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AR - - A FONDO -

Que­da mu­cho. La in­fan­cia te con­for­ma có­mo eres de ma­yor. Soy como soy en gran par­te por la in­fan­cia que he te­ni­do, por mi fa­mi­lia, mis ami­gos, las gue­rras en la ca­lle, las ca­ren­cias que te­nía­mos y que te ha­cían va­lo­rar mu­cho otras co­sas. La in­fan­cia es un po­co la pa­tria.

Mi re­cuer­do es el de un crío muy fe­liz. Lo pa­sa­ba muy bien por­que es­ta­ba muy en con­tac­to con la na­tu­ra­le­za. Nues­tra ca­sa eran pra­dos, bos­ques, agua, ju­gar al fut­bol. To­dos los pla­ce­res es­ta­ban muy a mano. Lo te­rri­ble es que te­nías que ir al co­le­gio, y cuan­do lle­ga­ban las va­ca­cio­nes era el jú­bi­lo ab­so­lu­to. Una ma­ne­ra de vi­vir muy mo­des­ta, pe­ro como no has co­no­ci­do otra co­sa... Nun­ca te fal­tó un pla­to de co­mi­da ni el ca­ri­ño de la fa­mi­lia. ¿Qué más? No hay na­da más que eso, es lo más im­por­tan­te. Y de ello si­gues ti­ran­do to­da la vida, de re­cuer­dos, de ac­ti­tu­des... Y eso son ejem­plos mo­ra­les que te acom­pa­ñan siem­pre.

Es­tá to­do dis­tri­bui­do. Víc­tor no sa­be co­ser ni plan­char, pe­ro co­ci­na de mie­do.

No na­cí sa­bien­do. Es­tu­ve va­rios años co­mien­do la­tas de an­choas prác­ti­ca­men­te como úni­co ali­men­to. Cuan­do nos fui­mos a vi­vir jun­tos em­pe­cé con la car­ne, la pas­ta. Y a ba­se de via­jar, me­ter­te en res­tau­ran­tes y ave­ri­guar lo que es­tás co­mien­do, ami­gos que co­ci­nan bien... vas y tra­tas de re­pro­du­cir eso que tan­to te gus­tó. A ve­ces no lle­gas, pe­ro mien­tras tan­to hay al­go es­tu­pen­do, que es ir al mer­ca­do, char­lar con el pes­ca­de­ro, el car­ni­ce­ro, lle­var­te unos bue­nos cor­tes a ca­sa, es­cu­char la ra­dio mien­tras es­tás co­ci­nan­do... En ca­sa las ta­reas es­tán bien dis­tri­bui­das. Víc­tor no sa­be co­ser ni plan­char pe­ro co­ci­na de mie­do.

He­mos par­ti­ci­pa­do en mu­chos fes­ti­va­les be­né­fi­cos. A ve­ces tie­nes la sen­sa­ción de la inuti­li­dad de mu­chas co­sas que ha­ces, pe­ro otras ves un re­sul­ta­do in­me­dia­to. Yo es­tu­ve con los cu­ras ma­ris­tas en Ghana co­la­bo­ran­do pa­ra sa­car ade­lan­te una es­cue­la en Ku­ma­si. A los dos años ves la es­cue­la en pie y eso es ex­tra­or­di­na­rio.

Se han cum­pli­do con cre­ces. Lo más im­por­tan­te que me ha pa­sa­do ha si­do co­no­cer a tan­ta gen­te ma­ra­vi­llo­sa. Nun­ca pien­sas eso: com­par­tir la vida con gran­des ar­tis­tas y me­jo­res per­so­nas. Te­ner la suer­te de bai­lar un

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