Las 6 cla­ves pa­ra Su­pe­rar una in­fi­de­li­dad

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Lo veías ve­nir o qui­zá to­do lo con­tra­rio, pe­ro ha­ya si­do co­sa de una vez o no, ten­lo cla­ro: no es el fin. Al me­nos pa­ra ti. Pa­ra él, aho­ra ve­re­mos. Se­gui­mos los con­se­jos de ‘Af­ter the Affair’, el li­bro de la psi­có­lo­ga Ja­nis Abrahms Spring.

Dra­mas los jus­tos. Se­gún con qué es­tu­dios nos que­de­mos y qué en­ten­da­mos por in­fi­de­li­dad (des­de ton­tear en chats o uti­li­zar al­gu­na app pa­ra li­gar has­ta el se­xo im­pu­ro y du­ro), las pa­re­jas cor­nea­das os­ci­lan en­tre el 30 y el 90 %. Va­mos, que en es­to no eres la úni­ca, la pri­me­ra ni la úl­ti­ma. Ocu­rre in­clu­so en re­la­cio­nes fe­li­ces en las que am­bos te­nían la sin­ce­ra in­ten­ción de ser fie­les. Es un gol­pe du­ro, sin du­da, pe­ro no lo ha­gas más do­lo­ro­so.

Pa­sa el tra­go. O los tra­gos, si te dio por aho­gar la ra­bia en al­cohol. Tan­to si has ex­plo­ta­do con una bron­ca mun­dial co­mo si te has en­ce­rra­do en ti mis­ma, tan­to si has cor­ta­do con la re­la­ción co­mo si no, lo si­guien­te es in­ten­tar nor­ma­li­zar los sen­ti­mien­tos. Es­to no es fá­cil, y a ve­ces lle­va más de un año. De he­cho, mu­chas per­so­nas si­guen con el do­lor o las du­das den­tro bas­tan­te tiem­po des­pués de ha­ber di­cho a los de­más que lo han su­pe­ra­do.

To­ma el to­ro por... don­de ya sa­bes. Es­to no va de de­jar pa­sar el tiem­po y lis­to. Pa­ra re­cu­pe­rar­te y apren­der de lo ocu­rri­do hay que acla­rar por qué se ha pro­du­ci­do. Pre­gun­ta a tu pa­re­ja, o qui­zá ya tu ex, to­do lo que ne­ce­si­tes sa­ber so­bre la in­fi­de­li­dad o so­bre vues­tra re­la­ción. Si vais a se­guir jun­tos, él no pue­de ne­gar­se a res­pon­der. Es­te exa­men tam­bién te in­clu­ye a ti, por­que a ve­ces la cul­pa de la trai­ción no es so­lo del trai­dor.

Y aho­ra ¿qué ha­ces? Una in­fi­de­li­dad pue­de su­po­ner el fin de la pa­re­ja, pe­ro tam­bién un pun­to de in­fle­xión pa­ra for­ta­le­cer­la. El en­ga­ño no so­lo ha te­ni­do que ver con el se­xo: se tra­ta so­bre to­do de una vio­la­ción de la con­fian­za, y eso es lo que hay que re­cu­pe­rar. Si vas a in­ten­tar per­do­nar­le, tie­nes que ase­gu­rar­te de que él es­tá arre­pen­ti­do y en­tien­de y la­men­ta el da­ño que te ha he­cho. Sin eso, más va­le que ti­res pa­ra otro la­do.

Cuan­do hay ni­ños. Te­ner hi­jos no obli­ga a se­guir jun­tos a to­da cos­ta. No lo ol­vi­des nun­ca. Pa­ra ellos es me­jor te­ner unos pa­dres se­pa­ra­dos que se res­pe­tan a una fa­mi­lia ata­da a la fuer­za. A ve­ces dan ga­nas de po­ner a los hi­jos en con­tra del in­fiel, con­tán­do­les lo que ha he­cho su pa­dre y ade­re­zán­do­lo con nues­tro ca­breo. Es más que re­co­men­da­ble que bus­ques otra for­ma de desaho­gar­te, por­que eso no les va a ha­cer bien y se pue­de vol­ver en tu con­tra.

Si la vi­da te da li­mo­nes. Leer que to­do es­to ha si­do pa­ra bien te pue­de to­car las na­ri­ces, pe­ro así es. Si ha­béis par­ti­do pe­ras, pues de bue­na te has li­bra­do. Sin em­bar­go, la cri­sis de pa­re­ja que su­po­ne una in­fi­de­li­dad sa­ca a la luz pa­ra am­bos las co­sas que fa­llan en la re­la­ción y los de­fec­tos de ca­da uno. Si des­pués de eso de­ci­dís se­guir jun­tos, vues­tros víncu­los se­rán más só­li­dos que an­tes. Pe­ro oja­lá te lo hu­bie­ras aho­rra­do. Ya.

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