MIS CLA­VES PA­RA LU­CHAR CON­TRA LA IN­SE­GU­RI­DAD (o pa­ra con­vi­vir con ella)

AR - - PERSONAJE -

1 Acep­tar­me a mi mis­ma. Por­que, por mu­cho que me em­pe­ñe, no voy a cam­biar drás­ti­ca­men­te. Ade­más, mis ras­gos fí­si­cos e in­te­lec­tua­les son los que me ha­cen úni­ca. Si yo fue­ra co­mo Clau­dia Schif­fer se­ría más mo­na, pe­ro no se­ría yo. Acep­tar­me ha si­do uno de los gran­des re­tos de mi vi­da.

2 No com­pa­rar­me con los de­más. Cuan­do lo ha­ces siem­pre sa­les per­dien­do. Pue­de que ha­ya al­guien peor que tú, pe­ro siem­pre ha­brá cin­cuen­ta mil que son me­jo­res. De pe­que­ña siem­pre me com­pa­ra­ba con mi her­ma­na, que era cin­co años ma­yor, mu­cho más gua­pa y es­tu­dia­ba lo que que­ría mi pa­dre. Cu­rio­sa­men­te, de ma­yor ella re­co­no­ce que me en­vi­dia­ba por­que yo era la pro­te­gi­da de mi ma­dre.

3 Ser ca­paz de decir que no. Yo es­toy apren­dien­do a ha­cer­lo y es fun­da­men­tal. Bus­ca­mos la apro­ba­ción de to­do el mun­do, que nos re­co­noz­can y nos quie­ran, y pen­sa­mos que ha­cien­do lo que nos piden va­mos a con­se­guir­la, pe­ro, a ve­ces, pa­sa jus­ta­men­te lo con­tra­rio.

4 Crear­me mi pro­pia co­ra­za. Por­que la in­se­gu­ri­dad, en de­fi­ni­ti­va, es mie­do, y es­to te per­mi­te ‘de­fen­der te’ del mun­do ex­te­rior. Hay quien pien­sa que es ma­lo lle­var más­ca­ras, pe­ro yo creo que, uti­li­za­das de la for­ma ade­cua­da, fun­cio­nan. En mi ca­so, una de mis ar­ma­du­ras es la son­ri­sa. A mí es di­fí­cil ver­me se­ria. To­dos los que me co­no­cen me ima­gi­nan son­rien­do por­que, apar te del efec­to son­ri­sa, que te ha­ce ver el mun­do de otra for­ma y ser más fe­liz, de al­gu­na ma­ne­ra me pro­te­ge. De­trás de mi son­ri­sa es­toy yo, pe­ro ya le en­se­ña­ré mis lá­gri­mas y to­do aque­llo que me ha­ce más vul­ne­ra­ble a quien a mí me dé la ga­na. Otra de mis co­ra­zas son los ta­co­nes. Yo mi­do 1,73 y cuan­do me subo a unos ta­co­na­zos de diez cen­tí­me­tros pa­re­ce que me he tra­ga­do un pa­lo y me da cier to aplo­mo. Por ejem­plo, nun­ca ja­más he ido a una entrevista de tra­ba­jo sin lle­var ta­co­nes. De he­cho, ya no sé an­dar cuan­do voy con cal­za­do plano. Es cu­rio­so, pe­ro, en oca­sio­nes, eso me ha­cía pa­re­cer al­ti­va y bor­de.

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