“Carlota siem­pre in­ten­ta res­ca­tar­me, me or­ga­ni­za”

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re­la­cio­na­da con la te­le­vi­sión y el en­tre­te­ni­mien­to.

Y ejer­cer de mo­de­lo era otra de tus pasiones...

¡Sí, te­nía po­se y to­do, con la pier­na ade­lan­ta­da y la mano en la ca­de­ra! No sé dón­de lo ve­ría. Por en­ton­ces no exis­tía el mun­do sel­fi, pe­ro era lo más pa­re­ci­do. En cuan­to veía una cámara, te­nía que ser la pro­ta­go­nis­ta, los de­más so­bra­ban. Guar­da­mos mu­chos ál­bu­mes fa­mi­lia­res en los que sal­go in­ten­tan­do apar­tar al res­to de la fo­to.

¿Qué es lo más va­lio­so que os han en­se­ña­do vues­tros pa­dres?

Un amor y un res­pe­to in­men­so por la na­tu­ra­le­za, los ani­ma­les, por es­tar en con­tac­to con uno mis­mo... Es­to lo he­mos he­re­da­do de nues­tra ma­dre y de nues­tro abue­lo, que te­nía una re­la­ción es­pe­cial con el cam­po, los ár­bo­les, la ma­de­ra, to­do lo na­tu­ral. Pe­ro creo que uno de los gran­des re­ga­los que nos han he­cho es no pre­sio­nar­nos nun­ca con na­da. He­mos te­ni­do li­ber­tad ab­so­lu­ta de ele­gir lo que que­ría­mos ha­cer, lo que que­ría­mos ser. Nos han ayu­da­do a desa­rro­llar una cu­rio­si­dad por la vi­da, por apren­der, por es­tar abier­tas a to­do. Nos han en­se­ña­do a vo­lar.

¿Có­mo es ese ‘mo­men­to sies­ta’ tan es­pe­cial de los Ve­las­co? ¿Lo se­guís prac­ti­can­do de vez en cuan­do?

¡Sí! Ade­más ha­ce po­co hi­ci­mos una fo­to ree­di­ción del mo­men­to ori­gi­nal, de cuan­do éra­mos pe­que­ñas. Es al­go muy nues­tro, de las tres, ma­dre e hi­jas. Una ‘sies­ta im­po­si­ble’ en el si­llón, unas en­ci­ma de las otras.

Y yo le pe­día a mi ma­dre que me to­ca­ra los pies, al­go que to­da­vía si­go ha­cien­do. Es una de las co­sas que más me re­la­jan y me gus­tan del mun­do. ¡Y no va­le cual­quie­ra, tie­ne que ser mi ma­dre!

¿Y a vues­tro pa­dre no le da en­vi­dia?

No, y se si­gue man­te­nien­do al mar­gen. Le en­can­ta que es­te­mos las tres en ca­sa, pe­ro pa­ra oír­nos de fon­do. A ve­ces le de­ci­mos: “Pe­ro, pa­pá, siem­pre quie­res que ven­ga­mos a ver­te, que ven­ga­mos a co­mer las dos, y lue­go no estás con no­so­tras”. Y nos res­pon­de: “Sí, pe­ro yo sé que es­táis aquí”.

Con vues­tras agen­das, no tie­ne que ser fá­cil en­con­trar tiem­po pa­ra ve­ros. ¿Có­mo os or­ga­ni­záis?

Dur­mien­do po­co, sa­cri­fi­can­do mi tiem­po li­bre y mi vi­da per­so­nal, pe­ro con mu­cha ilu­sión. Me sien­to muy afor­tu­na­da de po­der ha­cer es­tos tres pro­yec­tos, me en­can­tan. En­tien­do que lo que to­ca en es­tos mo­men­tos es tra­ba­jar. Y cuan­do ten­go un mo­men­to, lo de­di­co a des­can­sar y a leer. Es sa­gra­do. Me pon­go el des­per­ta­dor dos ho­ras an­tes, me le­van­to, me ha­go un té y me vuel­vo a me­ter en la ca­ma a leer. Aho­ra estoy in­mer­sa en un li­bro de Ali­ce Mun­ro, Me fas­ci­na su for­ma de es­cri­bir. Sa­be cap­tar la reali­dad con tan­ta ver­dad que te lle­ga al co­ra­zón.

Y en tu ca­so, Carlota, ¿ya tie­nes cla­ro que el pe­rio­dis­mo de­por­ti­vo es lo que quie­res ha­cer en el fu­tu­ro?

Me gus­ta mu­cho mi pro­fe­sión, so­bre to­do cuan­do me to­ca en­tre­vis­tar a per­so­na­jes co­mo Da­vid Beck­ham, uno de mis ído­los. ¡Me hi­zo mu­cha ilu­sión en­tre­vis­tar­le por­que es­ta­ba to­tal­men­te enamo­ra­da de él cuan­do era ado­les­cen­te! [ri­sas]. Lo que ha­go me ofre­ce la po­si­bi­li­dad de via­jar, de cam­biar de es­ce­na­rio, de re­la­cio­nar­me con más gen­te. Sien­to que con­si­go sa­car mu­cho más par­ti­do a los días. Y es­to lo va­lo­ro mu­chí­si­mo, pe­ro es cier­to que me que­da mu­cho ca­mino aún, y estoy abier­ta a co­no­cer otros mun­dos.

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Úl­ti­ma­men­te, co­mer jun­tas es el plan que más nos gus­ta. So­le­mos que­dar cuan­do en­con­tra­mos un hue­co pa­ra des­cu­brir nue­vos si­tios. Y, co­mo en to­do, mi her­ma­na es un po­co ex­ce­si­va... Va­mos a co­mer y tie­ne que pro­bar­lo to­do, la car­ta en­te­ra.

¿Al­gu­na re­co­men­da­ción? ¿Cuál ha si­do vues­tro úl­ti­mo des­cu­bri­mien­to gas­tro­nó­mi­co?

Es­tu­vi­mos ha­ce po­co en la Sa­la de Des­pie­ce, en Ma­drid, en la ca­lle Pon­zano. Una au­tén­ti­ca ma­ra­vi­lla, nos en­can­tó: las mez­clas, las tex­tu­ras, la pre­sen­ta­ción en el tí­pi­co pa­pel de es­tra­za de en­vol­ver la car­ne... La ma­te­ria pri­ma es es­tu­pen­da. Ri­quí­si­mo y muy di­ver­ti­do. Di­fe­ren­te. ¡Y tie­nes que con­se­guir lle­gar al pos­tre por­que no te pue­des per­der el flan!

¿Qué ocu­rre cuán­do no con­se­guís ve­ros? ¿Ha­bláis mu­cho por te­lé­fono?, ¿os es­cri­bís por What­sapp?

Pues con el pre­ce­den­te de nues­tra ma­dre, que nos lla­ma to­do el día pa­ra sa­ber có­mo es­ta­mos, dón­de es­ta­mos... sí. Si me pa­sa al­go, co­jo el te­lé­fono en­se­gui­da pa­ra con­tár­se­lo a Ma­nue­la. Y ella lo uti­li­za pa­ra lla­mar­me ca­da no­che y can­tar­me una na­na, co­mo so­lía ha­cer cuan­do yo era pe­que­ña.

Es­ca­pa­da.

En reali­dad, es una pe­que­ña ven­gan­za. Por­que aho­ra Carlota es más in­de­pen­dien­te, quie­re ha­cer su vi­da. Pe­ro yo me he pa­sa­do años con­tán­do­le ca­da no­che cuen­tos y can­tan­do na­nas, una tras otra, hasta que por fin se que­da­ba dor­mi­da. Así que, aho­ra, le to­ca aguan­tar­se [ri­sas].

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