JU­DIT MAS­CÓ

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o “An­tes mi vi­da me con­tro­la­ba, aho­ra man­do yo”

¿Y de­cir adiós a los com­ple­jos y las in­se­gu­ri­da­des?

No, no nos li­be­ra­mos ab­so­lu­ta­men­te de to­do, pe­ro la per­cep­ción que ten­go de las co­sas es dis­tin­ta. Me vis­to co­mo me gus­ta, no me preo­cu­pa lo que pien­sen los de­más, me va­le con que yo me vea y me sien­ta bien. Quie­ro que me res­pe­ten por lo que yo de­mues­tro. Aho­ra mis­mo no ten­go de­trás una mar­ca que de­fen­der. Ten­go que de­fen­der mi ca­be­za, no mi es­té­ti­ca.

De­be de ser un gran cam­bio res­pec­to a tu eta­pa co­mo mo­de­lo pro­fe­sio­nal.

La ver­dad es que yo nun­ca me he cui­da­do, pe­ro creo que aho­ra me preo­cu­pa me­nos. Es co­mo un mo­men­to de acep­ta­ción im­por­tan­te. Cuan­do eres jo­ven pien­sas: “¿A quién per­te­nez­co? ¿A quién me pa­rez­co? ¿A pa­pá o a ma­má?”. Por­que siem­pre ne­ce­si­tas una re­fe­ren­cia. Y lle­ga el mo­men­to en el que de­jas de bus­car, lle­gas a asu­mir lo que eres y quién eres, y ya no tie­nes que de­mos­trar na­da a na­die. Es un mo­men­to en el que creo que se te con­sien­te que vi­vas li­bre­men­te.

Se­gún los ex­per­tos, tras los cua­ren­ta el cerebro de una mu­jer es más es­ta­ble, más ma­du­ro y más pro­pen­so a crear y em­pren­der. ¿Te sien­tes así?

Yo no he es­tu­dia­do Be­llas Ar­tes, pe­ro dis­fru­to mu­cho con la pin­tu­ra y pon­go en ello to­da mi ener­gía, es­fuer­zo y te­són. Es­toy con­ven­ci­da de que to­do el mun­do puede ha­cer lo que se pro­pon­ga en la vi­da. So­lo rgu­llo­sa de la vi­da que ha cons­trui­do jun­to a su ma­ri­do y sus hi­jas, Ju­dit con­fie­sa que se sor­pren­de de lo rá­pi­do que pa­sa el tiem­po. Con 46 años, la ca­ta­la­na tie­ne cla­ro que cui­dar­se sigue sien­do esen­cial pa­ra su pro­fe­sión, aun­que es­tá con­ven­ci­da de que la be­lle­za es tam­bién un es­ta­do de áni­mo. Re­co­no­ce que el pa­so del tiem­po nos cam­bia a to­dos, aun­que es en es­ta eta­pa cuan­do se sien­te más res­pe­ta­da, tan­to en lo per­so­nal co­mo en lo pro­fe­sio­nal. La mo­de­lo ase­gu­ra que vi­ve su mo­men­to más dul­ce: aho­ra to­do es­tá en su si­tio, cuen­ta.

¿Es­tán sien­do los cua­ren­ta una eta­pa cla­ve en tu vi­da? ¿Qué te es­tá en­se­ñan­do el pa­so del tiem­po?

A to­már­me­lo to­do con más sen­ti­do del hu­mor, a pro­bar co­sas nue­vas, a di­ver­tir­me más. Es una ac­ti­tud que me da ener­gía, me da vi­da. Pe­ro es­tá cla­ro que el pa­so del tiem­po nos cam­bia. Al re­cor­dar, sien­to ca­ri­ño por la que fui y por lo que vi­ví. La gran di­fe­ren­cia es que hay que desear­lo de ver­dad y lu­char por ello. Mu­chas ve­ces so­mos no­so­tros quie­nes po­ne­mos esas li­mi­ta­cio­nes, esas ba­rre­ras tremendas que no nos de­jan avan­zar.

¿Qué es lo más im­por­tan­te que has apren­di­do de tus dos hi­jos, Luis y Lau­ra?

So­bre to­do me fas­ci­na esa crea­ti­vi­dad sin lí­mi­tes, y mu­chas ve­ces no per­mi­ti­mos que la ex­pre­sen li­bre­men­te. La so­cie­dad y la edu­ca­ción que re­ci­bi­mos la em­pe­que­ñe­cen, im­pi­den que la vea­mos, pe­ro es­tá den­tro de no­so­tros. Con mis hi­jos apren­do un mon­tón, to­dos los días. Ten­go que con­fe­sar que nun­ca he si­do muy ni­ñe­ra: me da­ban mu­cho res­pe­to. Re­cuer­do en mi in­fan­cia que mis ami­gas que­rían ir a ju­gar con ni­ños más pe­que­ños, y yo nun­ca que­ría, no me sen­tía có­mo­da. Y cuan­do tu­ve a los ni­ños fue al­go in­creí­ble. Sen­tí co­mo si hi­cie­ra una in­tros­pec­ción pa­ra ver lo ma­ra­vi­llo­so del ser hu­mano. Con ellos te das cuen­ta de que vuel­ves a ser tú mis­ma, a re­cu­pe­rar tu esen­cia. Por­que es­tá bien ser res­pon­sa­ble, pe­ro esa fal­ta de pre­jui­cios de los ni­ños, esa inocen­cia, esa pu­re­za... me en­can­ta.

¿De­ja­rías de ha­cer al­go de lo que has he­cho en tu vi­da? ¿Qué cam­bia­rías si te die­ran la opor­tu­ni­dad?

Na­da. Aquí ca­da mi­nu­to cuen­ta. Y ten­go que dar gra­cias por to­dos es­tos mi­nu­tos, por to­da es­ta ex­pe­rien­cia de vi­da y por to­da la que aún que­da por lle­gar. Aho­ra es­toy aquí y soy quien soy. aho­ra me sien­to más se­gu­ra. In­ten­to ser más au­tén­ti­ca y con­fiar más en mí mis­ma: no bus­co siem­pre la apro­ba­ción de los de­más. Y en es­ta eta­pa más ma­du­ra co­mo mo­de­lo es cuan­do per­ci­bo más res­pe­to por mi ca­rre­ra y mi vi­da per­so­nal. Aho­ra es­tá to­do más en su si­tio. An­tes mi vi­da me con­tro­la­ba, aho­ra man­do yo.

Con 46 años no has de­ja­do en nin­gún mo­men­to de tra­ba­jar, al­go que en tu pro­fe­sión no es na­da fácil...

La ver­dad es que no me pue­do que­jar. Si­go ha­cien­do pu­bli­ci­dad en te­le­vi­sión, posando pa­ra re­vis­tas de mo­da, pre­sen­tan­do even­tos... Soy una per­so­na in­quie­ta, me gus­ta apren­der. Y las co­sas que me su­po­nen un re­to me es­ti­mu­lan. Siem­pre es­toy abier­ta a nue­vas ex­pe­rien­cias. Me sor­pren­de ver lo rá­pi­do que pa­san los años y ten­go ga­nas de apro­ve­char­los al má­xi­mo.

¿Es más ha­bi­tual que te ofrez­can aho­ra cier­tos tra­ba­jos o pa­pe­les en mo­da y pu­bli­ci­dad?¿Te has lle­ga­do a sen­tir en­ca­si­lla­da por tu edad?

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