Uni­ver­so Ágat­ha

Ves­tir pa­ra ser fe­liz con Ágat­ha Ruiz de la Pra­da.

AR - - SUMARIO - Tex­to: ES­PE­RAN­ZA JI­MÉ­NEZ

Hi­zo su pri­mer des­fi­le con 20 años y ya ha perdido la cuen­ta de las ve­ces y los paí­ses en los que ha ex­hi­bi­do sus tra­jes. Pe­ro Ágat­ha Ruiz de la Pra­da es mu­cho más que el nom­bre de una mar­ca de ro­pa. Sus motivos y sus co­lo­ri­dos di­se­ños se han es­tam­pa­do des­de en en­chu­fes has­ta en ataú­des, y su crea­do­ra no es una di­se­ña­do­ra más. Es una mu­jer to­do­te­rreno, rompe­dora y dis­ci­pli­na­da que, a sus 55 años, tie­ne mu­cho que con­tar. Con mo­ti­vo del lan­za­mien­to de su nue­va fra­gan­cia con la ca­sa Puig, Sexy Flo­re­ver, abrió por pri­me­ra vez las puer­tas de su fun­da­ción, un es­pa­cio que lleva fun­cio­nan­do des­de 2011: “Cum­plía mis 30 años en la mo­da y no sa­bía có­mo ce­le­brar­lo. Ha­cer un des­fi­le des­pués de Ci­be­les no te­nía sen­ti­do, y or­ga­ni­zar una gran fies­ta en ple­na cri­sis me pa­re­cía un po­co mal­edu­ca­do, así que hi­ce mi pro­pia fun­da­ción”, ex­pli­ca. La se­de se ubi­ca en una fin­ca ma­dri­le­ña que per­te­ne­ció a su fa­mi­lia y que ha que­ri­do man­te­ner por­que “me en­can­ta el cam­po y de­di­car­me a los ani­ma­les. Ade­más, mi hi­jo Tris­tán sien­te ado­ra­ción por los ca­ba­llos”. Y de ese sue­ño na­ció su ca­sa de cam­po y un edi­fi­cio sin­gu­lar, geo­mé­tri­co y os­cu­ro por fue­ra –¡quién lo di­ría!– pa­ra ar­chi­var to­do su mun­do de co­lor. Nos lo en­se­ña per­so­nal­men­te, se­gui­da por Jo­ta, el único de los 15 pe­rros que tie­ne que per­te­ne­ce a Pedro J. Ra­mí­rez y que en­tra en su ca­sa de Madrid. Pe­ro Jo­ta no obe­de­ce a su due­ño: sien­te de­bi­li­dad por Ágat­ha, que bro­mea: “Sa­be que a mi ma­ri­do no le gus­tan los ani­ma­les y se lo pa­ga así”.

¿A qué se de­di­ca la Fun­da­ción?

Sub­ven­cio­na­mos even­tos de mo­da. El año pa­sa­do par­ti­ci­pa­mos en más de trein­ta ex­po­si­cio­nes y pu­bli­ca­mos cin­co li­bros.

¿Fue así co­mo te co­no­ció Mi­ley Cy­rus, en una de esas ex­hi­bi­cio­nes?

No, ella vio los ves­ti­dos en Ins­ta­gram y su es­ti­lis­ta me man­dó un mail pa­ra pe­dír­me­los. Yo es­ta­ba mos­quea­dí­si­ma, por­que el año an­te­rior Lady Ga­ga me so­li­ci­tó un mon­tón, se los man­dé y ni se los pu­so ni los de­vol­vió: se per­die­ron. Pe­ro a Mi­ley sí la he vis­to lle­var­los, en seis o sie­te oca­sio­nes, lo que me ha­ce muy fe­liz. He tar­da­do 30 años en ver que hay gen­te que se em­pie­za a atre­ver a lle­var mis di­se­ños. An­tes les da­ba mie­do. Pa­ra mí es un or­gu­llo: ella re­pre­sen­ta el nue­vo sexy pre­ci­sa­men­te.

Tu nue­va fra­gan­cia se lla­ma Sexy Flo­re­ver. ¿Qué es ser sexy?

Has­ta aho­ra pa­ra los di­se­ña­do­res una mu­jer sexy era la fem­me fa­tal, y a mí la mu­jer fa­tal me re­vien­ta: ni quie­ro ser­lo ni co­no­cer a nin­gu­na. Me gus­ta la gen­te sim­pá­ti­ca, po­si­ti­va, que te apor­ta al­go. Me gus­ta es­tar con gen­te fe­liz, por­que si es­tás con gen­te fe­liz apren­des a ser­lo y si es­tás con gen­te des­gra­cia­da te hun­de. Te dan co­mo mal ro­llo. A mí me pa­re­ce más sexy ir ves­ti­da con un tra­je de pe­lo­tas que lle­var uno ne­gro, lar­go, co­mo de pue­blo. Lue­go, ade­más de ves­tir, es­tá el olor, y pa­ra mí el más sexy de mi vi­da fue cuan­do tu­ve a mi hi­jo Tris­tán. Por eso mi pri­mer per­fu­me lle­va­ba pol­vos de tal­co. Por cier­to que el tal­co aho­ra ha lle­ga­do tam­bién al ca­be­llo y yo lle­vo usan­do años pol­vos pa­ra dar vo­lu­men, por­que ten­go un pe­lo que es un as­co, que se cae pa­ra aba­jo. Pa­re­ce que siem­pre me ade­lan­to a to­do.

¿Tam­bién tie­nes tus pro­pios tru­cos de be­lle­za?

Bueno, be­bo mu­cha agua y me pon­go cre­mas, que es lo que más me di­vier- te del mun­do. Co­men­cé a cui­dar­me muy tar­de y aho­ra he des­cu­bier­to lo que me gus­tan los cos­mé­ti­cos. Y co­mo ten­go un ol­fa­to su­per­de­sa­rro­lla­do, lo cual es po­si­ti­vo, aun­que en verano pue­de ser pe­li­gro­so, si sal­go de mi ca­sa sin per­fu­me ya lle­vo el día jo­di­do. Soy fiel a mis fra­gan­cias, pe­ro de vez en cuan­do pue­do pro­bar otras. Sin em­bar­go, no pue­do po­ner­me otra ro­pa que no sea la mía.

¿Te­mes el pa­so del tiem­po?

No. El otro día me hi­cie­ron un fas­hion film y sal­go con unas arru­gas ho­rro­ro­sas, pe­ro me da igual: se­rá que las ten­go. Encuentro ab­sur­do que­rer vol­ver a los vein­te. Ya los he te­ni­do: aho­ra es el mo­men­to de mis hi­jos.

“Me gus­ta es­tar con gen­te fe­liz por­que apren­des a ser­lo. Los otros, te hun­den”

Tus hi­jos tra­ba­jan con­ti­go. ¿Cuál de los dos se in­vo­lu­cra más?

En es­te mo­men­to es­tá más in­vo­lu­cra­do Tris­tán, aun­que co­mo me oi­ga Có­si­ma se va a en­fa­dar. Él es­tu­vo seis años tra­ba­jan­do en In­di­tex y le cues­ta me­nos tra­ba­jar que a ella. Y en­ci­ma es­to es mu­cho me­nos pro­duc­ti­vo que In­di­tex, pe­ro más di­ver­ti­do.

En oca­sio­nes has di­cho que te ha cos­ta­do lle­var­te bien con tus hi­jos.

Yo me lle­va­ba muy mal con mi ma­dre y te­nía tan­tas ganas de lle­var­me bien con ellos que he he­cho y ha­go to­do lo po­si­ble por no pe­lear­nos. Si lo in­ten­tas de co­ra­zón, aca­bas ha­cién­do­lo. Y es una pe­na por­que mi ma­dre nun­ca su­po que lle­var­se bien con los hi­jos es la fe­li­ci­dad to­tal.

Edu­car a un ado­les­cen­te no es fá­cil.

“Me pa­re­ce más sexy lle­var un tra­je de pe­lo­tas que uno ne­gro, lar­go co­mo de pue­blo”

No. Me com­pré unos 15 li­bros, y se los pres­té a mis hi­jos, que son muy lec­to­res, so­bre to­do Tris­tán, pe­ro no qui­sie­ron leer­los. A mí me en­can­tan los be­bés, me chi­flan, pe­ro los ado­les­cen­tes son una pe­sa­di­lla.

¿Có­mo es Có­si­ma?

Es­toy muy con­ten­ta con ella, pe­ro le fal­ta dis­ci­pli­na. Y yo ca­da vez le doy más im­por­tan­cia. An­tes yo no lo era, pe­ro aho­ra cuan­to más dis­ci­pli­na­da soy, más fe­liz me sien­to.

¿Al­gu­na vez has pen­sa­do en de­jar­lo to­do?

Si me ju­bi­lo, ¿qué ha­ría? ¡Si no me gus­ta ju­gar al golf! Ju­bi­lar­se es muy tris­te y no co­noz­co na­da más di­ver­ti­do que mi tra­ba­jo. Es cier­to que me da pe­na no es­tar más con mis pe­rros, por ejem­plo. Ten­go más de quin­ce. La fe­cha de ca­du­ci­dad de mi tra­ba­jo la mar­ca­rá mi ima­gi­na­ción.

A un pe­rro lo has lla­ma­do Jo­ta, a una pa­re­ja de cer­dos Dol­ce & Gab­ba­na e in­clu­so los ca­ba­llos tie­nen nom­bres de di­se­ña­do­res...

Sí, ten­go Pra­da, Miu Miu, Guc­ci... No es un des­pre­cio ha­cia mis co­le­gas; al con­tra­rio, con­si­de­ro que son ani­ma­les de mo­da.

¿Tu di­se­ño más pe­cu­liar...?

Chi­me­neas, ta­pas de vá­ter, puer­tas blin­da­das y has­ta una piz­za, que es al­go efí­me­ro, o los uni­for­mes de Chi­co­te. Aho­ra ten­go mu­chos en­car­gos re­la­cio­na­dos con la co­mi­da.

Di­cen que te gus­ta co­mer.

De­ma­sia­do, y eso sí que es un pro­ble­ma. De pe­que­ña no co­mía na­da y aho­ra si es­toy en ca­sa pue­do no ce­nar, pe­ro si sal­go y me po­nen trein­ta pla­tos de­lan­te me los co­mo to­dos.

¿Eres de las que des­con­fías de quien no sa­be dis­fru­tar de la me­sa?

Sí, a mí me gus­ta la gen­te que dis­fru­ta to­do.

¿Al­gu­na vez has vis­to la vi­da en blan­co y ne­gro?

In­ten­to no ver­la. No me gus­ta na­da la de­pre­sión por­que mi ma­dre te­nía unas de ca­ba­llo. Por eso mi vi­da es una hui­da de la de­pre­sión y me pon­go ta­reas pa­ra no pen­sar. No pa­ro, y cuan­do lo ha­go cai­go muerta.

¿Es cier­to que nun­ca tu­vis­te el re­co­no­ci­mien­to de tus pa­dres?

¿Sa­bes lo que pa­sa? Que an­tes era dis­tin­to. Mi ma­dre no tra­ba­jó y no le pa­re­cía im­por­tan­te el tra­ba­jo pa­ra mí. Yo me pa­sé la in­fan­cia en la co­ci­na y, de he­cho, a la per­so­na que más quie­ro es a la co­ci­ne­ra que te­nía de pe­que­ña. Los pa­dres de an­tes no te apo­ya­ban. Aho­ra, al re­vés, te­ne­mos me­nos ni­ños y les im­po­ne­mos mu­cha pre­sión. Que­re­mos que sean la bom­ba, ha­blen idio­mas, to­quen el vio­lín y ten­gan éxi­to. En mi ca­so, ade­más, que Pedro J. y yo lo he­mos te­ni­do en nues­tros tra­ba­jos, es una pre­sión pa­ra mis hi­jos.

Pedro J. y tú lle­váis trein­ta años jun­tos. ¿Có­mo ha­béis con­se­gui­do man­te­ner esa unión?

Creo que he­mos te­ni­do suer­te. Nun­ca pen­sé que fué­ra­mos a pa­sar más de tres días jun­tos. Y aho­ra es­ta­mos muy uni­dos, co­men­ta­mos to­do... y le ad­mi­ro. Es una go­za­da po­der ha­cer­lo.

¿El amor se aca­ba cuan­do se de­ja de ad­mi­rar al otro?

Sí. Yo he te­ni­do la suer­te de es­tar al la­do de al­guien muy in­te­li­gen­te. Pedro J. me ha en­se­ña­do tan­to... Me gus­ta­ría que le gus­ta­ran más los pe­rros, el cam­po... pe­ro en fin. En lo su­yo es fantástico. Yo ten­go en mi ca­sa 30.000 li­bros de his­to­ria y he ter­mi­na­do apren­dien­do.

¿Él opi­na de mo­da?

No. Le he lle­va­do a dos o tres co­sas y he jurado no vol­ver a ha­cer­lo por­que es un es­tor­bo de tal ca­te­go­ría... Siem­pre vie­ne a mis pa­ses de Ci­be­les, pe­ro a lo de­más, no. Va en­can­ta­do, yo creo que pa­ra ver a las mo­de­los.

¿Qué co­sas va­lo­ras de la vi­da?

Los ami­gos y la vi­da cul­tu­ral que ten­go. Aho­ra Pedro J. sue­le co­mer en ca­sa y vie­ne acom­pa­ña­do de gen­te in­tere­san­te. Pa­ra mis hi­jos es ge­nial, por­que es­tán acos­tum­bra­dos a un ni­vel de con­ver­sa­ción al­tí­si­mo. Y ten­go la teo­ría de que es im­por­tan­te te­ner un in­vi­ta­do por­que así no te pe­leas ni di­ces co­sas des­agra­da­bles.

¿A quién in­vi­ta­rías a ca­sa?

A to­dos los que me caen bien. Por ejem­plo, me en­can­ta­ría que vi­nie­ra Al­bert Ri­ve­ra.

¿Quién te ha im­pac­ta­do más?

Mu­chos. Don Juan iba mu­cho a ca­sa de mis abue­los y era una per­so­na in­tere­san­te y excepcional.

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Su me­jor le­ga­do

1. Ágat­ha, en el ar­chi­vo de su fun­da­ción. 2. Sus hi­jos, Tris­tán y Có­si­ma, tra­ba­jan con ella. 3. Su pe­rro Jo­ta, el único de los 15 que per­te­ne­ce a su ma­ri­do, Pedro J. Ra­mí­rez. 4. Su es­tu­dio en el edi­fi­cio de la fun­da­ción. 5. Sexy Flo­re­ver, la nue­va fra­gan­cia de Puig. 6. Uno de sus di­se­ños más em­ble­má­ti­cos.

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