Vi­da na­tu­ral

“En es­te nú­me­ro en­con­tra­rás re­por­ta­jes que en­se­ñan a vi­vir con la na­tu­ra­le­za: el ver­gel ca­se­ro que mar­ca ten­den­cia de­co­ra­ti­va, los 10 me­jo­res pai­sa­jis­tas y ca­sas lu­mi­no­sas y abier­tas don­de el ver­de es el hé­roe”.

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Lu­na o re­co­noz­co: de­tes­ta­ba las plan­tas. Qui­zá por­que mi ma­dre me obli­ga­ba, una vez por se­ma­na, a re­gar las más de 100 que te­nía re­par­ti­das por ca­sa. O por­que un li­mo­ne­ro en mi bal­cón aca­bó en la ba­su­ra tras

he­la­da y me par­tió el co­ra­zón. O úl­ti­ma­men­te por­que via­jo mu­cho y no pue­do con­tri­buir a su su­per­vi­ven­cia con los mi­mos que me­re­cen. El ca­so es que aho­ra me gustan, y el cam­bio de opi­nión me en­tu­sias­ma, mu­cho más si es por ha­cer que flo­rez­ca la di­cha do­més­ti­ca. Las plan­tas dan vi­da y at­mós­fe­ra (so­bre to­do en ma­yo, cuan­do la luz na­tu­ral co­lo­ni­za tu cueva) y no só­lo en el al­féi­zar y la te­rra­za. Me­jor pon­las al la­do del so­fá, en la en­tra­da, en el ba­ño y has­ta en la me­sa del co­me­dor. En es­te nú­me­ro en­con­tra­rás mu­chos

re­por­ta­jes que te en­se­ñan a vi­vir con es­tas fuer­zas de la na­tu­ra­le­za. Al­gu­nos ejem­plos: el ver­gel ca­se­ro co­mo ten­den­cia de­co­ra­ti­va, los 10 me­jo­res pai­sa­jis­tas del

mun­do y ca­sas lu­mi­no­sas, abier­tas y sen­ci­llas don­de el ver­de es el hé­roe. Maes­tros de la bo­tá­ni­ca hu­bo siem­pre. No ha­blo so­lo de la tra­di­ción del

pa­tio se­vi­llano o de los ro­mán­ti­cos del XIX que lle­na­ron sa­lo­nes y dor­mi­to­rios con hie­dras y he­le­chos col­gan­tes (que to­da­vía en­cuen­tro ex­tra­ña­men­te atrac­ti­vos en ma­ce­te­ros de ma­cra­mé), sino de los po­pes de la

ar­qui­tec­tu­ra or­gá­ni­ca de los años 30 a los 60, que pro­mo­vie­ron la ar­mo­nía en­tre el há­bi­tat hu­mano y el mun­do na­tu­ral. Gra­cias Aal­to, Lloyd Wright, Saa­ri­nen, Ea­mes o Nie­me­yer por pen­sar tan­to en el

den­tro co­mo en el fue­ra, y dar­nos pis­tas que aún nos si­guen ins­pi­ran­do. Hoy mis mu­sas son las as­pi­dis­tras, las cos­ti­llas de Adán,

las pal­me­ras en ca­si to­dos sus gé­ne­ros co­mo las kentias, los cac­tus ex­tra­gran­des, y los jades con

re­gus­to re­tro (al­gu­nos nom­bres los aca­bo de apren­der en Goo­gle). Si mi amor por ellas si­gue cre­cien­do (no por to­das, y aquí abro un pa­rén­te­sis

pa­ra ex­cluir a los po­tos, tron­cos del Bra­sil y bon­sáis), den­tro de na­da mi ca­sa se­rá una sel­va.

EN­RIC PAS­TOR, DI­REC­TOR

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