Esmeralda Mo­ya y Car­les Fran­cino pa­sean por la ciu­dad pa­ra ha­blar de su nue­vo tra­ba­jo.

AR - - SUMARIO - Tex­to: SA­RA CAM­PE­LO. Fo­tos: PA­TRI­CIA GA­LLE­GO.

Un chi­co de un pue­blo Ta­rra­go­na y una se­ño­ri­ta de ba­rrio que ha via­ja­do por me­dio mun­do han ter­mi­na­do cru­zan­do sus ca­mi­nos en la ca­pi­tal de Es­pa­ña. Que­da­mos con Car­les y Esmeralda pa­ra pa­sear la ciu­dad que ha vis­to cum­plir sus sue­ños y don­de los dos ac­to­res es­pe­ran po­der ce­le­brar el éxi­to de su pri­mer tra­ba­jo jun­tos.

Ella es de Ma­drid. Él no. Él sue­ña con es­ca­par a su pue­blo de Ta­rra­go­na en cuan­to tie­ne dos días li­bres. Ella re­cuer­da la amar­ga so­le­dad que sen­tía cuan­do su ca­rre­ra de mo­de­lo la lle­vó a vi­vir a Nue­va York, Pa­rís, Mi­lán y Lon­dres, y la ale­jó de Ma­drid, de su ho­gar. Am­bos ac­to­res re­pre­sen­tan dos for­mas dis­tin­tas de vi­vir en la ca­pi­tal, y una so­la de que­rer­la. Ade­más, es­te oto­ño, Esmeralda Mo­ya y Car­les Fran­cino nos in­vi­tan a ca­mi­nar por el Ma­drid del si­glo XIX de la mano de la se­rie de te­le­vi­sión

Víc­tor Ros (La 1), fic­ción en la que Fran­cino da vi­da a una es­pe­cie de Sher­lock Hol­mes a la es­pa­ño­la y Esmeralda se me­te en la piel de su amor im­po­si­ble. ¿Quién me­jor que ellos pa­ra lle­var­nos de vi­si­ta guia­da por la ca­pi­tal? En es­ta oca­sión, ade­más, les acom­pa­ña­mos a pa­sear por sus re­cuer­dos, a des­cu­brir qué les enamo­ra de es­ta ciu­dad y a qué tie­nen fo­bia en es­ta gran ur­be.

La­bo­ral y per­so­nal­men­te, Ma­drid co­rre por vues­tras ve­nas. ¿Os co­no­cis­teis aquí?

Car­les Fran­cino: No, no­so­tros nos co­no­ci­mos en Má­la­ga, du­ran­te la ce­le­bra­ción de su fes­ti­val de ci­ne. La ver­dad es que co­nec­ta­mos en­se­gui­da y nos pu­si­mos a ha­blar sin pa­rar. Bueno, ella más que yo... [ri­sas].

Esmeralda Mo­ya: Nos pre­sen­ta­ron y esa mis­ma no­che yo ya te ha­bía bus­ca­do cita con mi fi­sio. ¿Re­cuer­das?

C: Es ver­dad. Tiem­po des­pués, cuan­do me di­je­ron que ella tam­bién es­ta­ba en el pro­yec­to de Víc­tor Ros, me hi­zo una ilu­sión tre­men­da. Tra­ba­jar con una ami­ga a la que ade­más ad­mi­ras es im­pa­ga­ble. La in­cor­po­ra­ción de Esmeralda a la se­rie tie­ne, ade­más, una his­to­ria muy bo­ni­ta de­trás.

E: Sí, es cier­to. Jus­to el mis­mo día que hi­ce la prue­ba pa­ra el pa­pel de la pro­ta­go­nis­ta fe­me­ni­na de la se­rie, ¡me en­te­ré de que es­ta­ba em­ba­ra­za­da! Era un pro­yec­to muy ilu­sio­nan­te y te­mía per­der un pa­pel tan ape­te­ci­ble, cla­ro. Pe­ro la vi­da tie­ne sus pla­zos y te va mar­can­do el rit­mo. Al fi­nal, tu­ve una suer­te in­creí­ble ya que el ro­da­je se re­tra­só diez me­ses y así pu­de te­ner a mi be­bé an­tes de que co­men­za­ra la gra­ba­ción de la se­rie.

¿Te in­cor­po­ras­te al tra­ba­jo na­da más dar a luz?

E: Bueno, tu­ve un mes de re­cu­pe­ra­ción des­de que na­ció el be­bé. Per­dí once ki­los en dos se­ma­nas con mu­cha fuer­za de vo­lun­tad y sin una die­ta es­pe­cí­fi­ca: sim­ple­men­te me de­di­qué a co­mer sano y a be­ber mu­cha agua.

C: La ver­dad es que fue una re­cu­pe­ra­ción in­creí­ble. Me ha en­can­ta­do tra­ba­jar con ella, hay que te­ner en cuen­ta que al ser una mi­ni­se­rie de seis ca­pí­tu­los, to­do se con­den­sa. Tu­vi­mos ca­si tres me­ses de tra­ba­jo in­ten­si­vo, de lu­nes a sá­ba­do, y Esmeralda, que era una ma­má muy re­cien­te, nos ha de­mos­tra­do de qué es­ta­ba he­cha.

E: Mu­chas gra­cias, Car­les. La ver­dad es que cuan­do es­tás en un am­bien­te tan bueno y cre­yen­do en lo que ha­ces, tie­nes to­da la mo­ti­va­ción que ne­ce­si­tas pa­ra eso y mu­cho más. Es un sen­ti­mien­to que creo que com­par­ti­mos to­dos los que for­ma­mos el equi­po.

C: Du­ran­te el ro­da­je ha­bía la sen­sa­ción de que to­dos re­má­ba­mos en el mis­mo sen­ti­do. Con mu­chas ga­nas de tra­ba­jar, de que to­do sa­lie­se bien, ¡de que sea un éxi­to! Es­tu­dió So­cio­lo­gía y, aun­que el mun­do del pe­rio­dis­mo le ten­tó en su mo­men­to –su pa­dre es el re­co­no­ci­do pe­rio­dis­ta ra­dio­fó­ni­co Car­les Fran­cino–, él re­co­no­ce que siem­pre ha te­ni­do cla­ra su vo­ca­ción de ser ac­tor. Car­les Fran­cino lle­gó a Ma­drid con ga­nas de de­mos­trar al mun­do que lo su­yo era la in­ter­pre­ta­ción, y lo ha lo­gra­do a tra­vés de al­gu­nos de los tí­tu­los más em­ble­má­ti­cos de la pe­que­ña pan­ta­lla: Hos­pi­tal cen­tral, Ban­do­le­ra y Pun­ta Es­car­la­ta son las se­ries que le han da­do fa­ma. Des­pués de va­rias in­cur­sio­nes en el mun­do del tea­tro y al­gu­na pe­que­ña in­ter­ven­ción en pe­lí­cu­las, es­te oto­ño se con­ver­ti­rá en el ac­tor de mo­da de la mano de un de­tec­ti­ve de­ma­sia­do mo­derno pa­ra la épo­ca, en la se­rie Víc­tor Ros, y un nue­vo sa­cer­do­te que lle­ga a las tra­mas de la exi­to­sa se­rie de TVE Águi­la Ro­ja.

Ac­triz vo­ca­cio­nal y ma­dre to­do­te­rreno, Esmeralda Mo­ya siem­pre ha sa­bi­do cuál era su me­ta en la vi­da. Des­pués de tra­ba­jar co­mo mo­de­lo en me­dio mun­do y pro­ta­go­ni­zar cam­pa­ñas y por­ta­das de nu­me­ro­sas re­vis­tas, Esmeralda re­gre­só a Ma­drid de­ci­di­da a es­tu­diar Ar te Dra­má­ti­co. Aquel es­fuer­zo le cun­dió y hoy es una de las ac­tri­ces con ma­yor pro­yec­ción del pa­no­ra­ma na­cio­nal. La he­mos vis­to dan­do vi­da con sol­tu­ra a la ba­ro­ne­sa Thys­sen en el

bio­pic que hi­zo Te­le­cin­co so­bre Ti­ta Cer ve­ra, así co­mo co­lar­se en­tre la fa­mi­lia Bra­vo en Tie­rra

de Lo­bos. Es­ta jo­ven de Torrejón de Ar­doz pre­pa­ra su gran sal­to de la mano de la jo­ven aris­tó­cra­ta a la que en­car­na en la se­rie Víc­tor Ros. Ade­más, Esmeralda es muy ac­ti­va en las re­des so­cia­les, don­de con­fie­sa po­der pa­sar has­ta cin­co ho­ras se­gui­das.

Car­les, tú no eres de Ma­drid... Cuén­ta­nos, ¿qué te tra­jo has­ta es­ta ciu­dad?

C: Yo soy de pue­blo y me vi­ne a Ma­drid en 2007, por mo­ti­vos la­bo­ra­les, pa­ra tra­ba­jar en la se­rie Hos­pi­tal

Cen­tral (Te­le­cin­co). Fue cu­rio­so, por­que en aque­lla épo­ca mi pa­dre [Car­les Fran­cino, el fa­mo­so pe­rio­dis­ta de la Ser] vi­vía aquí, así que es­tu­vi­mos com­par­tien­do pi­so una tem­po­ra­da lar­ga. Sus ho­ra­rios de la ra­dio y los míos de re­cién lle­ga­do a la ca­pi­tal eran muy di­fe­ren­tes. En reali­dad ca­si ni nos veía­mos: él se le­van­ta­ba a las dos y me­dia de la ma­dru­ga­da y yo ha­bía no­ches en que me acos­ta­ba a esa ho­ra. Aho­ra ya no vi­vo con él, pe­ro guar­do muy gra­tos re­cuer­dos del ba­rrio de Re­ti­ro, el pri­me­ro que co­no­cí de Ma­drid. Aho­ra, lle­vo ya ocho años vi­vien­do aquí. Pa­ra mí, es mi ciu­dad de aco­gi­da, don­de ten­go gran­des ami­gos y don­de lle­vo una vi­da que me en­can­ta.

¿Y pa­ra ti, Esmeralda?

E: Yo na­cí en Torrejón de Ar­doz [una po­bla­ción del nor­te de la Co­mu­ni­dad de Ma­drid] y si­go vi­vien­do allí. Soy una chi­ca de ba­rrio y me en­can­ta la vi­da que lle­vo: pa­sear por las ca­lles en las que me he cria­do, ha­cer de­por­te en los par­ques de siem­pre... Lo bueno que tie­ne vi­vir en una ciu­dad de los al­re­de­do­res es que tie­nes el Ma­drid más au­tén­ti­co, el cas­ti­zo, his­tó­ri­co y don­de bu­lle la gran ur­be, a unos mi­nu­tos en co­che. Han si­do mu­chos años los que he es­ta­do fue­ra: he vi­vi­do en me­dio mun­do, he vis­to si­tios es­pec­ta­cu­la­res, co­no­ci­do cul­tu­ras im­pre­sio­nan­tes... y me sien­to ciu­da­da­na del mun­do, pe­ro siem­pre he lle­va­do en mi co­ra­zón el lu­gar don­de na­cí. Tan­tos años ale­ja­da de aquí me han he­cho que­rer, apre­ciar y va­lo­rar más es­ta ciu­dad: la ver­dad es que no de­seo vi­vir en otro si­tio.

¿Cam­bia­ríais algo de la ciu­dad si pu­die­rais?

C: No es­tá en mi mano cam­biar­lo, pe­ro sí que cuan­do es­toy aquí he­cho de me­nos el cam­po y zo­nas al ai­re li­bre.

E: ¡To­tal­men­te de acuer­do! Lo que me­nos me gus­ta de Ma­drid es que en al­gu­nas zo­nas no hay ca­rril bi­ci.

¿Dón­de lle­va­ríais a al­guien que vie­ne por pri­me­ra vez? De­cid­me vues­tro lo­cal fa­vo­ri­to, por ejem­plo.

E: Cual­quie­ra del Ma­drid de los Aus­trias me sirve, me gus­tan to­dos... Pe­ro si ten­go que ele­gir un lu­gar es­pe­cial pa­ra mí, se­ría la Cho­co­la­te­ría de San Gi­nés: guar­do gran­des re­cuer­dos y me en­cuen­tro co­mo en ca­sa.

C: En mi ca­so, Ma­ría Pan­do­ra. Fue mi pri­mer bar en Ma­drid y le guar­do un ca­ri­ño excesivo. Creo que ese lo­cal es bá­si­co en mi vi­da. Es una cham­pa­ne­ría-li­bre­ría que es­tá jus­to en­fren­te de la ar­bo­le­da de los jar­di­nes de Las Vis­ti­llas, don­de se ce­le­bra la ver­be­na de la Paloma.

Pa­ra ser ca­ta­lán te no­to muy cas­ti­zo, Car­les.

C: No, no... En reali­dad soy muy de pue­blo y por eso, con­fie­so, hu­yo a Ta­rra­go­na ca­da vez que pue­do. Allí, en mi

pe­que­ño pue­blo [Al­ta­fu­lla, don­de se ro­dó la se­rie Pun­ta

es­car­la­ta], en la ca­sa en la que me crié y vi­ví has­ta los do­ce años, y en el en­torno que me vio cre­cer, me sien­to me­jor que en nin­gu­na otra par­te del mun­do. Es mi an­cla, ne­ce­si­to vol­ver de vez en cuan­do. No hay que per­der las raí­ces.

E: Es lo que co­men­ta­ba an­tes, cuan­do es­tás fue­ra ‘de ca­sa’ echas de me­nos tu si­tio.

CAR­LES FRAN­CINO

EL HI­JO PRÓ­DI­GO

ESMERALDA MO­YA

DE MO­DE­LO A AC­TRIZ RE­VE­LA­CIÓN

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