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AR - - ENTREVISTA -

po­dre­mos ven­der­las si es ne­ce­sa­rio. Pe­ro mien­tras tan­to me gus­ta dis­fru­tar­las. Tam­bién su­ce­de que soy una per­so­na muy aglu­ti­na­do­ra y que­rría te­ner cer­ca, en el mis­mo edi­fi­cio, a to­da la fa­mi­lia, los ami­gos... Cuan­do quie­ro a al­guien soy de­ma­sia­do pro­tec­tor y de­ma­sia­do ab­sor­ben­te. Soy muy pa­triar­ca y muy ma­triar­ca [ri­sas], por al­go me he cria­do con mi abue­li­ta Lui­sa, mi abue­la Cu­ca, mi tía Ele­na y mi ma­dre.

Ba­rrio Sé­sa­mo El Ja­ba­to Lo más bo­ni­to es que­dar­te en ca­sa con tu chi­ca, dor­mir­te la sies­ta en el so­fá ta­pa­dos con una man­ta, ver jun­tos una pe­li o una se­rie en la te­le­vi­sión...”

Ha­blan­do de ellas, ¿qué hay de aque­llas me­rien­das de tu in­fan­cia?

¡Apren­dí tan­to en aque­llas tar­des...! A mí me da­ba igual. Me re­sul­ta­ba más in­tere­san­te es­cu­char lo que con­ta­ba mi abue­la de su pue­blo, de cuan­do se fue a otro lu­gar y co­no­ció a mi abue­lo ri­co, de có­mo la fa­mi­lia no la que­ría por­que era po­bre y a pe­sar de to­do se ca­sa­ron y sa­ca­ron ade­lan­te a sus sie­te hi­jos... Mien­tras mi her­mano leía te­beos de

y no­ve­las his­tó­ri­cas, yo pre­fe­ría esas me­rien­das tan bo­ni­tas.

¿Nos­tál­gi­co?

Creo que to­dos so­mos nos­tál­gi­cos, aun­que a ve­ces no que­ra­mos re­co­no­cer­lo por­que en­ton­ces pa­re­ce que nos he­mos que­da­do an­cla­dos en al pa­sa­do. Pe­ro yo echo de me­nos aque­llas tar­des.

Cuen­tas en que eras un ni­ño muy mie­do­so. ¿Aho­ra a qué le tie­nes mie­do?

A mo­rir en vi­da, a esas en­fer­me­da­des de­ge­ne­ra­ti­vas en las que no so­lo te de­ge­ne­ras tú, sino to­do tu en­torno. ¿Ves? Ten­go ese la­do lú­di­co y fes­ti­vo que me en­can­ta y fo­men­to, pe­ro tam­bién ten­go mis preo­cu­pa­cio­nes y mis mie­dos. Yo ya le he di­cho a Ol­vi­do que si al­gún día ten­go al­go ma­lo, que me lo di­ga. No quie­ro que me en­ga­ñen. Tam­bién quie­ro que me en­tie­rren y que ven­ga mu­cha gen­te: no hay na­da más tris­te que ir a un en­tie­rro y que no ha­ya na­die. Y des­pués que ca­da uno si­ga con su vi­da. No ten­go mie­do a la muer­te, pe­ro sí a que la gen­te lo pase mal.

“Pa­rez­co ton­to, pe­ro no lo soy”, te he oí­do de­cir en al­gu­na oca­sión. “Sa­bes mu­cho más de lo que mues­tras”, es al­go que te han di­cho. ¿Por qué cuan­do eres una per­so­na cu­rio­sa y con cul­tu­ra se tie­ne esa otra vi­sión de ti? A ver, yo soy cul­to so­lo de lo que me in­tere­sa. Eso sí, me in­tere­san mu­chas co­sas y muy va­ria­das. Creo que cul­to pue­de ser cual­quie­ra y que­rer ser­lo so­lo es una cues­tión de in­te­rés. Tam­bién me he pro­fe­sio­na­li­za­do en el medio y, cla­ro, no ha­blo de lo mis­mo hoy con­ti­go que en al­gu­nos pro­gra­mas de en­tre­te­ni­mien­to, por­que cam­bia el for­ma­to. Y la ver­dad es que tam­po­co pre­ten­do que la gen­te se­pa lo que sé o no, por­que me da igual. Los com­ple­jos y pre­jui­cios im­pi­den a la gen­te ser más li­bre, y yo lo soy. ¡Me­nos pre­jui­cios y más res­pe­to!

Eso sí, cuan­do al­go te gus­ta te vuel­ves un po­co ob­se­si­vo, ¿no?

[Ri­sas] Sí. Mi­ra, des­cu­brí ha­ce un tiem­po a un pin­tor que fue aman­te de la mu­jer de Po­llock, Lee Kras­ner. Se lla­ma­ba Igor Pan­tuhoff. Fue en un an­ti­cua­rio del ras­tro don­de vi por vez pri­me­ra sus cua­dros, que ha­bían per­te­ne­ci­do a un em­ba­ja­dor nor­te­ame­ri­cano en los años se­sen­ta. Las pin­tu­ras re­fle­ja­ban unas ni­ñas ye­yés muy del es­ti­lo de Ma­ri­sol, su­per­gua­pas y muy naif, pe­ro con un to­que sexy. Los com­pra­mos y Pan­tuhoff se con­vir­tió en ob­se­sión. In­ves­ti­gué y lo bus­qué to­do so­bre él y aho­ra te­ne­mos el sa­lón lleno de cua­dros su­yos. Des­cu­brir es­tá muy bien y yo me ob­se­siono con to­do. Cuan­do las co­sas te ha­cen fe­liz, dis­frú­ta­las; y yo no ten­go me­di­da en eso.

Aho­ra has vuel­to a la fa­cul­tad pa­ra es­tu­diar In­for­ma­ción y Do­cu­men­ta­ción. ¿Có­mo es re­gre­sar al cam­pus a los cua­ren­ta?

Pues me he da­do cuen­ta de que he si­do un im­pru­den­te, por­que es­tu­diar cuan­do tie­nes ya 41 años y tra­ba­jan­do a la vez es muy di­fí­cil. An­tes lo ha­cía por­que cuan­do eres más jo­ven tie­nes más vi­ta­li­dad y más neu­ro­nas... Así que de mo­men­to me he ma­tri­cu­la­do de va­rias asig­na­tu­ras y he he­cho mis pri­me­ras prác­ti­cas, pe­ro es­ta vez no he po­di­do pre­sen­tar­me a los exá­me­nes, por­que, eso sí, tam­bién soy pro­fe­sio­nal pa­ra es­tu­diar. Sé que me po­dría ha­ber sa­ca­do las tres pri­me­ras asig­na­tu­ras, que eran muy bá­si­cas, pe­ro no me con­for­mo con un apro­ba­do: pre­fie­ro es­pe­rar y sa­car no­ta, por­que pa­ra no ha­cer­lo bien no lo ha­go.

¿Ha cam­bia­do mu­cho aquel cam­pus que co­no­ci­mos?

Mu­chí­si­mo. Aho­ra es­tá el cam­pus vir­tual, y yo soy de los que pre­fie­ren ir a cla­se, to­mar apun­tes, es­cu­char... Ade­más, los es­tu­dian­tes más pa­re­ce que es­tén en el ins­ti­tu­to, y los pro­fe­so­res que es­tén pi­dien­do per­dón por si aca­so sus alum­nos no en­tien­den al­go. Pe­ro a mí me gus­ta mu­cho es­tu­diar, creo que es al­go vo­ca­cio­nal. Soy un ra­tón de bi­blio­te­ca.

Y, por cu­rio­si­dad, ¿qué tie­ne es­ta ca­rre­ra que tan­to te gus­ta?

Me en­can­ta la ca­ta­lo­ga­ción. Ade­más, ten­go mu­chos ar­chi­vos en

“Una bi­blio­te­ca mues­tra mu­cho acer­ca de la per­so­na­li­dad de quien la ha reuni­do [Alaska y él com­par­ten una de 4.000 tí­tu­los], tan­to como su for­ma de ves­tir o su dis­co­te­ca

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