Reali­dad a flor de piel

Si­li­co­na, plás­ti­cos y re­si­nas se con­vier­ten en la car­ne de unas es­cul­tu­ras que pa­re­cen es­tar do­ta­das de al­ma.

AR - - ARTE -

Es­tar ro­dea­da de es­tas mag­ní­fi­cas es­cul­tu­ras y ver­las tan per­fec­tas, pe­ro in­mó­vi­les, te pro­vo­ca un es­ca­lo­frío al que si­gue el asom­bro y la ad­mi­ra­ción por sus crea­do­res. ¿De ver­dad esa be­lla mu­jer de la ima­gen de arri­ba es de si­li­co­na y fi­bra de vi­drio? Pues sí. Lily es obra de Ja­mie Sal­mon, uno de los ar­tis­tas más re­pre­sen­ta­ti­vos de la es­cul­tu­ra hi­per­rea­lis­ta. Jun­to a él, otros 25 nom­bres más mos­tra­rán su ar­te a tra­vés de 34 ex­cep­cio­na­les obras per­te­ne­cien­tes a un mo­vi­mien­to que co­men­zó a to­mar for­ma en la dé­ca­da de los se­ten­ta. En­tre los in­vi­ta­dos a es­ta ex­po­si­ción des­ta­can Ca­ro­le A. Feuer­man, una de las pio­ne­ras, en cu­ya obra des­ta­can los tor­sos ves­ti­dos con ac­ce­so­rios de na­ta­ción (en es­ta pá­gi­na ve­mos La ge­me­la del ge­ne­ral), el po­lé­mi­co Ron Mueck, au­tor de la es­ca­lo­frian­te Dead Dad, fi­gu­ra en la que mues­tra a su pa­dre muer­to co­mo en una sa­la de au­top­sias, y Sam Jinks, uno de los me­jo­res a la ho­ra de re­pro­du­cir el cuer­po hu­mano, lo que ha­ce de una ma­ne­ra fas­ci­nan­te, co­mo po­de­mos com­pro­bar al ver pie­zas co­mo Mu­jer con ni­ño (iz­quier­da) y Mu­jer arro­di­lla­da (aba­jo).

Mueck ha di­cho en más de una oca­sión: “Aun­que de­di­co mu­cho tiem­po a la su­per­fi­cie, es la vi­da in­te­rior lo que quie­ro cap­tu­rar”. Y en ver­dad eso es lo que con­si­guen to­dos ellos, por­que al mi­rar sus obras te das cuen­ta de que pa­re­ce que la vi­da se es­ca­pa por sus bo­cas. Es tal el gra­do al que ele­van la fi­gu­ra­ción hu­ma­na que no so­lo con­si­guen trans­mi­tir­nos su ob­je­ti­vo, esa ilu­sión de au­ten­ti­ci­dad, sino que tam­bién nos ha­cen lle­gar las so­le­da­des y mi­se­rias del ser hu­mano en una suer­te de de­nun­cia que sen­ti­mos en nues­tra pro­pia piel.

Una mues­tra fas­ci­nan­te en la que te re­co­men­da­mos que te de­jes se­du­cir por la tier­na mons­truo­si­dad de las cria­tu­ras crea­das por Pa­tri­cia Pic­ci­ni­ni. Te lle­ga­rán al co­ra­zón.

Hasta el 26 de sep­tiem­bre en el Mu­seo de Be­llas Ar­tes de Bil­bao.

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