Y... LLE­GÓ EL

AR - - SUMARIO -

VE­RANO

Siem­pre he si­do una chi­ca de ve­rano. Aho­ra, una mu­jer de ve­rano. Lo de chi­ca de­be­ría ir ol­vi­dán­do­lo cuan­do me re­fie­ro a mí mis­ma. O no. Pre­fie­ro mil ve­ces el ca­lor al frío y me gus­ta lle­var los pies des­nu­dos, qui­tar­me me­dias, jer­séis y abri­gos. Me en­can­ta el sol en la piel, aun­que sé que es ma­lí­si­mo, y el tono do­ra­do que te ha­ce más al­ta, más es­bel­ta y más sa­lu­da­ble. No me im­por­ta lle­nar­me de pe­cas, pe­ro de­tes­to las man­chas, aun­que una bue­na pro­tec­ción y pa­cien­cia obran mi­la­gros.

Ve­rano son no­ches lar­gas de con­ver­sa­ción y re­lax, mar y sies­tas en va­ca­cio­nes, te­rra­zas en la ciu­dad, lec­tu­ras li­ge­ras, vol­ver a la in­fan­cia, los jue­gos al ai­re li­bre, mon­tar en bi­ci­cle­ta, acos­tar­me tar­de aun­que ten­ga que ma­dru­gar, es­ti­rar los días pa­ra dis­fru­tar de mis hi­jos. La cer­ve­za he­la­da y el tin­to de ve­rano, el gaz­pa­cho en la ne­ve­ra y ol­vi­dar el se­ca­dor y el ma­qui­lla­je.

Lo aso­cio a li­ber­tad, a jor­na­das re­la­ja­das y atar­de­ce­res len­tos, a pen­sar sin pri­sa y mi­rar las es­tre­llas. No es una me­tá­fo­ra: en in­vierno nun­ca miro las es­tre­llas. La ma­yo­ría de los días no se ven y los otros es­tán cu­bier­tas por la con­ta­mi­na­ción o estás me­ti­da en ca­sa. Me en­can­ta la com­bi­na­ción de ener­gía y pe­re­za se­gún la ho­ra, y que los pe­ques es­tén de va­ca­cio­nes.

No me gus­ta que ha­ya elec­cio­nes en ve­rano, pe­ro es­to se lo pa­so al de­be de los po­lí­ti­cos. Sep­tiem­bre es un mes de ini­ciar, ju­lio de con­cluir y agos­to de ‘agos­tear’, es de­cir, de no pen­sar mu­cho y de­jar to­do el es­trés pa­ra el co­mien­zo de cur­so. To­do cam­bio de vi­da, de tra­ba­jo, de co­le­gio, de es­ta­do ci­vil, cual­quier de­ci­sión que ha­ya que to­mar con­vie­ne de­jar­la apar­ca­da en nues­tra ca­be­ci­ta, que va­ya co­ci­nán­do­se sin ha­cer­le mu­cho ca­so y, sin tan­to ago­bio, lle­ga­rá so­la.

Es­te es el nú­me­ro de las dis­fru­to­nas. Ya ha­ce mu­cho, mu­chí­si­mo, que me apun­té a ese club, el de sa­car el ma­yor pro­ve­cho a to­do aque­llo que nos da sa­tis­fac­ción, efí­me­ra o no. Un pla­na­zo o un pe­que­ño pre­mio co­ti­diano. El día a día es real­men­te du­ro pa­ra to­dos: obli­ga­cio­nes, tra­ba­jo, pri­sa, ese no lle­gar nun­ca. Y, de re­pen­te, un ins­tan­te, una lla­ma­da, un ca­fé, un ma­sa­je, un be­so, una in­vi­ta­ción, un plan. Me apun­to a to­do. Nun­ca de­jo de ha­cer na­da que me gus­ta: ver una pe­lí­cu­la, leer un li­bro, ce­nar con ami­gos... Y lo dis­fru­to, lo sa­bo­reo, lo re­ten­go y apu­ro to­do lo que pue­do. Du­ran­te el cur­so hay tan po­co mar­gen pa­ra na­da que no sea tra­ba­jo y ca­sa, que no se de­ben des­apro­ve­char esos ra­tos que te dan la vi­da.

Fe­liz mes de ju­lio.

“Lo aso­cio a la li­ber­tad, a fal­ta de ho­ra­rios o jor­na­das re­la­ja­das y atar­de­ce­res len­tos, a pen­sar sin pri­sa y mi­rar las es­tre­llas”

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