DIE­GO GUE­RRE­RO,

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“Creo en la co­ci­na atrac­ti­va”

s el co­ci­ne­ro de re­fe­ren­cia de es­ta tem­po­ra­da. Gam­be­rro, atrevido y va­lien­te, a sus 40 años (y 22 en la co­ci­na), aho­ra so­lo le im­por­ta ha­cer fe­liz a la gen­te. Pa­ra ello abrió en Ma­drid DS­TA­gE, un res­tau­ran­te que ha al­can­za­do las tres es­tre­llas Mi­che­lin y don­de un equi­po de 22 per­so­nas se atan el de­lan­tal ca­da día pa­ra des­vi­vir­se por los 30 co­men­sa­les que ocu­pan el es­pa­cio. Al­go, por cier­to, que ya re­sul­ta tre­men­da­men­te sexy.

E¿Exis­te pa­ra ti el con­cep­to sexy apli­ca­do a la me­sa?

Creo en una co­ci­na atrac­ti­va, pe­ro siem­pre de­pen­de mu­cho de la predisposición del clien­te: si quie­re sen­ci­lla­men­te co­mer bien o, por el con­tra­rio, bus­ca ele­var­lo a una ex­pe­rien­cia sen­so­rial.

Y pa­ra quien quie­ra es­to úl­ti­mo es­tás tú, ¿no?

Sí, más allá de que la co­mi­da es­té bue­na, al­go que ya sa­be­mos que so­mos ca­pa­ces de ha­cer, nos preo­cu­pa­mos por en­con­trar ele­men­tos in­tan­gi­bles que emo­cio­nen. ¿Por qué cuan­do vas al cam­po te sa­be me­jor una tor­ti­lla, si a lo me­jor es la mis­ma que te co­mes lue­go en ca­sa? Por el entorno, por los olo­res, por la com­pa­ñía... En DS­TA­gE ocu­rre lo mis­mo. Ha­ce­mos to­car a la gen­te los pla­tos, ha­blar con no­so­tros, acer­car­se a la co­ci­na, con­se­guir un entorno mu­cho más te­rre­nal... Es nues­tra ma­ne­ra de con­quis­tar­los.

Di­cen que pa­ra con­quis­tar pri­me­ro es ne­ce­sa­rio que uno mis­mo se sien­ta atrac­ti­vo.

La ma­yo­ría de los miem­bros del equi­po ve­ni­mos de un lu­gar con unos es­tán­da­res de lu­jo que qui­zás sen­tía­mos que nos los ha­bían im­pues­to. Es­te res­tau­ran­te es una vuel­ta a em­pe­zar y pa­ra ello hi­ci­mos un ar­duo tra­ba­jo men­tal: de­ci­di­mos des­pren­der­nos de to­do cli­ché pa­ra per­mi­tir­nos ser no­so­tros mis­mos. Es así co­mo he­mos lo­gra­do crear un lu­gar en el que la gen­te es fe­liz. Al­go que no al­can­cé ha­cien­do lo que se su­po­ne que te­nía que ha­cer y sí sien­do más na­tu­ral.

¿Te has lle­va­do al­gu­na vez al­gún pi­ro­po des­ca­ra­do?

Si te va­le, el otro día una clien­ta me di­jo: “Per­do­na por la ex­pre­sión, pe­ro ha si­do una ex­pe­rien­cia or­gás­mi­ca” [ri­sas]. Con­se­guir es­to es pa­ra mí el ver­da­de­ro lu­jo.

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