“Mi pri­mer pla­to me lo he ta­tua­do”

AR - - PERSONAJE -

“Es­te pos­tre espectacular, una flor de hi­bis­cus rea­li­za­da de ca­ra­me­lo muy, muy fino, que den­tro tie­ne una es­pu­ma de pis­co sour, y de­ba­jo lle­va crum­ble de pis­ta­cho, fue el pri­mer pla­to que me tu­ve que in­ven­tar una vez que me que­dé so­la. Es­ta­ba su­per­ago­bia­da por­que era mi prue­ba de fue­go: in­ven­tar­me al­go sin un res­pon­sa­ble por en­ci­ma. Tu­ve que dar­le mu­chas vuel­tas, era un po­co mi bau­ti­zo de san­gre. Te­nía que con­se­guir que fue­ra al­go mío, de mi país, y que tam­bién fue­ra sor­pren­den­te, y ade­más di­ver ti­do y ri­co. Cuan­do lo creé, y vi­mos que te­nía éxi­to, fue una gran­dí­si­ma ale­gría, así que pe­dí que me ta­tua­ran la flor en las lum­ba­res. Pensé que te­nía que lle­var un re­cuer­do de ese mo­men­to to­da mi vi­da”.

Con tu tra­yec­to­ria, se­gu­ro que no pue­des evi­tar pen­sar que los chi­cos que vie­nen de los más­ter de cocina son unos mi­ma­dos...

Cuan­do em­pie­zas des­de tan aba­jo ves pa­sar a mu­cha gen­te. Al­gu­nos chi­cos vie­nen con mu­cha afi­ción pe­ro po­ca ma­du­rez, por­que han si­do mi­ma­dos y la cocina es una es­cue­la du­ra. Otros vie­nen con una vo­ca­ción tan fuer­te que com­pren­des que na­da les pue­de pa­rar.

Sin vo­ca­ción es­to no se aguan­ta, ¿ver­dad?

No. La cocina es muy du­ra y exi­ge una en­tre­ga to­tal. A ve­ces vie­ne gen­te que no sa­be qué ha­cer con su vi­da, pe­ro sue­len aguan­tar po­co.

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