“Nos va­mos a dor­mir pen­san­do en nue­vos pla­tos, nue­vos pro­yec­tos”

AR - - GASTRO - Javier To­rres

lue­go em­pe­za­mos a ayu­dar­la. La ver­dad es que fue co­mo un jue­go.

¿Cuál fue el pri­mer pla­to que pre­pa­ras­teis so­los?

Es di­fí­cil de­cir el pri­me­ro, pe­ro po­si­ble­men­te al­guno que tu­vie­ra que ver con las ha­ri­nas, las ma­sas y los dul­ces. Tal vez unas ros­qui­llas de anís o unos sen­ci­llos bu­ñue­los. Y de ahí pa­sa­mos más ade­lan­te a las em­pa­na­di­llas y las al­bón­di­gas.

Pe­ro ¡la abue­la Ca­ta­li­na no nos de­ja­ba freír­los por­que éra­mos de­ma­sia­do pe­que­ños!

¿Qué olor de in­fan­cia os vie­ne a la ca­be­za?

A mí el olor al cal­do bien pre­pa­ra­do, con mu­cho con­di­men­to, a fue­go len­to.

A mí, so­bre to­do, ese olor de la se­mi­lla de anís que im­preg­na­ba to­da la ca­sa.

¿Trans­mi­tís a vues­tro en­torno esa ne­ce­si­dad de tocar el pro­duc­to, ver­lo, oler­lo?

¡Por su­pues­to! Pe­ro an­tes que na­da se lo trans­mi­ti­mos a nues­tros hi­jos pe­que­ños. El mío tie­ne dos años y me­dio y el de Ser­gio un año más. Ellos es­tán con no­so­tros en la co­ci­na cuan­do pre­pa­ra­mos pla­tos y les de­ja­mos los gui­san­tes o las ha­bas pa­ra que los pe­len y se fa­mi­lia­ri­cen con los pro­duc­tos.

La idea es que prue­ben de to­do. In­clu­so ha­ce po­co yo pre­pa­ra­ba una tor­ti­lla y mi hi­jo me pi­dió ba­tir los hue­vos él so­lo [ri­sas].

¿Cuán­tas ho­ras de­di­cáis a dia­rio a la co­ci­na?

¡To­do el día! No es un tra­ba­jo: es una for­ma de vi­da que nos lle­na to­tal­men­te.

Nos va­mos a dor­mir pen­san­do en nue­vos pla­tos, nue­vas ideas, nue­vos pro­yec­tos...

Pe­ro eso exi­ge mu­cho apo­yo de vues­tro en­torno...

Nues­tras mu­je­res es­tán vol­ca­das. De otra ma­ne­ra es­ta aven­tu­ra se­ría to­tal­men­te im­po­si­ble. Nos han apo­ya­do y en­ten­di­do des­de nues­tros ini­cios, y son las pri­me­ras en es­tar ahí, pa­ra lo bueno y lo ma­lo.

O tie­nes a al­guien fuer­te cer­ca de ti o se­ría muy com­pli­ca­do ti­rar ade­lan­te.

¿Uno no sa­be la im­por­tan­cia de una estrella Mi­che­lin has­ta que la pier­de?

Las es­tre­llas son im­por­tan­tes. Son un re­co­no­ci­mien­to al tra­ba­jo bien he­cho. Ja­más se nos ha plan­tea­do per­der­la, sino to­do lo con­tra­rio.

Nos en­can­ta­ría que lle­ga­ra la se­gun­da, que re­ci­bi­ría­mos co­mo una ben­di­ción.

Ha­béis he­cho de to­do. ¿El ver­da­de­ro éxi­to es­tá en OD GLYHUVL¿FDFL­yQ"

La ver­dad es que he­mos pro­ba­do en dis­tin­tos cam­pos, des­de ase­so­rar en el me­nú de unas lí­neas áreas

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