Mà­xim Huer­ta

En el nor­te de la is­la, el es­cri­tor en­con­tró el lu­gar más ins­pi­ra­dor pa­ra es­cri­bir su úl­ti­ma no­ve­la. Con su mi­ra­da nos des­cu­bre los rin­co­nes se­cre­tos de la Ma­llor­ca más má­gi­ca.

AR - - SUMARIO - Por SAN­DRA MU­ÑOZ Fotos ASIS AYERBE

El es­cri­tor se con­vier­te en nues­tro guía pa­ra re­co­rrer Ma­llor­ca.

Me gus­ta pa­sear por la are­na de la pla­ya has­ta

el fi­nal y lue­go echar a na­dar has­ta

don­de al­can­za la vis­ta

Mario Bell­ver es un guio­nis­ta que tra­ba­ja de ne­gro li­te­ra­rio y hu­ye de Ma­drid en bus­ca de ins­pi­ra­ción pa­ra aca­bar la no­ve­la de otro. Ana Mon­te­león quie­re dejar atrás la ru­ti­na y es­ca­par de un an­ti­guo amor to­mán­do­se unos días de des­can­so en los que el mar y el sol re­pa­ren sus he­ri­das. Ellos son los dos pro­ta­go­nis­tas de

Fir­ma­men­to, la úl­ti­ma no­ve­la de Mà­xim Huer­ta, el sép­ti­mo tí­tu­lo de una ca­rre­ra li­te­ra­ria que le ha da­do gran­des ale­grías, co­mo el Pre­mio Pri­ma­ve­ra de No­ve­la 2014 por La no­che so­ña­da. Pe­ro en es­ta tra­ma sur­ge un ter­cer pro­ta­go­nis­ta ines­pe­ra­do, el lu­gar en el que am­bos se bus­can, se pier­den y se en­cuen­tran: la bahía de For­men­tor, el pun­to más sep­ten­trio­nal de Ma­llor­ca, y el ho­tel For­men­tor, a Ro­yal Hi­dea­way Ho­tel, un es­ta­ble­ci­mien­to que se ha ga­na­do por de­re­cho pro­pio for­mar par­te de la his­to­ria de la is­la ba­lear. Por allí pa­sa­ron per­so­na­jes de la ta­lla de Au­drey Hep­burn, Char­les Cha­plin, Ja­ne Bir­kin, Gary Cooper, Fer­nan­do Rey... Un lu­gar de en­sue­ño que se con­vier­te en el epi­cen­tro de nues­tra es­ca­pa­da ma­llor­qui­na y que tie­ne co­mo guía de ex­cep­ción a Mà­xim Huer­ta.

¿Por qué ele­gis­te el nor­te de la is­la de Ma­llor­ca co­mo es­ce­na­rio pa­ra Fir­ma­men­to?

Me enamo­ré de los azu­les del mar, del olor de los pi­nos, de la can­ti­dad de hier­bas aro­má­ti­cas que hay en los ca­mi­nos y de lo es­con­di­do que es­tá el lu­gar. Cues­ta lle­gar has­ta aquí, sien­tes que lo es­tás des­cu­brien­do por pri­me­ra vez, y eso lo ha­ce má­gi­co. Real­men­te es co­mo un re­ga­lo de pos­ta­les no pa­ra la vis­ta, sino pa­ra el re­cuer­do, son imá­ge­nes que se te quedan gra­ba­das pa­ra siem­pre. La bahía de For­men­tor es sen­ci­lla­men­te es­pec­ta­cu­lar. Cuan­do em­pe­cé a ba­jar por la ca­rre­te­ra de cur­vas pen­sé que, co­mo en las no­ve­las que leía de ni­ño, ese ca­mino me lle­va­ba a la is­la del te­so­ro. Ha­cer­lo al atar­de­cer es fas­ci­nan­te: es­cu­char el rui­do de las olas, sen­tir el aro­ma de los pi­nos. Es un si­tio per­di­do.

La pri­me­ra vez que vi­nis­te aquí ¿ima­gi­na­bas có­mo era o fue to­do un des­cu­bri­mien­to?

No te­nía ni la más mí­ni­ma idea. Fue mi ami­ga Laura quien me di­jo que me iba a lle­var a un lu­gar del que me iba a enamo­rar, así que no sa­bía adón­de lle­ga­ba. Al en­trar en el ho­tel fue co­mo si me des­cu­brie­ran un lu­gar úni­co. Re­cuer­do que to­do me im­pac­ta­ba. Me se­du­jo ese pun­to de­ca­den­te que tie­ne, de gla­mour, que a mí tan­to me gus­ta,

co­mo sa­ca­do de una pe­lí­cu­la de Agat­ha Ch­ris­tie.

Y pen­sas­te que era el es­ce­na­rio per­fec­to pa­ra un li­bro...

Sí. Ese fin de semana tu­ve cla­ro que que­ría es­cri­bir una no­ve­la que trans­cu­rrie­ra en es­te ho­tel. De he­cho em­pe­cé a ano­tar to­dos aque­llos de­ta­lles que me que­ría lle­var a Ma­drid: el nú­me­ro de es­ca­lo­nes que ba­ja­ban des­de el ho­tel has­ta el mar, dón­de es­ta­ba si­tua­do ca­da ob­je­to... Ma­nías de es­cri­tor.

Y vol­vis­te.

Re­gre­sé sin com­pa­ñía du­ran­te dos se­ma­nas pa­ra aca­bar­la, pa­ra re­vi­vir aquí ca­da es­ce­na.

¿Có­mo eran tus días de es­cri­tor en la bahía de For­men­tor?

Ca­da ma­ña­na me le­van­ta­ba y pa­sea­ba por la are­na de la pla­ya has­ta el fi­nal, y lue­go me iba na­dan­do has­ta don­de al­can­za la vis­ta, que no hay na­da. Me gus­tan las pla­yas con are­na que tam­bién tie­nen ro­cas, esa mez­cla de dul­zu­ra y fie­re­za tan pro­pia del mar. Y des­pués me po­nía a es­cri­bir. No sa­lía del ho­tel prác­ti­ca­men­te pa­ra na­da: co­mía y ce­na­ba en el res­tau­ran­te don­de trans­cu­rren al­gu­nas de las es­ce­nas más im­por­tan­tes de la no­ve­la, y al atar­de­cer, con una co­pa de vino, re­leía y co­rre­gía.

¿Qué es lo que más te atra­pa de es­te pai­sa­je?

Te di­ría que aquí tie­nes la sen­sa­ción de es­tar en el la­go de Co­mo. La pla­ya ape­nas tie­ne gen­te, pues no son de­ma­sia­dos los tu­ris­tas que se acer­can has­ta aquí por­que re­sul­ta com­pli­ca­do lle­gar. He ve­ni­do tan­to en pri­ma­ve­ra co­mo en ve­rano y re­co­noz­co que he con­tem­pla­do atar­de­ce­res alu­ci­nan­tes. La cal­ma so­lo se rom­pe con al­gún bar­co que apa­re­ce en la bahía y po­co más. Te em­bar­ga esa sen­sa­ción de mar ce­rra­do, pro­te­gi­do, co­mo si fue­ra to­do pa­ra ti. Siem­pre es­tá trans­pa­ren­te, tran­qui­lo co­mo si fue­ra un río, y so­lo se es­cu­cha a lo le­jos el ru­mor de los pi­nos.

¿Cuál di­rías que es el me­jor mo­men­to del día pa­ra dis­fru­tar de es­ta bahía?

Yo la he dis­fru­ta­do mu­cho al ama­ne­cer, que te des­pier­ta el agua, y al atar­de­cer, cuan­do pue­des ob­ser­var có­mo se va el sol en­tre las mon­ta­ñas. Sen­ta­do ahí, en el pan­ta­lán, mi­ran­do al ho­ri­zon­te... Es una es­ce­na per­fec­ta de can­ción, de no­ve­la, de pe­lí­cu­la. Si fue­ra com­po­si­tor ha­bría he­cho una can­ción, pe­ro co­mo so­lo sé es­cri­bir, sa­lió el li­bro.

¿Có­mo fue tu pri­mer via­je a Ma­llor­ca?

Vi­ne por pri­me­ra vez en 1980, cuan­do te­nía nue­ve años. Era un ni­ño e hi­ce to­do lo que ha­bía que ha­cer: probar las en­sai­ma­das, to­mar la so­bra­sa­da, ver la fá­bri­ca de per­las Ma­jo­ri­ca, ha­cer una ex­cur­sión a las cue­vas del Drach... Des­pués la he ido des­cu­brien­do de otras mu­chas ma­ne­ras.

Un plan re­co­men­da­ble es ir des­de la bahía de

For­men­tor a Po­llen­sa na­ve­gan­do en ve­le­ro,

es una tra­ve­sía muy bo­ni­ta

¿Cuál es tu me­jor re­cuer­do de la is­la?

Guar­do con nos­tal­gia la pri­me­ra vez que en­tré a las cue­vas del Drach. Yo des­de ni­ño he si­do muy fan­ta­sio­so y la fic­ción me ha gus­ta­do mu­cho. Me pa­re­cía que era co­mo en­trar en una no­ve­la de Ju­lio Verne y lo re­cuer­do con especial ma­gia. Eso sí, no ten­go fotos de aque­lla ex­cur­sión por­que pi­sé mal al su­bir a la barca y es­tu­vi­mos a pun­to de vol­car. Afortunadamente, no­so­tros nos sal­va­mos, pe­ro mi pri­me­ra cá­ma­ra de ni­ño co­rrió peor suer­te y fue al agua.

¿En­ton­ces co­no­cías bien Ma­llor­ca an­tes de sen­tar­te a es­cri­bir la no­ve­la?

No tan­to, pe­ro he de re­co­no­cer que he vi­vi­do un au­tén­ti­co enamo­ra­mien­to a raíz de ve­nir aquí. Sin du­dar­lo un se­gun­do, For­men­tor se ha con­ver­ti­do en mi pa­raí­so par­ti­cu­lar y po­si­ble­men­te es uno de los lu­ga­res más bo­ni­tos que he vis­to en mi vi­da. Yo creo que es la jo­ya de la is­la: tie­ne la ver­da­de­ra Ma­llor­ca del pino, del mar, de la ro­ca rom­pien­do con las raí­ces. Es­ta es la Ma­llor­ca que fue. Aquí es­tá el fa­ro, es­tán las mon­ta­ñas y el ca­mino. Ape­nas hay cons­truc­cio­nes que rom­pan el pai­sa­je. Guar­da la esen­cia de es­ta is­la ma­ra­vi­llo­sa.

En la pla­ya y com­ple­ta­men­te des­nu­dos, Mario, el pro­ta­go­nis­ta, le di­ce a Ana: “¿Te das cuen­ta de lo fá­cil que es la fe­li­ci­dad?”. ¿Di­rías que Ma­llor­ca es una is­la crea­da pa­ra en­con­trar la fe­li­ci­dad?

Cuan­do han ve­ni­do tan­tos es por­que aquí se pue­de en­con­trar la fe­li­ci­dad. Y esa es­ce­na de la no­ve­la es cla­ve por­que no tie­nen na­da más que ellos dos, el agua y el cie­lo, y son fe­li­ces. La fe­li­ci­dad es un es­ta­do de áni­mo que a ve­ces cues­ta ha­llar, pe­ro cuan­do la no­tas es sen­ci­lla­men­te ma­ra­vi­llo­sa, y aquí se con­si­gue.

¿Có­mo des­cri­bi­rías tu día per­fec­to aquí?

Sin du­da al­gu­na tie­ne que in­cluir una ex­cur­sión a la pe­nín­su­la de For­men­tor, co­mer en al­guno de los res­tau­ran­tes de la bahía, pa­sear y con­tem­plar el mar sin pri­sas. Lue­go me iría a la ca­pi­tal, a Pal­ma, que es una ciu­dad que me gus­ta mu­cho, es­pe­cial­men­te to­da la zo­na que es­tá si­tua­da al­re­de­dor de la ca­te­dral. Y por allí aca­ba­ría el día to­mán­do­me al­go en el bar Fle­xas, que tie­ne un pun­to ca­na­lla que me en­can­ta.

Ma­llor­ca atrae a mu­chos via­je­ros por sus pla­yas pa­ra­di­sia­cas, pe­ro es cier­to que tam­bién tie­ne un pai­sa­je in­te­rior im­pre­sio­nan­te...

Sí. Me gus­ta mu­cho esa zo­na me­nos co­no­ci­da, la par­te más ru­ral, de sa­bo­res fuer­tes, de ma­sías, don­de se ha­bla con acen­to ce­rra­do... Lo he po­di­do co­no­cer de la mano de bue­nos ami­gos y me en­can­ta esa sen­sa­ción de de­jar­te lle­var por los pue­ble­ci­tos, des­cu­brir rin­co­nes úni­cos que si­guen te­nien­do la ma­gia de la Ma­llor­ca his­tó­ri­ca. Al ale­jar­te un po­co de la cos­ta pa­re­ce que es­tás en otra zo­na dis­tin­ta, co­mo si es­tu­vie­ras en una is­la den­tro de la pro­pia is­la.

Has con­fe­sa­do al­gu­na vez que eres de buen co­mer, y la gas­tro­no­mía ma­llor­qui­na no de­frau­da. ¿Qué sa­bo­res se han que­da­do gra­ba­dos en tu me­mo­ria?

Mmm... Aho­ra mis­mo me vie­ne a la ca­be­za el tum­bet, esas ca­pas de be­ren­je­na, pa­ta­ta y pi­mien­to con sal­sa de to­ma­te... Tam­bién me en­can­tan los em­bu­ti­dos y, por su­pues­to, la so­bra­sa­da. Me ha­ce via­jar a mi in­fan­cia. En mi ca­sa mi pa­dre y mi abue­la Lu­cía la lla­ma­ban ‘ma­llor­qui­na’. Se pue­de co­mer real­men­te bien en mu­chos si­tios de la is­la. Yo siem­pre me de­jo lle­var por mis ami­gos pa­ra que me des­cu­bran sus di­rec­cio­nes se­cre­tas. Me vie­nen a la me­mo­ria unos ca­ra­co­les in­creí­bles que co­mí en Can Pe­dro, un res­tau­ran­te si­tua­do muy cer­qui­ta de Pal­ma, don­de pre­pa­ran una co­mi­da muy ro­tun­da y muy au­tén­ti­ca, que sa­be a Ma­llor­ca, una co­ci­na de raí­ces. Es un lu­gar muy bi­za­rro que me­re­ce la pe­na co­no­cer.

¿Qué ca­pri­cho te gus­ta lle­var­te en la ma­le­ta?

Siem­pre que ven­go me en­can­ta dar un pa­seo por el cam­po y lle­var­me un buen pu­ña­do de ra­mas aro­má­ti­cas, de la­van­da. Y tam­po­co sue­le fal­tar en mi ma­le­ta el tí­pi­co li­cor de hier­bas.

Es­tá cla­ro que es­tás enamo­ra­do de la cos­ta nor­te, pe­ro ¿qué otro lu­gar de la is­la te pa­re­ce un es­ce­na­rio de pe­lí­cu­la?

Ya sé que es­tá aquí al la­do, pe­ro te ten­go que de­cir que el fa­ro de For­men­tor. No he vis­to un atar­de­cer tan es­pec­ta­cu­lar, y el ca­mino has­ta allí ya es un pre­mio en sí mis­mo. Otra re­co­men­da­ción: ir des­de la bahía de For­men­tor a Po­llen­sa na­ve­gan­do en ve­le­ro. Es una tra­ve­sía muy bo­ni­ta.

¿Cuál es tu épo­ca fa­vo­ri­ta pa­ra vi­si­tar­la?

La que más me gus­ta es pri­ma­ve­ra: es dul­ce, que di­cen los fran­ce­ses. Aquí se es­tá bien to­do el año, pe­ro esos días pre­vios a la lle­ga­da del ve­rano es mi épo­ca fa­vo­ri­ta. Es­tá en to­do su es­plen­dor.

¿Qué es pa­ra ti via­jar?

Pa­ra mí es co­mo flir­tear con la vi­da por­que siem­pre pien­so que me voy a que­dar a vi­vir en el lu­gar que me aca­ba de enamo­rar. Me que­da­ré aquí con­ti­go pa­ra siem­pre, pe­ro sé que me ten­go que ir. Y exac­ta­men­te esa sen­sa­ción la tu­ve aquí, en Ma­llor­ca.

¿La is­la es de esos amo­res que per­du­ran en el re­cuer­do via­je­ro?

Sin du­dar­lo. El nor­te me pa­re­ce per­fec­to. Tie­ne to­do lo que a mí me gus­ta. Y por eso he que­ri­do es­cri­bir una no­ve­la, pa­ra que tam­bién se que­de más allá del re­cuer­do, de la me­mo­ria.

¿Eres de los que les gus­ta re­pe­tir des­tino?

Sí, por­que nunca via­jas al mis­mo lu­gar. Los si­tios te mues­tran ca­ras di­fe­ren­tes, ves el pai­sa­je de otra ma­ne­ra en fun­ción de con quién va­yas y de cuál sea tu es­ta­do de áni­mo en ese mo­men­to. A mí hoy el pan­ta­lán de es­ta pla­ya me pa­re­ce más gran­de, dis­tin­to de la pri­me­ra vez. Tam­bién es cier­to que te fi­jas en co­sas di­fe­ren­tes. Hay que re­vi­si­tar los si­tios que te gus­tan por­que tú evo­lu­cio­nas y los ves con otros ojos. A Ma­llor­ca he ve­ni­do so­lo, enamo­ra­do, con ami­gos… y nunca me ha de­cep­cio­na­do.

Via­jar es co­mo flir­tear con la vi­da, siem­pre pien­so

que me voy a que­dar a vi­vir en el lu­gar del que

me aca­bo de enamo­rar

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