Car­los Ruiz Za­fón

Ha­bla­mos con el es­cri­tor de su es­pe­ra­da úl­ti­ma no­ve­la.

AR - - SUMARIO - Tex­to: PI­LAR MAN­ZA­NA­RES

El la­be­rin­to de los es­pí­ri­tus es el bro­che de oro de una sa­ga que co­men­zó ha­ce 15 años con La som­bra del vien­to. Un fi­nal que lle­ga a las li­bre­rías de to­do el mun­do a la vez, el 17 de no­viem­bre. Unos me­ses an­tes, la edi­to­rial, sa­be­do­ra de que has­ta ese día po­dría pa­sar de to­do (ro­bos de ca­pí­tu­los, fil­tra­cio­nes so­bre su con­te­ni­do...), nos ha­ce fir­mar un con­tra­to de con­fi­den­cia­li­dad a to­dos aque­llos que te­ne­mos la lla­ve pa­ra en­trar an­tes que los de­más al ‘ce­men­te­rio de los li­bros ol­vi­da­dos’. No se nos per­mi­te ni si­quie­ra ha­blar con nues­tra fa­mi­lia del te­ma. A ojos del mun­do no sa­be­mos na­da de la nue­va no­ve­la, y con el úni­co con quien po­de­mos con­ver­sar so­bre ella es con su au­tor, Car­los Ruiz Za­fón. Os ase­gu­ro que es muy di­fí­cil ca­llar cuan­do gran par­te de tus ami­gos se mue­ren por sa­ber có­mo aca­ba ese uni­ver­so que los con­quis­tó ha­ce más de una dé­ca­da. Hoy, por fin, po­de­mos con­tar­lo to­do y des­ve­lar lo que su au­tor nos ha con­fia­do. Sin spoi­lers eso sí: no se­ría­mos ca­pa­ces de arrui­nar un fi­nal co­mo es­te a na­die.

La pri­me­ra pre­gun­ta es obli­ga­da: ¿qué se van a en­con­trar en El la­be­rin­to de los es­pí­ri­tus los mi­llo­nes de lec­to­res que si­guen es­ta sa­ga?

Es­te es el gran fi­nal, la apo­teo­sis de la his­to­ria que he­mos ve­ni­do ex­plo­ran­do des­de di­fe­ren­tes án­gu­los con los Sem­pe­re y com­pa­ñía. Fer­mín Ro­me­ro de To­rres, por su­pues­to, re­gre­sa más guerrero que nun­ca, con

mu­chas sor­pre­sas y co­sas que no sa­bía­mos de él. Y no so­lo él, por­que en es­ta his­to­ria son mu­chas las co­sas y los per­so­na­jes nue­vos que va­mos a en­con­trar. Uno de ellos es Ali­cia Gris, a la que guar­dé pa­ra el fi­nal. Es es­ta una no­ve­la en la que to­da la ten­sión acu­mu­la­da en los li­bros an­te­rio­res se desata. Es ope­rá­ti­ca, gó­ti­ca, in­ten­sa y,

creo, car­ga­da de emo­ción y mis­te­rio.

Y ¿có­mo es esa Ali­cia Gris?

Es mi par­ti­cu­lar an­ge­li­to de las ti­nie­blas. No quie­ro con­tar mu­cho de ella, por­que se apa­ña so­li­ta y se pre­sen­ta­rá al lec­tor a su ma­ne­ra. Eso sí, ve­te pre­pa­rán­do­le una co­pi­ta de vino blan­co, el ele­men­to bá­si­co de su die­ta...

Ca­da uno te­ne­mos nues­tro per­so­na­je fa­vo­ri­to en es­ta sa­ga, pe­ro ¿tú tie­nes al­guno o pa­ra un ‘pa­dre’ es im­po­si­ble ele­gir ?

Pues la ver­dad es que hay tres que son una par­te esen­cial de mí mis­mo: Fer­mín, Ju­lián Ca­rax y Ali­cia Gris.

¿Có­mo te sien­tes al aca­bar es­ta te­tra­lo­gía que te ha ve­ni­do acom­pa­ñan­do du­ran­te 15 años?

Va por días. A ve­ces, ex­haus­to; otras, eu­fó­ri­co, y con mu­chas ga­nas de re­gre­sar a la ba­ta­lla... Son mu­chos los sen­ti­mien­tos que me in­va­den por­que es­tos per­so­na­jes y su mun­do son una par­te muy im­por­tan­te de mí. Es­te ha si­do un pro­yec­to que me ha acom­pa­ña­do du­ran­te bue­na par­te de mi vi­da. Si tu­vie­ra que re­su­mir­lo en una so­la idea, sin em­bar­go, di­ría que es la sa­tis­fac­ción per­so­nal de ha­ber fi­na­li­za­do una aven­tu­ra que me ha cos­ta­do mu­cho es­fuer­zo, pe­ro que ha va­li­do la pe­na.

¿Cuán­to has tar­da­do en es­cri­bir­la?

La es­cri­tu­ra pu­ra­men­te di­cha me ha lle­va­do unos tres años. Es el li­bro que más es­fuer­zo me ha cos­ta­do es­cri­bir de mi ca­rre­ra y, tal vez por eso, o tal vez por­que su­po­ne el cie­rre a un pro­yec­to en el que he in­ver­ti­do mu­cho tra­ba­jo y tiem­po, el que más sa­tis­fac­cio­nes me ha pro­du­ci­do.

¿En­tris­te­ce de­cir adiós al uni­ver­so que hoy se cie­rra?

En par­te, pe­ro por otro la­do los per­so­na­jes y los mun­dos que al­guien crea siem­pre se que­dan den­tro de uno mis­mo, por­que son par­te de ti y de la ex­pe­rien­cia vi­vi­da.

Cuan­do es­cri­bis­te la pri­me­ra no­ve­la de la sa­ga, La som­bra del vien­to, ¿sabías que se­ría el pri­me­ro de cua­tro li­bros?

Sí, esa era la idea ori­gi­nal: crear un gran la­be­rin­to de his­to­rias pa­ra ex­plo­rar una his­to­ria y un uni­ver­so de una ma­ne­ra ca­lei­dos­có­pi­ca, con cua­tro puer­tas de en­tra­da, cua­tro no­ve­las con su pro­pia per­so­na­li­dad que nos con­du­je­sen por di­fe­ren­tes ca­mi­nos al cen­tro del mun­do del ce­men­te­rio de los li­bros ol­vi­da­dos.

Des­de 1992, vi­ves ca­si to­do el año en Los Án­ge­les. ¿Crees que ese cam­bio de es­ce­na­rio, ese te­ner a tu ciu­dad na­tal en el re­cuer­do y no en el día a día, te ha ayu­da­do a crear esa Barcelona vi­va que es, di­ga­mos, un per­so­na­je más de tu sa­ga?

Aun­que he vi­vi­do mu­chos años le­jos de ella, si­go pa­san­do tiem­po en Barcelona. Sí que es ver­dad que el po­ner dis­tan­cia de por me­dio ayu­da a desa­rro­llar una pers­pec­ti­va di­fe­ren­te so­bre el lu­gar del que uno pro­vie­ne, a en­ten­der me­jor su re­la­ción con él y con los re­cuer­dos que tiene. Aun así, he vi­vi­do y asi­mi­la­do, pa­ra bien o pa­ra mal, esos cam­bios que ha ex­pe­ri­men­ta­do la ciu­dad. Pe­ro creo que ello no ha in­ter­fe­ri­do con el pro­ce­so de crea­ción. Una co­sa es la Barcelona real y otra la mía. Es, co­mo bien di­ces, una Barcelona li­te­ra­ria, un per­so­na­je.

En tu te­tra­lo­gía es muy im­por­tan­te la me­mo­ria. ¿Có­mo te gus­ta­ría que re­cor­da­ran los lec­to­res El ce­men­te­rio de los li­bros ol­vi­da­dos?

Con que lo re­cor­da­ran, a se­cas, me sen­ti­ría más que sa­tis­fe­cho y or­gu­llo­so. Par­te de la idea de es­ta se­rie de no­ve­las es que evo­ca­se lecturas y reac­cio­nes di­ver­sas en di­fe­ren­tes ti­pos de lec­to­res. Es par­te de la idea del la­be­rin­to, del caleidoscopio. Y lo que más me gus­ta­ría es que, en al­gún mo­men­to, se ani­ma­ran a re­vi­si­tar­lo, tal vez en­tran­do por una puer­ta di­fe­ren­te, por­que es un mun­do di­se­ña­do pa­ra ser ex­pe­ri­men­ta­do más de una vez y pa­ra des­ve­lar, en ca­da via­je, nue­vos de­ta­lles y án­gu­los que no ha­bía­mos vis­to en nues­tra pri­me­ra vi­si­ta.

La vi­da en sí ya se bas­ta pa­ra cam­biar­nos a to­dos, a me­nu­do a mam­po­rra­zos y sin pe­dir per­mi­so Me gus­ta pen­sar en la pro­sa co­mo en una mú­si­ca com­pues­ta pa­ra ser in­ter­pre­ta­da en el ce­re­bro del lec­tor

¿La pri­me­ra vez que un li­bro se abrió ca­mino has­ta tu co­ra­zón...?

Pa­ra mí más que un li­bro en con­cre­to fue el mun­do de los li­bros, del len­gua­je, de la pa­la­bra es­cri­ta y las ideas. Y, so­bre to­do, la narrativa, el ar­te de con­tar his­to­rias, que ha si­do la gran pa­sión de mi vi­da. Em­pe­cé a leer de muy jo­ven­ci­to y re­cuer­do que me fas­ci­nó el he­cho de que, con so­lo pa­pel y tin­ta, se pu­die­ran crear uni­ver­sos in­fi­ni­tos, per­so­na­jes y mil his­to­rias, imá­ge­nes y emo­cio­nes, que se pu­die­ra ex­plo­rar el mun­do, la men­te y aden­trar­nos en no­so­tros mis­mos al tiem­po que com­pren­día­mos me­jor a los de­más... El mun­do de la ima­gi­na­ción era al­go que me pa­re­cía má­gi­co e irre­sis­ti­ble. Me que­dé allí atra­pa­do en ese em­bru­jo al que he de­di­ca­do mi vi­da.

Siem­pre di­ces que el éxi­to no te ha cam­bia­do la vi­da...

La vi­da en sí ya se bas­ta pa­ra cam­biar­nos a to­dos, a me­nu­do a mam­po­rra­zos y sin pe­dir per­mi­so. El éxi­to

pro­fe­sio­nal, por su­pues­to, cam­bia las cir­cuns­tan­cias prác­ti­cas de la vi­da, eso es in­ne­ga­ble, aun­que di­ría que en mi ca­so no me ha cam­bia­do co­mo per­so­na. Pue­de ha­ber cam­bia­do el mo­do en que otras per­so­nas me ven o crean que me tie­nen que ver... Yo creo que el éxi­to, bien ad­mi­nis­tra­do, es sim­ple­men­te li­ber­tad.

Sé que te nie­gas a que los li­bros de es­ta te­tra­lo­gía sean lle­va­dos al ci­ne. De he­cho, has re­cha­za­do al­gún pro­yec­to. Pe­ro co­mo guio­nis­ta que fuis­te re­co­no­ce­rás que ha ha­bi­do gran­des adap­ta­cio­nes de no­ve­las a la gran pan­ta­lla, ¿no es así? ¿Tu fa­vo­ri­ta?

La tri­lo­gía de El Pa­drino, una obra maes­tra que no me can­so de ver.

Y en te­le­vi­sión, ¿eres fan de adap­ta­cio­nes, co­mo Jue­go de tro­nos?

Sí, me pa­re­ce una se­rie for­mi­da­ble y de ex­ce­len­te fac­tu­ra. Los dos guio­nis­tas prin­ci­pa­les y pro­duc­to­res eje­cu­ti­vos, Da­vid Be­niof y Da­vid Weiss, son bue­nos no­ve­lis­tas y lo eran an­tes de tra­ba­jar co­mo guio­nis­tas, lo cual creo que se no­ta en to­do el pro­duc­to. Y Geor­ge R. R. Mar­tin, an­tes de crear es­ta se­rie de li­bros tra­ba­jó más de diez años en Holly­wood co­mo guio­nis­ta de te­le­vi­sión. Y an­tes ha­bía desa­rro­lla­do una bue­na ca­rre­ra co­mo no­ve­lis­ta. Aquí na­die se chu­pa el de­do.

'DGD WX D¿FL­yQ SRU ORV GUDJR­nes, te he ima­gi­na­do fan de la ca­sa Tar­gar­yen... ¿De dón­de te vie­ne el gus­to por esas fan­tás­ti­cas cria­tu­ras?

De la in­fan­cia. Tal vez es al­go de Barcelona, por­que el mo­ti­vo de los dra­go­nes es­tá pre­sen­te en to­das par­tes: fa­cha­das, es­cul­tu­ras... O tal vez es que me gus­tan los mons­truos y me re­sul­tan sim­pá­ti­cos. Pro­ba­ble­men­te es que yo mis­mo ten­go al­go o mu­cho de dra­gón, y ya di­cen que la ca­bra ti­ra al mon­te...

Tú tam­bién has tra­ba­ja­do co­mo guio­nis­ta, ade­más de co­mo pu­bli­cis­ta. ¿Qué hue­lla ha de­ja­do aque­lla ex­pe­rien­cia en tu for­ma de es­cri­bir?

Una de mis am­bi­cio­nes siem­pre ha si­do in­cor­po­rar a los re­cur­sos tra­di­cio­na­les de la no­ve­la to­dos los ele­men­tos que se han ido desa­rro­llan­do a lo lar­go de dé­ca­das en otros me­dios na­rra­ti­vos, par­ti­cu­lar­men­te en la narrativa au­dio­vi­sual del ci­ne, la te­le­vi­sión o otros me­dios co­mo la pu­bli­ci­dad, el có­mic, etc. Creo que es fun­da­men­tal que la no­ve­la y la li­te­ra­tu­ra se nu­tran y en­ri­quez­can de to­das las téc­ni­cas y ele­men­tos que nos pue­den per­mi­tir con­tar una his­to­ria de un mo­do más in­ten­so y que lle­gue más hon­do al lec­tor.

¿Crees que a ve­ces per­de­mos de vis­ta la di­ver­sión en la li­te­ra­tu­ra?

Creo que sí, que a ve­ces, con la me­jor de las in­ten­cio­nes, in­cul­ca­mos so­bre to­do a los jó­ve­nes la no­ción de que la li­te­ra­tu­ra es una obli­ga­ción, al­go que ‘es bueno pa­ra ti’, co­mo las acel­gas her­vi­das, y ale­ja­mos, cuan­do no des­trui­mos, a lec­to­res en po­ten­cia.

To­cas el piano y com­po­nes te­mas mu­si­ca­les en torno a las his­to­rias que es­cri­bes. ¿Có­mo se me­te la mú­si­ca en tu pro­ce­so crea­ti­vo?

La mú­si­ca es mi otra gran pa­sión, el otro ‘len­gua­je’ que siem­pre me ha fas­ci­na­do y que ocu­pa un lu­gar de pri­vi­le­gio en mi vi­da. De­ci­dí ya de muy jo­ven que la li­te­ra­tu­ra se­ría mi pro­fe­sión y que la mú­si­ca se­ría mi hobby. Me gus­ta pen­sar en la pro­sa co­mo en una es­pe­cie de mú­si­ca que se com­po­ne pa­ra ser in­ter­pre­ta­da en el au­di­to­rio del ce­re­bro del lec­tor. Es­cri­bir mú­si­ca es al­go que me di­vier­te in­men­sa­men­te, que ha­go sin pre­ten­sión al­gu­na, pa­ra mí mis­mo, y que, a ve­ces, me ayu­da a apro­xi­mar­me al pro­ce­so crea­ti­vo ‘por la puer­ta de atrás’, crean­do pe­que­ñas pie­zas so­bre es­ce­nas, per­so­na­jes y es­ce­na­rios de mis his­to­rias. Es un hobby re­la­ti­va­men­te inofen­si­vo que me ayu­da a ali­viar la pre­sión en el ce­re­bro cuan­do es­toy tra­ba­jan­do en al­go y que me per­mi­te dis­fru­tar co­mo un ni­ño.

¿Po­de­mos es­pe­rar un CD con la mú­si­ca de to­da la te­tra­lo­gía en al­gu­na edi­ción es­pe­cial?

Con­fío en que sí, y que lo pue­da gra­bar con una gran or­ques­ta sin­fó­ni­ca pa­ra com­par­tir­la con los lec­to­res que sien­tan cu­rio­si­dad por es­ta fa­ce­ta la­te­ral del pro­ce­so.

¿El pri­mer lec­tor de sus his­to­rias?

Mi mu­jer es mi pri­me­ra, úl­ti­ma y la más im­por­tan­te de mis lec­to­ras. Cuan­do com­par­tes la vi­da con al­guien, esa per­so­na es­tá en to­do lo que ha­ces y es quien le da sen­ti­do.

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