"No per­te­ne­ci a nin­gu­na fa­mi­lia has­ta que tu­ve a mis hi­jos"

Fue una ni­ña de la gue­rra. Cre­ció sin sus pa­dres y bajo la tu­te­la de un abue­lo ‘tor­tu­ra­dor’, pe­ro la mú­si­ca y los li­bros se con­vir­tie­ron en re­fu­gio de es­ta re­co­no­ci­da mu­jer de letras

AR - - PERSONAJE - Tex­to: MI­LA FER­NÁN­DEZ

el úl­ti­mo li­bro de la es­cri­to­ra ca­ta­la­na Ro­sa Re­gàs, En­tre el sen­ti­do co­mún y el des­va­río, es un sen­ci­llo com­pen­dio de re­cuer­dos de su in­fan­cia. La au­to­ra bu­cea, sin re­mor­di­mien­tos, en su di­fí­cil ni­ñez, en las gen­tes que la ro­dea­ron y en la com­pli­ca­da si­tua­ción que vi­vie­ron ella y sus tres her­ma­nos. Aun­que ya en Lu­na lu­ne­ra ha­bía da­do for­ma de no­ve­la a su pa­sa­do más le­jano, con es­te li­bro ha que­ri­do dar a co­no­cer en pri­me­ra per­so­na su in­fan­cia, mar­ca­da por el ini­cio de la Gue­rra Ci­vil. La con­tien­da fue la de­ba­cle pa­ra la fa­mi­lia Re­gàs-Pa­gés.

Cuan­do co­men­za­ron los bom­bar­deos, los pa­dres de­ci­die­ron en­viar a los ni­ños fue­ra de Es­pa­ña pa­ra pro­te­ger­los: los ma­yo­res a Ho­lan­da y los pe­que­ños a Fran­cia, con la abue­la ma­ter­na. Mien­tras, ellos per­ma­ne­cían en Es­pa­ña, lu­chan­do por la Re­pú­bli­ca, has­ta que los acon­te­ci­mien­tos anun­cia­ron la vic­to­ria del fran­quis­mo y se vie­ron obli­ga­dos a exi­liar­se. Su re­la­ción tam­bién ter­mi­na­ría du­ran­te esos años. A pun­to de es­ta­llar la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial, el abue­lo Re­gàs con­si­guió traer­se de vuel­ta a Es­pa­ña a los pe­que­ños, que que­da­ron bajo su tu­te­la. Él, un hom­bre au­to­ri­ta­rio y con pro­fun­das con­vic­cio­nes re­li­gio­sas y mo­ra­les en las que no te­nían ca­bi­da ni la ac­ti­tud ni los idea­les de su hi­jo y, es­pe­cial­men­te, de su nue­ra, no du­dó en arre­ba­tar­le su cus­to­dia y di­fi­cul­tar los en­cuen­tros en el Tri­bu­nal Tu­te­lar de Me­no­res cuan­do ella re­gre­só a Es­pa­ña.

¿Por qué es­te li­bro si tu ni­ñez no fue pre­ci­sa­men­te ideal?

Me lo en­car­ga­ron y me pa­re­ció bue­na idea. Son los ini­cios de mi vi­da y es la his­to­ria de Ca­ta­lu­ña y de Es­pa­ña. No es un li­bro que me ha­ya cos­ta­do mu­cho. Es­tá es­cri­to en un tono de­sen­fa­da­do, ca­si co­lo­quial. He re­cu­pe­ra­do y he da­do for­ma a los re­cuer­dos que te­nía y a las historias que me han ido con­tan­do.

¿Quién era el sen­ti­do co­mún y quién el des­va­río?

Es­ta­ba re­par­ti­do. El pro­ta­go­nis­ta del sen­ti­do co­mún era mi abue­lo. Mi pa­dre era una mez­cla... Y el des­va­río ve­nía más por la fa­mi­lia ma­ter­na, don­de ha­bía pin­to­res, es­cri­to­res... La abue­la El­vi­ra, la ma­dre de mi ma­dre, era el des­va­río to­tal. Era una fres­ca. No me gus­ta­ba: te­nía la voz ron­ca y una be­lle­za muy an­gu­lo­sa... ¡Era tan dis­tin­ta a mi ma­dre, que era to­do dul­zu­ra!

En el li­bro es­cri­bes: “Mi ma­dre era es­pec­ta­cu­lar­men­te gua­pa, ele­gan­te, cul­ta y atrac­ti­va, y por don­de pa­sa­ba de­ja­ba sem­bra­das pa­sio­nes”. Cuán­ta ad­mi­ra­ción, ¿no?

No era ad­mi­ra­ción. Yo a mi ma­dre la te­nía co­mo un ser ce­les­tial... La amá­ba­mos so­bre to­das las co­sas. La te­nía­mos

A los cua­tro her­ma­nos nos gus­ta­ba ju­gar a qué ha­ría­mos cuan­do el abue­lo des­apa­re­cie­se

Pa­ra no­so­tros, mi ma­dre era un ser ce­les­tial. La amá­ba­mos so­bre to­das las co­sas, la te­nía­mos mi­ti­fi­ca­da

mi­ti­fi­ca­da. De ma­yor se hi­zo mas cer­ca­na, mas real. Tam­poc mu­cho por­que nun­ca dio rien­da suel­ta a to­do su ca­ri­ño. Por ejem­plo, no sa­bía achu­char... y te ha­cía da­ño. De ma­yor, el sen­ti­mien­to fue más de ad­mi­ra­ción.

¿ Con que sen­ti­mien­to in­den­ti­fi­cas tu in­fan­cia?

Fue una ni­ñez ‘dic­ken­sia­na’. Una in­fan­cia amar­ga. La sen-sa­cion que me­jor lo de­fi­ne es la de sen­tir que no per­te­ne­ces al mun­do que te ro­dea y es­tás a las ór­de­nes de los que han ga­na­do la gue­rra y te han ale­ja­do de tu fa­mi­lia. Yo, des­de pe­que­ña, ten­go con­cien­cia de ha­ber per­di­do la gue­rra por to­do lo que per­so­nal­men­te nos su­pu­so. Cuan­do vol­ví de Fran­cia, con 6 años, lle­gué a un lu­gar que no era el que yo co­no­cía. Mis pa­dres no es­ta­ban, me man­da­ron a un co­le­gio in­ter­na y la gen­te ha­bla­ba una len­gua di­fe­ren­te, por­que cuan­do re­gre­sé de Pa­rís yo so­lo co­no­cía el fran­cés.

Cuan­do lle­gas­teis a Es­pa­ña os ins­ta­las­teis con el abue­lo Re­gàs... ¿Qué apren­dis­te de él?

Na­da. No apren­dí na­da por­que lo que él sa­bía ha­cer no me gus­ta­ba. Era nues­tro tor­tu­ra­dor. Nin­guno de los her­ma­nos le te­nía­mos el más mí­ni­mo ca­ri­ño. No nos de­ja­ba ver a nues­tra ma­dre, nos ha­bla­ba mal de nues­tros pa­dres... Al ca­bo de los años, al­gu­nas co­sas me ha­cían gra­cia, pe­ro por aquel en­ton­ces el abue­lo me ha­cia mo­rir de mie­do... Era te­rri­ble... Ten­go la cer­te­za de que él vol­vió lo­ca a la abue­la y por eso se sui­ci­dó.

¿Te do­lió que tus pa­dres co­lo­ca­sen sus idea­les por en­ci­ma de to­do? Eso es lo que os se­pa­ró de ellos...

No, nun­ca se me ha ocu­rri­do echar­les na­da en ca­ra. Muy al con­tra­rio. Cuan­do en­ten­dí to­do me sen­tí or­gu­llo­sa de que mis pa­dres se hu­bie­sen man­te­ni­do fie­les a sus ideas

A tu ma­dre la veíais en el Tri­bu­nal Tu­te­lar de Me­no­res. ¿Có­mo eran esos en­cuen­tros?

No eran bo­ni­tos, des­de lue­go. No­so­tros nos sen­tá­ba­mos fren­te a ella y ha­blá­ba­mos bajo la cons­tan­te vi­gi­lan­cia de la fun­cio­na­ria, la se­ño­ri­ta Ro­sa­lía... Al­gu­na vez ella nos de­ja­ba que le dié­se­mos un be­so, pe­ro en con­ta­das oca­sio­nes, por­que mi abue­lo ha­bía pre­sen­ta­do un in­for­me mé­di­co co­mo que ha­bía te­ni­do una do­len­cia pul­mo­nar con­ta­gio­sa y no nos de­ja­ban acer­car­nos a ella. Con sus pro­pios hi­jos tam­bién fue ma­lo. Era un hom­bre ri­quí­si­mo que re­par­tió to­do a la igle­sia y a ellos no les de­jó na­da. Él se creía que Dios le ha­bía ele­gi­do, que era co­mo Abraham. Y los de al­re­de­dor se lo ha­cían creer, so­lo por su di­ne­ro.

¿Qué opi­na­ba tu ma­dre del abue­lo?

No he­mos ha­bla­do mu­cho de él por­que se po­nía muy tris­te y llo­ra­ba. Con mis her­ma­nos sí. In­clu­so, cuan­do éra­mos pe­que­ños, ju­gá­ba­mos a “qué ha­ría­mos cuan­do mu­rie­se el abue­lo”. Mi ma­dre vi­vía con la es­pe­ran­za de que al mes si­guien­te le con­ce­de­rían la cus­to­dia de sus hi­jos... Pe­ro eso nun­ca lle­ga­ba.

En aque­llos años tam­bién se for­jó tu amor por la mú­si­ca y la lec­tu­ra...

Es que no ha­bía otra co­sa... Y su­pe que se­ría es­cri­to­ra des­de el mo­men­to en que apren­dí a leer. To­da­vía no he en­con­tra­do na­da que pue­da sus­ti­tuir la lec­tu­ra. Al­gu­nas ve­ces me dio por el de­por­te, por es­quiar... Pe­ro na­da ha con­se­gui­do la ple­ni­tud que me da re­crear, a par­tir de la lec­tu­ra: po­ner ca­ra a los per-so­na­jes, in­ten­si­dad a los con­flic­tos...

Te ca­sas­te muy pron­to, con 18 años. ¿Por qué?

Por­que era lo que se lle­va­ba y por­que vi­vir con el abue­lo era lo más sór­di­do. Lue­go mi ma­ri­do y yo nos se­pa­ra­mos, pe­ro se­gui­mos vi­vien­do jun­tos du­ran­te vein­te años más. No tu­ve más re­me­dio, por­que du­ran­te la dic­ta­du­ra me po­dían qui­tar a los ni­ños. Cuan­do los chi­cos fue­ron ma­yo­res de edad, ven­dí la edi­to­rial, La Ga­ya Cien­cia, me pre­sen­te a los exá­me­nes de traductora de la Or­ga­ni­za­ción de las Na­cio­nes Uni­das y me pa­sé una lar­ga tem­po­ra­da por to­do el mun­do...

A la ho­ra de ser ma­dre, ¿qué te en­se­ñó to­do lo que vi­vis­te du­ran­te aque­llos pri­me­ros años?

A es­cu­char... Yo era tan jo­ven cuan­do for­mé mi fa­mi­lia [con 18 años tu­vo el pri­mer hi­jo y con 24 los gemelos, que fue­ron los úl­ti­mos], te­nía tan po­ca ex­pe­rien­cia de lo que era una fa­mi­lia, que siem­pre he di­cho que al edu­car a mis hi­jos me fui edu­can­do yo. Yo nun­ca ha­bía for­ma­do par­te de una fa­mi­lia y me for­mé a mí mis­ma pa­ra po­der ser lo que yo que­ría que mis hi­jos fue­ran.

¿Crees que fue más di­fí­cil por eso?

Pa­ra mí no fue di­fí­cil pre­ci­sa­men­te por­que no te­nía nin­gu­na ex­pe­rien­cia. Na­die me ha­bía en­se­ñan­do na­da y me lo in­ven­té to­do. Cues­tión de apli­car el sen­ti­do co­mún...

En tu li­bro San­gre de mi san­gre, acla­ras que pre­ci­sa­men­te el sen­ti­do co­mún y el ca­ri­ño han si­do tus má­xi­mas a la ho­ra de edu­car. Pe­ro tam­bién la li­ber­tad...

Pe­ro bien apren­di­da. Re­cuer­do que en una oca­sión re­ga­ña­ba a uno de mis hi­jos, que por aquel en­ton­ces te­nía 12 años, y él me re­pli­có: “Pe­ro ¿no di­ces tú que es­ta es la ca­sa de la li­ber­tad?”. Y le con­tes­té: “Pe­ro tú aún no eres li­bre, es­tás apren­dien­do a ser­lo y al­gún día lo se­rás. Si yo no fue­ra li­bre, tú nun­ca apren­de­rías a ser­lo”. Des­pués le he es­cu­cha­do el mis­mo ra­zo­na­mien­to con su hi­jo.

Pro­fe­sio­nal­men­te, has dis­fru­ta­do de una ex­ten­sa ca­rre­ra, pe­ro lo hi­cis­te al re­vés de co­mo lo ha­ce­mos aho­ra: pri­me­ro los ni­ños y lue­go te de­di­cas­te a tra­ba­jar.

Cuan­do tu­ve a los dos pri­me­ros ni­ños, co­men­cé la uni­ver­si­dad, don­de hi­ce Fi­lo­so­fía. Al aca­bar la ca­rre­ra ya te­nía a los cin­co y me pu­se a tra­ba­jar en la edi­to­rial Seix Ba­rral cua­tro ho­ras por la ma­ña­na... A par­tir del año ya es­ta­ba más or­ga­ni­za­da y am­plié la jor­na­da. Des­pués mon­té mi edi­to­rial, en la que es­tu­ve tra­ba­jan­do has­ta que los chi­cos fue­ron ma­yo­res y decidí am­pliar ho­ri­zon­tes, via­jar por el mun­do, es­cri­bir...

RO­SA RE­GÀS

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