núa en la pá­gi­na 319)

“UNOS DÍAS ME SIEN­TO

UN ES­CUL­TOR, OTROS . UN IN­DUS­TRIAL O UN RE­LA­CIO­NES ES­TOY IM­PLI­CA­DO PÚ­BLI­CAS. .

EN TO­DO”. .

TOM DI­XON

Tom Di­xon en las es­ca­le­ras de The Dock , jun­to a una gran com­po­si­ción de lám­pa­ras Mirror Ball. El di­se­ña­dor in­glés de 55 años tie­ne su cuar­tel ge­ne­ral al no­roes­te de Lon­dres en un an­ti­guo al­ma­cén vic­to­riano. Es un to­do en uno de tien­da, es­tu­dio y res­tau­ra

The Kit­che n, uno de los dos res­tau­ran­tes de The Dock . Di­xon aca­ba de re­no­var la de­co­ra­ción con lám­pa­ras y apliques de la se­rie Cell y si­llas Fan Di­ning . En la otra pá­gi­na: Arri­ba, el edi­fi­cio vic­to­riano jun­to al ca­nal na­ve­ga­ble y, abajo, la tien­da en l

¿Qué tres pa­la­bras des­cri­ben su tra­ba­jo? Im­pre­vi­si­ble, evo­lu­ti­vo y caó­ti­co. ¿Qué le ins­pi­ra? Las fá­bri­cas, un ma­te­rial o una téc­ni­ca nue­va, co­ci­nar, pin­tar o to­car el ba­jo, la es­cul­tu­ra y co­no­cer paí­ses nuevos, así que su­pon­go que mi ins­pi­ra­ción vie­ne de

Otro de los co­me­do­res de The Kit­chen . Iz­da., si­lla Fan y, arri­ba, pi­sa­pa­pe­les Mi­ni Jack de su colección de ob­je­tos Eclec­tic y, dcha., lám­pa­ras Beat . En la otra pá­gi­na: Des­de arri­ba, res­tau­ran­te Eclec­tic en París, pro­yec­to del De­sign Re­search Stu­dio de T

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