De lim­pia­do­ra a chef dos es­tre­llas

No es una ce­ni­cien­ta: es una ti­gre­sa que se ha de­ja­do la piel do­blan­do tur­nos pa­ra con­se­guir un pues­to en cocina. Y lo avi­sa: el sa­cri­fi­cio de años de no acos­tar a tus ni­ños tie­ne re­com­pen­sa en el olim­po de los chefs

AR - - PERSONAJE - Tex­to: TE­RE­SA OLA­ZA­BAL. Fo­tos: AN­GÉ­LI­CA HE­RAS.

Si ellos (los chefs con es­tre­lla) son gran­des, yo tam­bién lo soy”. Y lo di­ce con el con­ven­ci­mien­to de quien ha ga­na­do tan­tas ba­ta­llas en sus 31 años que la ro­dea un ha­lo de hé­roe indestructible. Es­ta do­mi­ni­ca­na de ojos bri­llan­tes y voz dul­ce es la en­car­na­ción del “Yes, I can”. Ha­bla con la au­to­ri­dad de quien em­bar­có a su ni­ño rumbo a Es­pa­ña pa­ra dar­le un fu­tu­ro, de quien tu­vo que pe­lear tres jui­cios pa­ra con­se­guir la cus­to­dia de sus otros dos me­lli­zos, de quien ate­rri­zó en Es­pa­ña con el cie­lo y la tie­rra y de quien do­blan­do tur­nos y tra­ba­jan­do 15 ho­ras dia­rias con­si­guió su sue­ño de ser co­ci­ne­ra en un gran res­tau­ran­te. Esa ener­gía que des­pren­de de­bió de ser lo que enamoró al chef Die­go Gue­rre­ro e hi­zo que la con­vir­tie­ra en su mano de­re­cha. Y tam­bién lo que con­ven­ció a la di­rec­ción del Club Allard pa­ra que le ofre­cie­ran el pues­to a ella... Y ¿se­ría tam­bién esa ener­gía la que con­si­guió que me­ses más tar­de le die­ran las es­tre­llas Mi­che­lín? “Lle­vo tra­ba­jan­do des­de los ocho años. He lu­cha­do mu­cho y soy ca­da día más fuer­te. He te­ni­do un sue­ño y aho­ra lo he con­se­gui­do. Es­toy en­tre los gran­des. No pue­do pe­dir na­da más. Mi vi­da es ma­ra­vi­llo­sa”.

Siem­pre se di­ce que si lu­chas mu­cho se pue­de lle­gar, pe­ro ¿por qué sois tan po­cas las que lle­gáis?

Pien­so que el triun­fo, en cual­quier ac­ti­vi­dad, exi­ge mu­chí­si­ma de­di­ca­ción. Me­ter­le mu­chí­si­mas ho­ras. Y las mu­je­res es­ta­mos siem­pre di­vi­di­das en­tre nues­tra fa­mi­lia y nues­tro tra­ba­jo. Mu­chas de las que no lle­gan al pri­mer pues­to es por­que no quie­ren de­jar ti­ra­da a su fa­mi­lia.

¿Y por qué lo has con­se­gui­do tú y otras no?

La cocina es mi pa­sión y mi vo­ca­ción. Mi sue­ño des­de ni­ña. Pe­ro me he de­ja­do las ma­nos fre­gan­do, he llo­ra­do y su­fri­do, y du­ran­te años he lle­ga­do a mi ca­sa cuan­do los ni­ños es­ta­ban ya dormidos. Cuan­do yo em­pe­cé do­bla­ba turno. Fre­ga­ba la cocina, y des­pués me que­da­ba co­mo

ayu­dan­te del chef. Sa­lía de mi ca­sa por la ma­ña­na y vol­vía a las tres de la ma­dru­ga­da ex­haus­ta. Así con­se­guí lle­gar a ser la mano de­re­cha del chef Da­niel Gue­rre­ro.

Y un día, des­pués de cre­cer a la som­bra del chef du­ran­te años, él se va. Y te ofre­cen su pues­to.

La di­rec­ción del Club Allard me dio la opor­tu­ni­dad de ser la nue­va chef y yo, por su­pues­to, di­je que sí en un se­gun­do. Pe­ro cuan­do vol­ví a ca­sa... ¡me en­tró un ataque de pá­ni­co! Fue­ron va­rias no­ches en ve­la las que pa­sé en mi ca­sa, pe­ro po­co a po­co me fui se­re­nan­do. Aho­ra te­nía que crear yo, man­dar yo. Por fin te­nía la opor­tu­ni­dad, ¡te­nía que apro­ve­char­la! Yo creía en mí mis­ma, pe­ro no sa­bía si los de­más cree­rían en mí.

Y un día tie­nes que sa­lir a sa­lu­dar a los co­men­sa­les tú, en vez de Gue­rre­ro.

Yo es­ta­ba ca­si escondida en la cocina y sa­lir me cos­tó mu­cho, pe­ro los clien­tes de to­da la vi­da me apo­ya­ron mu­cho. Es­te club es co­mo una gran fa­mi­lia, y esos áni­mos me die­ron mu­cha fuer­za.

So­pa de ce­bo­lla

Ra­vio­li de gui­san­tes

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