Lo de­jó to­do por ser gran­je­ra

AR - - TESTIMONIO - MAR­TA ÁL­VA­REZ

Va­lien­te. Es el me­jor ad­je­ti­vo que de­fi­ne a es­ta ga­lle­ga de son­ri­sa per­ma­nen­te, que se pu­so a los man­dos de la gran­ja de sus pa­dres en­fren­tán­do­se a aque­llos que no creían que fue­ra ca­paz de lo­grar­lo so­lo por ser mu­jer. Su sue­ño era con­ver­tir­se en bro­ker, pe­ro las va­cas se cru­za­ron en su ca­mino y cam­bia­ron su vi­da. Con gran de­ter­mi­na­ción, Mar­ta ha crea­do un es­pa­cio ecológico don­de los ani­ma­les es­cu­chan mú­si­ca clá­si­ca to­do el día. Un ne­go­cio por el que es­ta pro­fe­sio­nal ha re­ci­bi­do dos pre­mios con­ce­di­dos por el Mi­nis­te­rio de Agri­cul­tu­ra, el Ali­men­tos de Es­pa­ña y el de Ex­ce­len­cia a la In­no­va­ción pa­ra Mu­je­res Ru­ra­les.

¿Por qué aban­do­nas­te tus es­tu­dios de Em­pre­sa­ria­les y te re­con­ver­tis­te en gran­je­ra? Pri­me­ro, por­que la ca­rre­ra me de­cep­cio­nó mu­cho. Y se­gun­do, por­que las va­cas vinieron a bus­car­me: el año 2000 fui a pa­sar una tem­po­ra­da a Mon­te­rro­so, la al­dea don­de es­tá la gran­ja. Un día, un ve­cino me avi­só de que se ha­bían es­ca­pa­do nues­tras va­cas y, sin pen­sár­me­lo, salí a bus­car­las. Yo so­la fui ca­paz de di­ri­gir­las, a lo lar­go de un ki­ló­me­tro, des­de los pra­dos has­ta los es­ta­blos. Me atra­pa­ron la na­tu­ra­le­za y el con­tac­to con los ani­ma­les, y ese mis­mo día le pro­pu­se a mi pa­dre po­ner­me al fren­te de la gran­ja. Él me dio to­do su apo­yo. Por eso, siem­pre di­go que iba pa­ra

y me he con­ver­ti­do en una em­pre­sa­ria de la le­che.

Y ¿có­mo fue­ron los ini­cios de es­ta aven­tu­ra? ¡Uf! Muy di­fí­ci­les. En muy po­co tiem­po tu­ve que apren­der a con­tro­lar las or­de­ña­do­ras, a con­du­cir el trac­tor y, cla­ro, a ma­ne­jar y a ayu­dar a pa­rir a mis vein­ti­cin­co va­cas. El pri­mer año fue la gran prue­ba de fue­go, do­ce me­ses en que no su­pe lo que era un sá­ba­do ni un domingo y que vi­ví ate­ri­da de frío y con ba­rro has­ta las ore­jas, por­que no pa­ró de llo­ver. Des­pués, lle­ga­ron las gran­des re­for­mas. Con la ayu­da de una sub­ven­ción y un cré­di­to, cam­bié la sa­la de or­de­ño, la le­che­ría y los es­ta­blos. Y... an­tes de es­tre­nar­lo to­do, tu­ve que sa­cri­fi­car a mis va­cas por un bro­te de tu­bercu­losis. En­ton­ces, com­pré die­ci­séis va­cas ho­lan­de­sas y em­pe­cé des­de ce­ro, y con mu­cho mi­mo y com­par­tien­do mu­chos mi­nu­tos con ‘mis chi­cas’, al ca­bo de dos me­ses mis va­cas ya eran po­lí­glo­tas y me en­ten­dían en cas­te­llano y ga­lle­go.

¿En al­gún mo­men­to pen­sas­te en ti­rar la toa­lla? Sí, al prin­ci­pio, por­que to­do eran pro­ble­mas y di­fi­cul­ta­des y hu­bo mo­men­tos en que me vi des­bor­da­da y con el agua al cue­llo. No ten­go hi­jos, pe­ro fue gra­cias al apo­yo in­con­di­cio­nal de mi fa­mi­lia, que con­fió en mí des­de el prin­ci­pio de es­ta aven­tu­ra, y tam­bién al he­cho de que hu­bo gen­te que pen­sa­ba que es­te no era un ofi­cio pa­ra una mu­jer y que sal­dría co­rrien­do: eso me sir­vió de aci­ca­te pa­ra pe­lear aún con más fuer­za por ha­cer reali­dad la gran­ja que yo ha­bía so­ña­do. Y lo con­se­guí.

Sin em­bar­go, con el tiem­po de­ci­dis­te am­pliar el ne­go­cio y creas­te una ga­lle­te­ría. Me di cuen­ta de que so­lo con la ven­ta de la le­che no da­ba pa­ra man­te­ner la gran­ja. Tras dar­le mu­chas vueltas, se me ocu­rrió crear las ma­ru­xas, unas ga­lle­tas de na­ta ar­te­sa­na­les. Y pu­si­mos en mar­cha la ga­lle­te­ría, don­de tra­ba­ja­mos mi so­cia Mon­tse, mi ami­ga Chus y yo.

Cuén­ta­nos, ¿có­mo es Gran­xa Ma­ru­xa? Mi gran­ja es un lu­gar pre­cio­so en me­dio de un ro­ble­dal cen­te­na­rio en la al­dea de Mon­te­rro­so, en la pro­vin­cia de Lu­go. La fin­ca, de vein­te hec­tá­reas, al­ber­ga la sa­la de or­de­ño, los es­ta­blos don­de vi­ven fe­li­ces mis cua­ren­ta y sie­te va­cas, la ga­lle­te­ría y la ca­sa don­de yo vi­vo. Es un es­pa­cio ecológico, lleno de co­lor y mú­si­ca por­que re­la­ja a mis va­cas, don­de es po­si­ble lle­var ta­co­nes de lo lim­pia que es­tá y que hue­le a ga­lle­tas se­gún so­pla el vien­to. Mi gran­ja es mu­cho más bo­ni­ta de lo que siem­pre so­ñé.

¿Có­mo es un día de tra­ba­jo? Me le­van­to tem­prano, so­bre las sie­te y tras un buen desa­yuno, en­cen­de­mos el horno so­bre las ocho. Des­pués co­men­za­mos a des­na­tar la le­che pa­ra pre­pa­rar las ma­ru­xas. No­so­tras nos ocu­pa­mos de las ga­lle­tas y dos em­plea­dos se ocu­pan de que mis va­cas pas­ten en li­ber­tad y vi­van re­la­ja­das. Por la mañana, nos de­di­ca­mos a ha­cer las ga­lle­tas de un mo­do ar­te­sa­nal, y ya por la tar­de nos ocu­pa­mos de en­va­sar­las. No te­ne­mos ho­ra­rio y to­das ha­ce­mos un po­co de to­do. Soy fe­liz con la vi­da que lle­vo.

Y ¿tie­nes nue­vos pro­yec­tos pa­ra tu ne­go­cio? ¡Cla­ro! Soy una mu­jer muy in­quie­ta y ten­go mu­chas ideas pa­ra po­ner en mar­cha. Aho­ra, mi si­guien­te ob­je­ti­vo es ha­cer cos­mé­ti­cos con la le­che de mis va­cas.

Que­re­mos sa­car al mer­ca­do pro­duc­tos cien por cien na­tu­ra­les y de la me­jor ca­li­dad pa­ra el cui­da­do de las mu­je­res. Es­pe­ro que den­tro de po­co po­da­mos te­ner­los en el mer­ca­do. ¡Se­ría algo in­creí­ble!

Mar­ta, tu vi­da ha da­do un gi­ro ra­di­cal. ¿Có­mo va­lo­ras to­do lo que has vi­vi­do du­ran­te es­tos úl­ti­mos años? To­da­vía hay mo­men­tos en que no me creo lo que he lo­gra­do con la gran­ja. Es mu­cho más que un sue­ño cum­pli­do. Es­ta aven­tu­ra em­pe­zó en 2000 en una fin­ca con unas ins­ta­la­cio­nes muy an­ti­guas. Y con mu­cho tra­ba­jo y tam­bién mu­cho amor y de­di­ca­ción, ca­tor­ce años des­pués he crea­do un es­pa­cio en un en­torno ma­ra­vi­llo­so, con la ayu­da de mi equi­po, don­de rei­na el bie­nes­tar pa­ra mis ani­ma­les y don­de me sien­to yo mis­ma.

Por tan­to tra­ba­jo bien he­cho te han otor­ga­do el Pre­mio Na­cio­nal de Ex­ce­len­cia a la In­no­va­ción pa­ra Mu­je­res Ru­ra­les. Cuan­do re­ci­bí la no­ti­cia no me lo creí. Es­te pre­mio es el re­co­no­ci­mien­to a tan­to tra­ba­jo du­ran­te los úl­ti­mos diez años. No hay más se­cre­to pa­ra lle­var a ca­bo un pro­yec­to que creer en uno mis­mo y apos­tar por la coope­ra­ción en­tre las per­so­nas. Y, so­bre to­do, ver oa­sis don­de los de­más ven de­sier­tos. Es­te ha si­do mi le­ma pa­ra ha­cer reali­dad la gran­ja de mis sue­ños.

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