Por Ana Ro­sa Quin­ta­na.

AR - - SUMARIO -

El 20 de ju­lio a las sie­te de la mañana mu­rió mi ma­dre. Te­nía 88 años, unas ga­nas de vi­vir y dis­fru­tar de una chi­ca de 30, y una ca­be­za lú­ci­da y mo­der­na. Mi pa­dre mu­rió ha­ce 23 años y ni un so­lo día, ni un so­lo mi­nu­to de es­tos años de­jó de pen­sar en él, de ha­blar de él, con ad­mi­ra­ción y con au­tén­ti­co amor.

Mi ma­dre mu­rió tran­qui­la, ro­dea­da de sus hi­jos y sus nie­tos, sin do­lor, cui­da­da y mi­ma­da por to­dos. Sus úl­ti­mas pa­la­bras fue­ron una au­ten­ti­ca lec­ción de vi­da. Nos ha­bló del amor, de la fa­mi­lia, de la vi­da, de ser ge­ne­ro­sos, de que la fe­li­ci­dad com­ple­ta no exis­te: “Hay que dar, aun­que sea pe­que­ño, por­que lo que se ha­ce de co­ra­zón es muy gran­de”. Lue­go ce­rró los la­bios y vein­ti­cua­tro ho­ras des­pués de­ja­ba de res­pi­rar.

Así se fue una mu­jer que ha lu­cha­do, que ha amado y ha si­do ama­da. Pe­que­ña, gua­pa, piz­pi­re­ta, con una piel pre­cio­sa y unos ojos chis­pean­tes, que de­ci­dió que ha­bía que ser sin­ce­ra, a ve­ces de­ma­sia­do, pe­ro que lo arre­gla­ba con una son­ri­sa pí­ca­ra.

Pa­ra no­so­tros se ha ido de­ma­sia­do pron­to. Aún te­nía que co­no­cer Pa­rís, su ciu­dad so­ña­da. Sa­ber que sus nie­tos ma­yo­res ya sa­ben an­dar por la vi­da. Vol­ver a te­ner un be­bé en los bra­zos, en el fu­tu­ro al­gún biz­nie­to. Le en­can­ta­ban los be­bés, ver a los pe­que­ños ha­cer­se unos hom­bres.

Se ha que­da­do la ma­le­ta pre­pa­ra­da pa­ra las va­ca­cio­nes en la pla­ya. Ten­go la bo­te­lla de Tío Pe­pe en la ne­ve­ra, fres­qui­ta pa­ra el ape­ri­ti­vo, y si caía una ci­ga­li­ta o unos per­ce­bes, en­ton­ces era fe­liz. Nues­tros ami­gos y com­pa­ñe­ros la ado­ra­ban por su es­pon­ta­nei­dad, por el sen­ti­do del hu­mor y por su bon­dad. To­dos la que­rían, era una más en la reunión: nos ga­na­ba a los da­dos y cual­quier plan le ve­nía bien.

Es­te ha si­do un ve­rano tris­te, de año­ran­za y au­sen­cia. Por eso me per­mi­to en es­tas lí­neas com­par­tir con vo­so­tros mis sen­ti­mien­tos. Di­cen que a to­dos nos que­da algo de ni­ño den­tro, muy den­tro, pe­ro el día en que se mue­re tu ma­dre de­jas de ser­lo de­fi­ni­ti­va­men­te, ten­gas la edad que ten­gas. Des­gra­cia­da­men­te to­dos he­mos vi­vi­do el do­lor de

“Di­cen que a to­dos nos que­da algo de ni­ño den­tro, muy den­tro, pe­ro el día que se mue­re tu ma­dre de­jas de ser­lo de­fi­ni­ti­va­men­te, ten­gas la edad que ten­gas”

la muer­te de un ser que­ri­do. Cuan­do se tra­ta de tus pa­dres el do­lor se con­vier­te en un va­cío in­fi­ni­to, en un des­ga­rro, y sien­tes el vér­ti­go de la vi­da. ¿Quién va a cui­dar de mí aho­ra? ¿Con quien voy a com­par­tir lo que no se pue­de com­par­tir?

Siem­pre es­ta­rá en nues­tro co­ra­zón, pe­ro mañana quie­ro lla­mar­la al des­per­tar­me y, co­mo to­dos los días, de­cir­le: “¿Qué tal has pa­sa­do la no­che, ma­má?”. Quie­ro oír su ri­sa y sus in­te­li­gen­tes con­se­jos, que opi­ne del pro­gra­ma y de la por­ta­da. Mañana quie­ro vol­ver a de­cir ‘MA­MÁ’.

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