“La is­la tie­ne al­go má­gi­co que en­gan­cha. To­do el que va, vuel­ve”

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Mien­tras es­tu­dia­ba De­re­cho, es­ta ga­lle­ga se dio cuen­ta de que ne­ce­si­ta­ba una vía de es­ca­pe, y así fue co­mo ha­ce seis años creó su blog Ste­lla­wan­ts­to­die. Con más de 150.000 se­gui­do­res en sus re­des so­cia­les, Ma­ría es una de las blo­gue­ras más re­co­no­ci­das en el mun­do de la mo­da en nues­tro país. Pre­ci­sa­men­te, ha­ce un par de años fue la ima­gen de la cam­pa­ña in­ter­na­cio­nal de Tía Ma­ría, gra­ba­da en Ibi­za.

¿Qué te gus­ta de la is­la?

Sus pla­yas, el co­lor del mar, su gen­te, el am­bien­te... Ibi­za tie­ne al­go má­gi­co que la ha­ce es­pe­cial. La is­la te en­gan­cha y to­do el que va... ¡vuel­ve!

¿Qué es lo que te lle­vó allí?

Una de mis me­jo­res ami­gas tie­ne ca­sa, así que no fal­ta­mos nin­gún ve­rano... La emo­ción del pri­mer año no se ol­vi­da.

¿Qué te gus­ta ha­cer en Ibi­za?

To­mar­me una cai­pi­ri­ña tum­ba­da mi­ran­do al mar, ir a co­mer un bu­llit de peix a Port Ba­lan­sat, en San Mi­guel, lo me­jor­ci­to de la is­la... y sus pos­tres, ¡un te­so­ro!

pen­sar en Ibi­za es pen­sar en pla­ya, sol y fiestas in­ter­mi­na­bles. Sin em­bar­go, con la lle­ga­da del oto­ño la is­la blan­ca se con­vier­te en más blan­ca que nun­ca y, aun­que las pla­yas y el sol si­guen es­tan­do ahí de una for­ma más sua­ve, las aglo­me­ra­cio­nes y su agi­ta­da vi­da noc­tur­na de­jan pa­so a la tran­qui­li­dad pro­pia de una is­la emi­nen­te­men­te ru­ral, co­mo lo fue en sus orí­ge­nes. Aun­que go­za de un sol ca­si eterno, las tem­pe­ra­tu­ras más sua­ves del oto­ño in­vi­tan más a co­no­cer la is­la que a tum­bar­se en la pla­ya. Un pa­seo por las mu­ra­llas de Ibi­za, Pa­tri­mo­nio de la Hu­ma­ni­dad, y ver to­dos los te­so­ros que en­cie­rra Dalt Vi­la pue­de ser un buen co­mien­zo pa­ra se­guir des­pués por los pue­blos con un mar­ca­do ca­rác­ter pa­yés, co­mo San­ta Eu­lá­ria des Rius y San­ta Ger­tru­dis. En el pri­me­ro de ellos, co­ro­na­do por el Puig de Mis­sa, la igle­sia for­ti­fi­ca­da, dis­fru­ta­rás pa­sean­do por sus ca­lles en­ca­la­das y su pa­seo ma­rí­ti­mo. Ade­más, es el lu­gar ade­cua­do si quie­res echar unos ho­yos, pues en es­ta po­bla­ción se en­cuen­tra el úni­co cam­po de golf de la is­la.

Pa­seo en­tre cam­pos de cul­ti­vo

El ca­mino ha­cia San Car­les, re­ple­to de al­ga­rro­bos, al­men­dros e hi­gue­ras y sal­pi­ca­do por ca­sas tí­pi­cas, es to­do un de­lei­te pa­ra los sen­ti­dos y el lu­gar per­fec­to si quie­res acer­car­te a la vi­da pa­ye­sa y char­lar con al­guno de los lu­ga­re­ños. Por otro la­do, es pre­ci­sa­men­te en esa lo­ca­li­dad don­de se en­cuen­tra Las Da­lias, el mer­ca­di­llo más fa­mo­so de la is­la, que abre to­dos los sá­ba­dos del año. Si­guien­do ha­cia el in­te­rior, me­re­ce una men­ción es­pe­cial San­ta Ger­tru­dis de Frui­te­ra, un pue­blo con un mar­ca­do ca­rác­ter ru­ral don­de, ade­más de con­tem­plar su cu­rio­sa igle­sia del si­glo XVIII, no pue­des ir­te de allí sin ha­ber co­mi­do an­tes el clá­si­co bo­ca­di­llo de ja­món en la pla­za del pue­blo. Aho­ra que el ca­lor no aprie­ta, tam­bién es el mo­men­to ideal pa­ra ha­cer sen­de­ris­mo o dar un pa­seo en bi­ci­cle­ta. La ruta de los Mi­ra­do­res o la de Sa Pe­dre­ra, con unas vis­tas es­pec­ta­cu­la­res de Es Ve­drá y Es Ve­dra­nell, y con el Me­di­te­rrá­neo co­mo te­lón de fon­do, son una ver­da­de­ra de­li­cia. Pe­ro qui­zá en oto­ño es más in­tere­san­te aden­trar­se en la Ibi­za ru­ral a tra­vés del va­lle Es Broll de Bus­cas­tell. Por allí dis­cu­rren di­fe­ren­tes ace­quias y sis­te­mas de re­ga­dío que sur­ten de agua a las di­fe­ren­tes plan­ta­cio­nes de cul­ti­vo y cam­pos de na­ran­jo del va­lle. Ibi­za se es­tá po­si­cio­nan­do co­mo un des­tino im­por­tan­te en agro­tu­ris­mo. Pa­ra vi­vir es­ta ex­pe­rien­cia de cer­ca, na­da es me­jor que alo­jar­se en una de las múl­ti­ples ca­sas ru­ra­les ges­tio­na­das por pa­ye­ses, pa­ra que la im­pre­sión que te lle­ves de la is­la sea úni­ca.

Dis­fru­tar de una cai­pi­ri­ña, un clá­si­co pla­ye­ro. Port Ba­lan­sat, en San Mi­guel. Pla­yas de­sier­tas. En oto­ño el sol tam­bién in­vi­ta a re­la­jar­se en la pla­ya. Bu­llit de peix, pla­to de pes­ca­do tí­pi­co de la is­la.

Bar Can An­ne­ta, en la pla­za de San Car­les, un clá­si­co. Pa­sear por Dalt Vi­la sin gen­te es to­do un pla­cer.

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