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AR - - A FONDO -

En el co­le­gio siem­pre que ha­bía una fies­ta me pe­dían que can­ta­ra. Yo can­ta­ba y can­ta­ba to­do el tiem­po por mi ca­sa, por las es­ca­le­ras, en el pa­tio de ve­ci­nos, cuan­do me iba con mi abue­la al pue­blo... pe­ro la pri­me­ra vez que can­té de ver­dad fue en Ra­dio Es­pa­ña, en un con­cur­so que ha­cía Bobby De­gla­né. Se lla­ma­ba la pri­me­ra vez. Te­nía diez años.

Va­le to­do.

Esa fue Sí, pe­ro me los prohi­bió don Cres­cen­cio. Era el cu­ra de Sevilla la Nue­va, don­de vi­vía mi tía Car­men, her­ma­na de mi ma­dre. En­ton­ces no era como aho­ra. Ir­se al pue­blo era un gran via­je, y yo can­ta­ba lo que oía en la ra­dio, so­bre to­do a Sa­ra Mon­tiel. Un día, en el bar del pue­blo me pi­die­ron que can­ta­ra al­go y me lan­cé con un cu­plé. En­ton­ces me di­je­ron: “Ha di­cho don Cres­cen­cio que no pue­des can­tar cu­plés, que te lo prohí­be”. De­bía de te­ner ocho o nue­ve años. Lo que son las co­sas: al ca­bo de los años me en­te­ré de que don Cres­cen­cio se sa­lió de cu­ra y se ca­só.

Em­pe­za­mos a tra­ba­jar con más de cien can­cio­nes. Can­cio­nes que han es­ta­do ahí, cer­ca de nues­tra vida.

Una can­ción ma­ra­vi­llo­sa de Jo­sé Ma­rio Bran­co y de Ma­nue­la de Frei­tas. Me hi­zo tan­ta gra­cia y me pa­re­cía tan ilus­tra­ti­va… Yo que­ría ser ar­tis­ta pa­ra no preo­cu­par­me de na­da, ni es­tu­diar ni ma­dru­gar. Has­ta hoy, no he pa­ra­do.

Sí, por­que si por él fue­se no se da­ría cuen­ta de que un cue­llo ya es­tá, no gas­ta­do, sino lo si­guien­te.

Ten­go ro­pa pa­ra to­do lo que me que­da de vida... pe­ro yo he si­do po­bre y me da pe­na ti­rar­la.

So­mos la fa­mi­lia ‘Von San Jo­sé’... Tra­ba­jar con ellos es muy fá­cil. So­mos to­dos muy po­co ca­pri­cho­sos.

Ellos son los que te dan la me­di­da del pa­so del tiem­po. Y no te di­go na­da con los nie­tos.

No, se am­plía. A no­so­tros no nos cam­bia. Su­pon­go que a los que cam­bia es a sus pa­dres.

Te en­ri­que­ce mu­chí­si­mo. Es di­fe­ren­te criar un hi­jo a que te man­den un nie­to de vez en cuan­do. De no­che no nos des­pier­ta: des­pier­ta a los pa­dres. So­lo nos que­da­mos con las ven­ta­jas.

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