CAR­ME CHA­PA­RRO

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“To­do es­tá equi­vo­ca­do­si plan­tea­mos que la con­ci­lia­ción es co­sa­de mu­je­res”

Des­pués de vein­te años de­trás de la me­sa de los in­for­ma­ti­vos de Te­le­cin­co, es­ta pe­rio­dis­ta es ca­si una más en las ca­sas es­pa­ño­las cuan­do lle­ga el fin de se­ma­na. Su re­cha­zo a la de­sigual­dad es ro­tun­do, y así lo de­ja pa­ten­te en las no­ti­cias, a tra­vés de su blog, en los dis­tin­tos me­dios don­de co­la­bo­ra, y en su vi­da. Es ma­dre de dos ni­ñas pe­que­ñas: Laia, de 4 años y Em­ma, de dos. Con Ber­na­bé Do­mín­guez, su pa­re­ja, com­par­te pro­fe­sión y crian­za. ¿Quién me­jor que ella pa­ra ha­blar de mu­je­res en bus­ca de tiem­po?

Ade­más de pre­sen­tar el in­for­ma­ti­vo, tie­nes un blog y eres pro­fe­so­ra de co­mu­ni­ca­ción. Ha­blar de tiem­po li­bre pa­re­ce ca­si un eu­fe­mis­mo...

¿Qué es tiem­po li­bre? [Ri­sas]. Tú di­le a cual­quier ma­dre de ni­ños pe­que­ños: “¿Cuán­to ha­ce que no vas al ba­ño so­la? ¿Y a du­char­te con la puer­ta del ba­ño ce­rra­da?”. Es im­po­si­ble.

La tí­pi­ca pre­gun­ta que nos ha­ce­mos to­das: ¿por qué me que­ja­ba de fal­ta de tiem­po an­tes de ser ma­dre?

Es una de las co­sas que apren­des cuan­do tie­nes ni­ños: si soy ca­paz de mul­ti­pli­car­me y ha­cer vein­te co­sas a la vez, ¿por qué an­tes es­ta­ba can­sa­da y no te­nía tiem­po de... yo qué sé, ba­rrer? An­tes era due­ña de mi tiem­po y aho­ra ni soy due­ña... ni ten­go tiem­po [ri­sas]. Como cual­quier ma­dre. La di­fe­ren­cia es que des­pués de esas no­ches que mis ni­ñas no han dor­mi­do, es­tos cua­tro años que he­mos es­ta­do des­per­tán­do­nos ca­da me­dia ho­ra... lue­go tie­nes que po­ner la son­ri­sa y con­tar las no­ti­cias del día lo me­jor po­si­ble. O cuan­do da­ba el pe­cho, y de re­pen­te, te­nía una subida de le­che en di­rec­to: “¡Ay, Dios mío, que aca­be ya el in­for­ma­ti­vo!” [Ri­sas].

“Yo no quie­ro ser como un hom­bre, pe­ro quie­ro te­ner las mis­mas opor­tu­ni­da­des!”, son pa­la­bras tu­yas. ¿La lle­ga­da de los hi­jos mar­ca la di­fe­ren­cia a ni­vel pro­fe­sio­nal? Yo ten­go mu­cha suer­te: mi pa­re­ja se que­da to­do el fin de se­ma­na so­lo con las dos ni­ñas. Yo me voy a las ocho y me­dia de la ma­ña­na y lle­go a las on­ce de la no­che. Es un pa­dre fe­liz y en­tre­ga­do a sus hi­jas. Es cier­to que ha­blas con mu­chas ma­dres y ¿quién ba­ña a los ni­ños, quién ha­ce la co­mi­da? Al fi­nal eso re­per­cu­te en lo que pue­des ofre­cer a tu em­pre­sa. Los gran­des em­pre­sa­rios de es­te país son, mu­chos, hom­bres, y lo son por­que son muy bue­nos, pe­ro tam­bién por­que la in­ten­den­cia de su ca­sa la tie­nen cu­bier­ta por la mu­jer. Ese qui­zás sea el pa­so que nos fal­ta dar: per­der esa ver­güen­za de exi­gir de­ter­mi­na­das co­sas. Yo ten­go una reunión y ten­go que ir­me dos días, e ir­me sin cul­pa. Te­ne­mos que per­der ese mie­do, esos com­ple­jos que te­ne­mos a exi­gir las co­sas a nues­tra pa­re­ja y a la so­cie­dad.

Y ol­vi­dar­nos de la cul­pa...

La cul­pa es te­rri­ble. Cla­ro que yo me sien­to cul­pa­ble por de­jar a mis ni­ñas. Yo me mue­ro los sá­ba­dos y los do­min­gos cuan­do me voy de ca­sa, pe­ro es mi tra­ba­jo. Ya no sal­go con ami­gas a ce­nar. Por­que no veo a las ni­ñas, no las acues­to, y si ya las veo po­co... Te­ne­mos que tra­ba­jar mu­cho en no sen­tir­nos cul­pa­bles. Yo lo ha­go.

¿La con­ci­lia­ción es la gran asig­na­tu­ra pen­dien­te de es­te si­glo?

Pe­ro to­do es­tá equi­vo­ca­do si plan­tea­mos que la con­ci­lia­ción es co­sa de mu­je­res. ¿Quién ha­bla de con­ci­lia­ción? Tú vas a un fo­ro de con­ci­lia­ción y so­lo hay mu­je­res. Eso no pue­de ser. Hom­bres y mu­je­res tie­nen que en­ten­der que la con­ci­lia­ción es co­sa de to­dos. No es: “Eres mu­jer. Has sa­li­do de ca­sa. Apá­ña­te­las”. Tam­bién tie­ne que ver con la es­truc­tu­ra la­bo­ral, con el pre­sen­cia­lis­mo ex­ce­si­vo... Hay que em­pe­zar a re­gu­lar­lo por ley. Una ami­ga aca­ba de vol­ver del nor­te de Eu­ro­pa, y me de­cía: “Yo he ren­di­do más en seis ho­ras en Du­blín que en diez en Es­pa­ña”. Tra­ba­ja­mos por sa­lir des­pués del je­fe, con co­mi­das de dos ho­ras, y qui­ta­mos es­te tiem­po a la fa­mi­lia. Hay pro­fe­sio­nes en las que es más di­fí­cil con­ci­liar, como en el pe­rio­dis­mo. Es la pro­fe­sión y lo asu­mi­mos así. Hay otras en las que se po­dría ha­cer mu­cho me­jor pa­ra que la gen­te pue­da es­tar con sus hi­jos. Se ha­ce en el res­to de Eu­ro­pa y son más pro­duc­ti­vos. Aque­llos que tie­nen más tiem­po li­bre rin­den más en el tra­ba­jo.

En Es­pa­ña, la gran ma­yo­ría de las me­di­das de con­ci­lia­ción son adop­ta­das por mu­je­res.

Es lo que no pue­de ser. No es co­sa de mu­je­res, es co­sa de dos per­so­nas que tie­nen bebés. No se tra­ta de que ha­ya pa­dres im­pli­ca­dos, pa­dres que echan una mano... No se im­pli­can, no ayu­dan, ¡es que el hi­jo es tu­yo!

Ha­ce fal­ta un cam­bio de men­ta­li­dad im­por­tan­te.

Como cuan­do el ni­ño se ha­ce una bre­cha en el co­le, ¿a quién lla­man? Ayer fui a una reunión de la co­mu­ni­dad de ve­ci­nos y mi ma­ri­do se que­dó con las ni­ñas ba­ñán­do­las y

“T e n e mos que per­der ese mie­do a exi­gir las co­sas anues­tra pa­re­ja y a la so­cie­dad”

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