UN AMOR EN LAS RE­DES

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mu­chos. Te­ne­mos la suer­te de que tan­to mis sue­gros como mis pa­dres nos ayu­dan mu­chí­si­mo. Lue­go, cuan­do Paula y yo estamos li­bres, nos en­car­ga­mos de to­do...

¿Có­mo os re­par­tís las ta­reas?

Yo, que soy más ni­ño, soy el que jue­ga, y Paula se en­car­ga más de los de­be­res. Se­rá por­que tie­ne más es­tu­dios que yo [ri­sas]. La ni­ña lo iden­ti­fi­ca y lla­ma a uno u otro se­gún lo que quie­ra. En ge­ne­ral, so­mos una pi­ña. Nos lle­va­mos muy bien los tres.

Se os ve como una fa­mi­lia fe­liz...

Si, es­tá cla­ro que to­do el mundo tie­ne mo­men­tos bue­nos y malos en su vi­da, pe­ro lo que hay que intentar es que el ho­gar sea un am­bien­te agra­da­ble: creo que es bá­si­co pa­ra que un ni­ño crez­ca sano. Emo­cio­nal­men­te tie­ne que ha­ber amor, son­ri­sas, be­sos, afec­to, ri­sas... y yo in­ten­to pro­vo­car eso todos los días. Pue­do es­tar mal, pe­ro cuan­do abro la puer­ta de ca­sa y Da­nie­la suel­ta: “¡¡Lle­gó pa­pá!”, co­mien­za la fies­ta. Creo que “Es­te año cum­plo diez años de casado y ten­go 33, por lo que más de un ter­cio de mi vi­da he es­ta­do con Paula. Ella es la per­so­na de mi vi­da”, con­fie­sa Da­vid Bustamante so­bre su mu­jer. Y ese amor que se pro­fe­san y que com­par­ten con su hi­ja Da­nie­la han que­ri­do com­par­tir­lo en las re­des con todos sus fans. No en vano, Da­vid cuen­ta con más de dos mi­llo­nes y me­dio de se­gui­do­res en sus re­des y Paula más de un mi­llón: “Pa­ra mí la red so­cial es una for­ma de agra­de­cer y com­par­tir al­go más con las per­so­nas que ha­cen po­si­ble que mi vi­da sea así”. es­te es un ejer­ci­cio que de­be­ría­mos ha­cer todos los pa­dres, por­que a los ni­ños las dis­cu­sio­nes en­tre adul­tos les ha­cen mu­cho da­ño y eso mar­ca su per­so­na­li­dad, y te­ne­mos que ha­cer un es­fuer­zo dia­rio pa­ra que el am­bien­te sea el me­jor.

Fuis­te pa­dre con 26 años. Es­ta­ba cla­ro que que­rías te­ner una fa­mi­lia pron­to...

Sí, que­ría ha­cer­lo jo­ven, pe­ro ade­más coin­ci­dió con lo más im­por­tan­te: en­con­tré a la per­so­na en el mo­men­to ade­cua­do. A es­to hay que su­mar que tu­vi­mos la suer­te de te­ner es­ta­bi­li­dad eco­nó­mi­ca, unos tra­ba­jos que nos per­mi­tían te­ner una ca­sa, unas aten­cio­nes... Por­que hay que te­ner con­cien­cia: los hi­jos no se pue­den te­ner de cual­quier ma­ne­ra, tie­nen que ve­nir a su­mar, no a res­tar, a ale­grar­nos la vi­da. No pue­den su­frir, y por eso es im­por­tan­te bus­car el mo­men­to ade­cua­do.

¿Y aho­ra es el mo­men­to de au­men­tar la fa­mi­lia?

No, ya es tar­de. Si lo hu­bié­ra­mos que­ri­do lo ha­bría­mos te­ni­do an­tes. Estamos muy con­ten­tos y fe­li­ces y nos sen­ti­mos rea­li­za­dos con Da­nie­la, que re­ci­be to­das nues­tras aten­cio­nes y mi­mos.

¿Có­mo os cambió la vi­da cuan­do ella lle­gó?

Una mu­jer lo tie­ne nue­ve me­ses den­tro de ella, y pa­ra el hom­bre por mu­cho que es­té ahí, es un

por­que de re­pen­te te pre­sen­tan a una per­so­ni­ta que es tu hi­ja, pe­ro des­de la pri­me­ra mi­lé­si­ma de se­gun­do da­rías la vi­da por ese ser. ¡Fí­ja­te có­mo cam­bia! Uno apren­de lo que es amar cuan­do tie­ne un

“Me fui a gra­bar un dis­co fue­ra, de­jé a mi

ni­ña ga­tean­do... y cuan­do vol­ví me es­pe­ró de pie. Aque­llo me ma­tó”

shock,

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