ANA MI­LÁN

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a “Aho­ra voy más des­pa­cio pa­ra po­der vi­vir más a fon­do” Voy a lla­mar a las co­sas por tu nom­bre,

Pe­ro sí man­tie­nes la mis­ma ener­gía y ga­nas de nue­vos pro­yec­tos, de crear, tra­ba­jar, es­cri­bir...

Eso sí, la mis­ma ener­gía y las mis­mas ga­nas, Si es­tás in­ven­tan­do des­de que eres pe­que­ña o di­bu­jan­do o es­cri­bien­do, ha­blan­do con­ti­go mis­ma... [ri­sas] no pue­des ir con­tra na­tu­ra. Ten­dré ochen­ta años y se­gui­ré igual.

Por lo que cuen­tas, pa­re­ces una mu­jer bas­tan­te exi­gen­te con­ti­go mis­ma...

Lo era an­tes más. Con el tiem­po me he re­la­ja­do. Creo que apren­des a re­la­ti­vi­zar un po­co y con los años sí ga­nas mu­chas co­sas. Cuan­do di­cen que la ex­pe­rien­cia es un gra­do, yo di­go: “Se­gu­ro que voy a tro­pe­zar con la mis­ma pie­dra, pe­ro aho­ra igual no me la pe­go”.

Y an­tes de los cua­ren­ta ya ha­bías cum­pli­do con cre­ces uno de los ob­je­ti­vos que se su­po­ne de­be­mos ha­cer en es­ta vi­da: es­cri­bir un li­bro y en­ci­ma ga­nar un pre­mio. ¿Có­mo se sien­te una ga­nan­do el Pla­ne­ta con su pri­me­ra no­ve­la? Lo vi­ví co­mo los Ós­car, fue in­creí­ble. Ten­go que re­co­no­cer que fue uno de los mo­men­tos más im­por­tan­tes de mi vi­da. Aun­que lue­go le si­guió un año muy di­fí­cil a ni­vel per­so­nal y emo­cio­nal. Pe­ro siem­pre he creí­do que la vi­da te com­pen­sa, y to­do aca­ba equi­li­brán­do­se.

¿Te preo­cu­pa tu as­pec­to? ¿Te cui­das mu­cho?

Soy una mu­jer nor­mal... ¡Eso quie­re de­cir que lle­vo to­da la vi­da ha­cien­do die­ta! [Ri­sas] En­tre se­ma­na in­ten­to no pa­sar­me, ni pan, ni cho­co­la­te... Y el fin de na Mi­lán es una de esas mu­je­res ca­pa­ces de con­ta­giar­te en se­gun­dos su ener­gía y op­ti­mis­mo aun­que aca­béis de sa­lu­da­ros por pri­me­ra vez. Or­gu­llo­sa del tra­yec­to re­co­rri­do, con­fie­sa sen­tir­se fe­liz de ver a la mu­jer de 42 años que sa­lu­da ca­da día fren­te al es­pe­jo, y a la que tam­bién son­ríe. La ac­triz aca­ba de pu­bli­car su se­gun­do li­bro, (Ed. La Es­fe­ra de los Li­bros), pe­ro sigue re­sis­tién­do­se a que la lla­men ‘es­cri­to­ra’. En es­te mo­men­to de su vi­da ha de­ci­di­do sa­bo­rear ca­da atar­de­cer an­tes de se­guir su camino. ¿Su truco a los cua­ren­ta? Echar el freno pa­ra po­der vi­vir y dis­fru­tar de la vi­da más in­ten­sa­men­te.

Pa­re­ce que cum­plir años te sien­ta muy bien...

¡Cla­ro que sí! Cuan­do lle­gas a cier­ta edad y em­pie­zas a ha­blar en pa­sa­do de la ju­ven­tud, te das cuen­ta de que en el camino has si­do la ma­la, pe­ro tam­bién Ce­ni­cien­ta... se­ma­na co­mo de to­do sin pen­sar. Co­cino muy po­co, co­mo fru­ta, ver­du­ra... La no­che exi­ge que te cui­des pa­ra man­te­ner­te bien. ¡Y me en­can­ta sa­lir a an­dar!

Hay ru­mo­res de que es­tás ter­mi­nan­do tu se­gun­da no­ve­la... ¿Nos pue­des ade­lan­tar al­go?

Sí, en ello es­toy. He tar­da­do bas­tan­te en em­pe­zar­la por­que no que­ría que fue­ra una pri­sión pa­ra mí, no que­ría sen­tir­me obli­ga­da a es­cri­bir, sino al con­tra­rio, que fue­ra al­go que me die­ra alas. Gi­ra en torno a un te­ma es­pe­cial: los amo­res pla­tó­ni­cos, los úni­cos que no se des­gas­tan al no con­ver­tir­se en reali­dad, y que per­ma­ne­cen in­tac­tos por siem­pre. El amor, el desamor, son te­mas fun­da­men­ta­les pa­ra mí...

¿Y a los cua­ren­ta vi­ves igual el amor?

A es­ta edad va­lo­ras otras co­sas de tu pa­re­ja: la tran­qui­li­dad, la es­ta­bi­li­dad, la cal­ma, te­ner formas pa­re­ci­das de dis­fru­tar la vi­da, com­par­tir los ra­tos de ocio... Te das cuen­ta de que es cier­to lo que de­cían to­dos los tra­ta­dos so­bre el amor. Tú creías que po­días te­ner una re­la­ción con al­guien que fue­ra com­ple­ta­men­te dis­tin­to a ti, pe­ro eso no sue­le pa­sar. Aun­que tam­bién pien­so que la vi­da te da mu­chas sor­pre­sas, y que a ve­ces lle­ga un ven­da­val que lo po­ne to­do pa­tas arri­ba. Yo vi­vo so­la. Mi pa­re­ja vi­ve en otra ciudad, y la ver­dad es que nos re­sul­ta muy fácil. Co­mo di­ce Woody Allen, la pa­re­ja per­fec­ta. [Ri­sas]. Hay mil ma­ne­ras de te­ner una re­la­ción, de vi­vir la pa­re­ja, mien­tras te sien­tas fe­liz. Por­que vi­vir a fon­do im­pli­ca equi­vo­car­te, ser ma­la, ser bue­na, que te trai­cio­nen, sa­car­te el pu­ñal y cla­var­lo tú. Sig­ni­fi­ca un mon­tón de co­sas. Creo que el tó­pi­co de “yo soy yo y mis cir­cuns­tan­cias” es ab­so­lu­ta­men­te cier­to, por­que las cir­cuns­tan­cias pue­den ser múl­ti­ples y va­ria­das, in­clu­so en el mis­mo día, ¡así que ima­gí­na­te a lo lar­go de los años! Y aho­ra sien­to que vi­vo un po­co más des­pa­cio pa­ra po­der vi­vir más a fon­do.

¿Qué co­sas has con­se­gui­do des­te­rrar pa­ra siem­pre de tu vi­da? ¿En qué no­tas que has cam­bia­do?

Me he da­do cuen­ta de que he aca­ba­do con la pri­sa. Aho­ra mi plan­tea­mien­to es otro. Es co­mo si me di­je­ra: “Voy a pa­rar el co­che en el ar­cén, un ar­cén me­ta­fó­ri­co; me voy a pa­rar a ver el atar­de­cer y lue­go con­ti­núo”. Y es­toy en­can­ta­da. Y apren­des tan­tas co­sas... co­mo que no se puede te­ner un pa­tri­mo­nio ma­yor que los ami­gos, que la fa­mi­lia, co­sas que in­mer­sos en nues­tra vo­rá­gi­ne y nues­tro día a día se nos ol­vi­dan... Apren­des

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