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AR - - A FONDO -

Na­da gra­ve. Es­toy con­ven­ci­do de que Ana y yo se­re­mos, se­gu­ro,

dos vie­je­ci­tos muy dig­nos y muy gua­pos.

Es­ta­mos ahí por­que que­re­mos y na­die nos obli­ga. No hay se­cre­to. In­de­pen­den­cia, no in­va­dir el es­pa­cio del otro, res­pe­tar los si­len­cios. Es que la con­vi­ven­cia es com­pli­ca­da. Ten­go tal sim­bio­sis con Ana que un día me con­fun­die­ron con ella. Iba por el par­que de Berlín y de fren­te ve­nían dos ni­ñas. De re­pen­te una le­van­ta la ca­be­za y di­ce cuan­do me ve: “¡An­da, Ana Be­lén!”.

Sí, pe­ro coin­ci­di­mos en mu­chas co­sas. Sien­do de ca­rác­ter tan di­fe­ren­te hay co­sas que nos gus­tan a los dos y com­par­ti­mos mu­chí­si­mo. He­mos apren­di­do que es im­por­tan­te no in­va­dir el es­pa­cio del otro y res­pe­tar­lo. Yo ten­go muy cla­ro, como mu­jer, que hay que ser au­to­su­fi­cien­te. Quie­ro de­cir: in­de­pen­dien­te eco­nó­mi­ca­men­te, bo­le­ro con Gar­cía Már­quez, es­tar en un ac­to con Al­ber­ti y que te es­cri­ba en una ser­vi­lle­ta un poe­ma o es­tar al la­do de Mª Do­lo­res Pra­de­ra. Esas co­sas no las po­días ima­gi­nar. Son te­so­ros que tie­nes guar­da­dos.

Yo so­lo que­ría po­ner una ca­fe­te­ría al la­do del ayun­ta­mien­to de mi ciu­dad y ya es­tá. No po­día so­ñar una vida así. Una suer­te.

Mu­chas co­sas. De­jar­se ir. En es­ta pro­fe­sión es ra­ro que te sal­ga tra­ba­jo si no lo bus­cas.

Ten­go ga­nas de es­cri­bir can­cio­nes. Cuan­do es­te­mos sa­lien­do de es­ta gi­ra me pon­dré a ello. Aun­que ha­cer un dis­co aho­ra es como echar una bo­te­lla al mar... A ver si al­guien la re­co­ge.

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