Ka­te Wins­let

No le gus­tan las al­fom­bras ro­jas, aun­que una vez que es­tá so­bre ellas na­die lo no­ta. No so­lo se acep­ta tal y como es: se gus­ta, y mu­cho. La em­ba­ja­do­ra de Lan­cô­me es una mu­jer real y se pre­cia de ser­lo.

AR - - SUMARIO AR - Tex­to: SO­NIA FOR­NIE­LES

La ac­triz in­gle­sa nos mues­tra su la­do más per­so­nal.

L a vida es de­ma­sia­do cor­ta como pa­ra pa­sar por ella ha­cien­do die­ta”, es­te es el le­ma que Ka­te lle­va por ban­de­ra. Las cifras que hil­va­nan su vida pue­den ma­rear: 39 años, más de trein­ta pe­lí­cu­las, dos di­vor­cios, tres ma­tri­mo­nios, tres hi­jos y un Ós­car (por su pa­pel de Han­na Sch­mitz en The

Rea­der), pe­ro a ella no pa­re­cen pro­vo­car­le el más mí­ni­mo vér­ti­go: “Mi vida no es per­fec­ta. Se pa­re­ce mu­cho a la de otras ma­dres: no ten­go co­ci­ne­ros en ca­sa, y pres­cin­do, a pro­pó­si­to, de be­ne­fi­cios que me la ha­rían más fá­cil. No quie­ro ser una es­tre­lla de ci­ne. Quie­ro que mis hi­jos vean que te­ner ser­vi­cio es al­go que es­tá fue­ra de lu­gar”.

Lo cier­to es que, por mu­cho que Ka­te se em­pe­ñe, su vida po­co tie­ne de co­mún. ¿A cuán­tas per­so­nas

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