Con ca­feí­na o sin ella... pe­ro, ¡ca­fé!

Tie­ne un olor irre­sis­ti­ble y un sa­bor mag­né­ti­co que nos ha­ce dis­fru­tar de ca­da sor­bo y vol­ver a él to­dos los días. Por­que lo me­jor del ca­fé es el mo­men­to de to­mar­lo...

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Cuen­ta la le­yen­da que fue­ron los etío­pes los pri­me­ros en des­cu­brir el efec­to ener­gi­zan­te de los gra­nos de la plan­ta del ca­fé. Aun­que lo único cier­to es que no se sa­be el ori­gen de di­cha evi­den­cia. Sea co­mo fue­re, a al­guien de­be­mos agra­de­cer la apa­ri­ción de uno de los productos más uni­ver­sa­les: el ca­fé. Apre­cia­do por su aroma y por su sa­bor, mu­chas son sus vir­tu­des y muy po­cos sus de­trac­to­res, por­que con o sin ca­feí­na, no hay na­da co­mo una ta­za de ca­fé.

Múl­ti­ples pro­pie­da­des

¿Quién no se ha des­per­ta­do al­gu­na vez cua­si so­nám­bu­lo en bus­ca de la pri­me­ra ta­za de ca­fé del día? Sus efec­tos es­ti­mu­lan­tes, tan­to pa­ra el cuer­po co­mo pa­ra la men­te, son una de sus prin­ci­pa­les ca­rac­te­rís­ti­cas. El ca­fé es, sin du­da, el me­jor alia­do pa­ra res­tau­rar y man­te­ner el es­ta­do de aler­ta, pe­ro tam­bién pa­ra me­jo­rar la con­cen- tra­ción y el ren­di­mien­to. Y es que, aun­que mu­chas son las creen­cias que se han des­te­rra­do acer­ca de es­te pro­duc­to, en­tre ellas no es­tá la in­ter­fe- ren­cia en la ab­sor­ción de de­ter­mi­na­dos mi­ne­ra­les co­mo el cal­cio. Ni tam­po­co un al­to con­te­ni­do ca­ló­ri­co, ya que una ta­za tie­ne en­tre 2 y 6 ca­lo­rías.

Otro vie­jo mi­to son sus teó­ri­cas con­tra­in­di­ca­cio­nes. Pe­ro un con­su­mo dia­rio mo­de­ra­do (3 y 5 ta­zas de ca­fé al día) no tie­ne nin­gu­na re­per­cu­sión en per­so­nas sa­nas. Y pa­ra aque­llos pa­ra los cua­les la ca­feí­na pue­da su­po­ner un pro­ble­ma, el ca­fé des­ca­fei­na­do es la so­lu­ción. ¡Y no creas que las pro­pie­da­des or­ga­no­lép­ti­cas des­apa­re­cen! Sí, el ca­fé des­ca­fei­na­do man­tie­ne ese aroma y ese sa­bor tan in­con­fun­di­ble. ¿La ra­zón? El pro­ce­so de ela­bo­ra­ción del ca­fé des­ca­fei­na­do es exac­ta­men­te el mis­mo que el del ca­fé pu­ro: tras la re­co­gi­da de las ce­re­zas de ca­fé en los paí­ses de ori­gen y el pos­te­rior se­ca­do y des­pul­pa­do, los gra­nos de ca­fé son en­via­dos pa­ra su tra­ta­mien­to en plantas de des­ca­fei­na­ción y es a par­tir de aquí cuan­do es­tos em­pren­den un ca­mino.

Ti­pos de des­ca­fei­na­ción

Si el pro­ce­so de des­ca­fei­na­ción se ha­ce con agua es un pro­to­co­lo 100% na­tu­ral, por lo tan­to, man­tie­ne to­das las pro­pie­da­des de los gra­nos de la plan­ta ori­gi­nal, ya que la ca­feí­na es so­lu­ble en agua. Mien­tras que si el pro­ce­so se ha­ce con di­sol­ven­tes químicos, co­mo el clo­ru­ro de me­ti­leno, pue­den que­dar sa­bo­res re­si­dua­les y el sa­bor y aroma del ca­fé se ve­rá afec­ta­do.

La des­ca­fei­na­ción con agua no afec­ta a sus pro­pie­da­des or­ga­no­lép­ti­cas

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