Del gran Tho­mas al re­gre­so de Be­ní­tez

AS (Las Palmas) - - TEMA DEL DÍA - AL­FRE­DO RELAÑO

El Atlé­ti­co es lí­der de la Li­ga, bien es cier­to que con un par­ti­do más que el Ba­rça, que se de­be el que tu­vo que apla­zar por cau­sa del Mun­dia­li­to. Un par­ti­do no fá­cil, por cier­to, la vi­si­ta a El Mo­li­nón, que cu­bri­rá el 17 de fe­bre­ro. Pe­ro, aun con esa re­ser­va, el Atlé­ti­co es lí­der en jus­ti­cia, por­que su rit­mo de pun­tua­ción es vi­go­ro­so. Los par­ti­dos le cues­tan, pe­ro los sue­le sa­car gra­cias a su fir­me­za atrás y al es­fuer­zo co­lec­ti­vo. No tie­ne de­fi­ni­do el ata­que, en el que en­tran y sa­len unos y otros sin con­ven­cer del to­do nin­guno sal­vo Griez­mann (di­cho sea pe­se a su flo­jo par­ti­do de ayer) pe­ro va sa­lien­do ade­lan­te. Pa­ra al­can­zar por fin la pun­ta tu­vie­ron que coin­ci­dir ayer dos bríos: el del Espanyol y el de Tho­mas. El Espanyol se lo pu­so di­fí­cil al Ba­rça, con un par­ti­do un po­qui­to co­mo de gue­rri­lla ur­ba­na, con lo que las oca­sio­nes del fa­bu­lo­so tri­den­te no fue­ron tan nu­me­ro­sas co­mo otras ve­ces. Aun­que tam­bién hay que de­cir que al­gu­na se es­ca­pó de mi­la­gro. En cuan­to a Tho­mas, desatas­có, co­mo en Va­lle­cas, un par­ti­do que al Atlé­ti­co se le ha­bía blo­quea­do. Me ex­pli­co mal que Si­meo­ne no uti­li­ce más a es­te ju­ga­dor, que ya lu­ció en el Ma­llor­ca y el Al­me­ría y que le ha da­do cua­tro pun­tos en cua­tro días. Aho­ra le to­ca al Ma­drid, que tie­ne la opor­tu­ni­dad de, al me­nos, al­can­zar al Ba­rça, de­jan­do apar­te lo de El Mo­li­nón. Be­ní­tez es bien re­cor­da­do allí, así que se va a pro­du­cir la cir­cuns­tan­cia ex­tra­ña de que le re­ci­ban con pan­car­tas en cam­po ri­val, mien­tras en el pro­pio se abu­chea su nom­bre cuan­do le anun­cian en el mar­ca­dor elec­tró­ni­co. Allí, des­de lue­go, es­tu­vo bien. In­clu­so pro­fe­só de an­ti­ma­dri­dis­ta fe­roz cuan­do di­jo tras una vi­si­ta al Ber­na­béu aque­llo de “aquí hay que ha­cer el do­ble pa­ra lle­var­se la mi­tad”, así que es nor­mal que le año­ren. Pe­ro aho­ra su em­pe­ño es otro: con­ven­cer a los ma­dri­dis­tas.

“PE­RO AHO­RA SU EM­PE­ÑO ES OTRO: CON­VEN­CER A LOS MA­DRI­DIS­TAS”.

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