El mú­si­co sin te­cho

Tie­ne 26 años, una his­to­ria con­mo­ve­do­ra y es uno de los ar­tis­tas más acla­ma­dos en el mundo. ¿Aún no lo co­no­ces?

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Su pri­mer dis­co, At Least For Now, se ha con­ver­ti­do en el me­jor de los edi­ta­dos en 2015, a te­nor de la crí­ti­ca bri­tá­ni­ca, que le ha he­cho me­re­ce­dor del Mer­cury Pri­ze, uno de los pre­mios más im­por­tan­tes de la mú­si­ca.

Di­cen que su voz, pro­fun­da y lle­na de sen­ti­mien­to, es de lo me­jor de los úl­ti­mos años, y que sus com­po­si­cio­nes al piano son emo­cio­na­les y ex­tra­or­di­na­rias, que es­tre­me­cen a quien las es­cu­cha. Estamos to­tal­men­te de acuer­do, y úni­ca­men­te ha­ce fal­ta oír te­mas como Né­me­sis, Wins­ton Chur­chill’s Boy o Con­do­len­ce pa­ra enamo­rar­se per­di­da­men­te de su ex­qui­si­to tra­ba­jo.

Pe­ro ¿de dón­de sa­le Ben­ja­min Cle­men­ti­ne? Es­te jo­ven bri­tá­ni­co de 26 años de­jó a la es­cue­la con 16 por­que era aco­sa­do por unos ma­to­nes que le ‘acu­sa­ban’ de afe­mi­na­do. Hu­yen­do de su vi­da, aca­bó dur­mien­do en las ca­lles de Cam­den (Lon­dres) y Pa­rís, don­de co­men­zó a can­tar pa­ra ga­nar­se al­gu­nas mo­ne­das, aunque los pri­me­ros me­ses hu­bo días que no con­si­guió nin­gu­na. Y, por fin, una ma­ña­na como otra cual­quie­ra, en la es­ta­ción de me­tro de Pla­ce de Clichy, fue des­cu­bier­to por un ami­go de Matt­hieu Ga­zier, co­fun­da­dor del se­llo Behind. De él ha di­cho que es “una ver­sión mas­cu­li­na de Ni­na Si­mo­ne”. Des­pués, y con esas cre­den­cia­les, to­do vino ro­da­do. No es pa­ra me­nos con un ta­len­to como el de Cle­men­ti­ne, un au­to­di­dac­ta ena­mo­ra­do del com­po­si­tor y pianista fran­cés Erik Sa­tie que apren­dió a to­car mú­si­ca clá­si­ca es­cu­chan­do una emi­so­ra de ra­dio.

Aho­ra, tí­mi­do, des­cal­zo, por­que así le gus­ta to­car su piano de co­la, y con la so­le­dad como mu­sa, rin­de al que le es­cu­cha.

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