Abraham Gar­cía “Pro­ba­ble­men­te Zi­da­ne aca­ba­rá de­vo­ra­do por el ma­dri­dis­mo”

AS (Las Palmas) - - LA ENTREVISTA - A. MÉ­RI­DA / G. PO­SE www Vea el ví­deo de la en­tre­vis­ta en www.as.com

CA­FÉ, CO­PA Y FÚT­BOL Abraham Gar­cía es de una hu­ma­ni­dad con­mo­ve­do­ra. Sa­bio ge­ne­ro­so, de lo­cua­ci­dad arro­lla­do­ra, ejer­ce de gu­rú gas­tro­nó­mi­co des­de Vi­ri­dia­na ha­ce 25 años. Atlé­ti­co,

ci­né­fi lo y aman­te de los ca­ba­llos, vi­ve a su ma­ne­ra ha­cien­do “lo que le sa­le de los fo­go­nes”.

¿Quién es el ba­lón de oro de la gas­tro­no­mía? —Por fa­vor, eso ni se pre­gun­ta. Da­vid Muñoz es el es­pí­ri­tu san­to de la gas­tro­no­mía. Es como Ma­ra­do­na, Mes­si y Cris­tiano a la vez. Es un genio. Un ti­po que era un co­ci­ne­ro clá­si­co ex­cep­cio­nal y que un día rom­pe con to­do eso, crea un es­ti­lo nue­vo muy in­fluen­cia­do por lo asiá­ti­co y triun­fa como se me­re­ce. —Él ha­bla de us­ted como su maes­tro. —Tra­ba­jó aquí con­mi­go y apren­dió lo que no hay que ha­cer. Pe­ro le di­ré que yo lo que en­vi­dio no son sus co­no­ci­mien­tos cu­li­na­rios sino sus no­vias. La Pe­dro­che ade­más de sim­pá­ti­ca y lis­ta, tie­ne una bo­ca pa­ra que­dar­se a vi­vir ahí. —¿Có­mo an­da­mos de fút­bol? —Al fút­bol voy po­qui­to por­que no ten­go tiem­po pe­ro re­co­noz­co que me gus­ta. Aunque lo que a mí real­men­te me apa­sio­na son las ca­rre­ras de ca­ba­llos. Aque­llo es la in­ten­si­dad to­tal: en dos mi­nu­tos y me­dio pue­des le­vi­tar de go­zo. En el fút­bol tam­bién, pe­ro don­de es­tén las cua­tro pa­tas que se qui­ten las pe­lo­tas. —¿En qué hay que fi­jar­se en una ca­rre­ra de ca­ba­llos? —Lo que hay que ha­cer es ju­gar, im­pli­car­se y vi­vir­la con in­ten­si­dad y si pue­de ser con pris­má­ti­cos. Ade­más en Ma­drid te­ne­mos uno de los hi­pó­dro­mos más bo­ni­tos del mundo, con una rec­ta se­lec­ti­va de qui­nien­tos me­tros es­pec­ta­cu­lar. Un hi­pó­dro­mo es al­go ma­ra­vi­llo­so, un lu­gar bu­có­li­co y ex­cep­cio­nal pa­ra pa­sar la ma­ña­na o la tar­de vien­do ca­rre­ras. A mí los ca­ba­llos me traen lo­co: no re­lin­cho por el qué di­rán. — ¿ Zi­da­ne es caballo ga­na­dor? —Sin du­da. A los ca­ba­llos ga­na­do­res y a los per­de­do­res se les in­tu­ye en la sa­li­da y és­te tie­ne es­ti­lo de ga­na­dor. Como ju­ga­dor era ex­cep­cio­nal, la su­pre­ma ele­gan­cia. Como en­tre­na­dor to­da­vía no lo sa­be­mos. Ha ve­ni­do unas cuan­tas ve­ces a Vi­ri­dia­na. Siem­pre muy dis­cre­to pe­ro en­can­ta­dor. Ele­gan­te y con buen gus­to. — Al­gu­na vez se le ha ido la ca­be­za. —Como a todos. A na­die se le pue­de juz­gar por un he­cho. Le re­cuer­do que Bill Clin­ton pa­sa­rá a la his­to­ria por una “fe­lla­tio” y fue uno de los me­jo­res presidentes que ha te­ni­do EE UU. —¿Aca­ba­rá de­vo­ra­do Zi­da­ne por el ma­dri­dis­mo? —Pro­ba­ble­men­te. —¿Qué le pa­re­ce el cam­peón de in­vierno? — El Atlé­ti­co de Ma­drid es mi equi­po por ex­ce­len­cia. Nun­ca me can­so de de­cir lo si­guien­te: fí­je­se si so­mos hu­mil­des que nues­tras vic­to­rias las ce­le­bra­mos en Nep­tuno que es una es­ta­tua de ter­ce­ra por­que tie­ne só­lo un te­ne­dor. —¿En es­ta ca­rre­ra des­bo­ca­da has­ta dón­de lle­ga­rá el Cho­lo? — Si­meo­ne pue­de al­can­zar lo que se pro­pon­ga. Es ad­mi­ra­ble. Tú le ves al Cho­lo y pa­re­ce un puer­ta de dis­co­te­ca, pe­ro qué in­te­lec­to, qué cla­se y qué ca­pa­ci­dad pa­ra lle­gar a los ju­ga­do­res y al pú­bli­co. Es­to vie­ne muy bien pa­ra la gen­te que juz­ga por el fí­si­co a los de­más. — ¿ Su fer­vor atle­tis­ta es re­cien­te? —No, soy un perdedor de siem­pre. Eso es como la gen­te que en los al­bo­res de la tran­si­ción de­cían: yo he si­do de iz­quier­das de to­da la vi­da. Y yo les co­men­ta­ba: “No se qui­te us­ted años”. —Lo del pu­pas, a pe­sar de la fi­nal de Lis­boa, se pue­de de­cir que se ha des­te­rra­do. —Le di­ré que la éti­ca del perdedor aho­ra cues­ta en­con­trar­la en la ri­be­ra del Man­za­na­res. Y ya era ho­ra. To­do lo que con­si­gue el Atle­ti se lo me­re­ce por­que lle­ga con más es­fuer­zo y me­nos pre­su­pues­to. Lo del pu­pas pa­só a la his­to­ria. Era un fa­ta­lis­mo que nos per­se­guía. En su día se ex­tin­guie­ron los pa­tos del Man­za­na­res por las lá­gri­mas que con­ta­mi­na­ban el río. Aho­ra si hay lá­gri­mas son de jú­bi­lo. — ¿ Su re­la­ción con el Atle­ti pue­de te­ner al­go que ver con que el club lo pre­si­de un hom­bre de ci­ne como es Ce­re­zo? —En­ri­que ha pro­du­ci­do co­sas es­tu­pen­das. Siem­pre he ad­mi­ra­do mu­cho a los pro­duc­to­res que se jue­gan su di­ne­ro. Hay que te­ner vis­ta. Ima­gí­ne­se que le lle­ga un día un ti­po y le di­ce que tie­ne un guión es­tu­pen­do que tra­ta de un ne­gro que es un ma­ca­rra y que ayu­da a un mi­nus­vá­li­do. Bueno pues hay que te­ner ar­te pa­ra ver ahí una gran pe­lí­cu­la como Intocable. Me acuer­do que una vez un pro­duc­tor me di­jo de una pe­lí­cu­la que era una mar­cia­na­da y que no iría a nin­gún si­tio. La pe­lí­cu­la era To­rren­te. Muy com­ple­jo el tra­ba­jo de pro­duc­tor. —¿Y la com­ple­ji­dad de un pre­si­den­te como Flo­ren­tino Pé­rez? —Es uno de los ti­pos más po­de­ro­sos que hay. Es in­creí­ble el po­der me­diá­ti­co que des­ti­la. Más in­clu­so que la an­te­rior al­cal­de­sa Ana Bo­te­lla. Lo que ten­go com­pro­ba­do es que los presidentes de fút­bol se con­tra­di­cen más que los po­lí­ti­cos. Y ya es di­fí­cil. —Di­cen que Flo­ren­tino es fru­gal co­mien­do. — No se crea. Dis­fru­ta en la me­sa y es muy buen con­ver­sa­dor y eso se agra­de­ce mu­chí­si­mo. Pe­ro al que más he vis­to dis­fru­tar aquí no ha si­do a Flo­ren­tino, ha si­do a Car­lo An­ce­lot­ti. Era sim­pa­ti­quí­si­mo y le en­can­ta­ba co­ci­nar. Me acuer­do que ve­nía cuan­do ha­bía te­ni­do un mal re­sul­ta­do y de­cía que co­mía pa­ra re­sar­cir­se. Era ado­ra­ble, una be­llí­si­ma per­so­na. ¡Qué pe­na que le echa­ran del Ma­drid! — Oi­ga mu­cho ma­dri­dis­ta en ‘Vi­ri­dia­na’. — No es­ta­blez­co di­fe­ren­cias. Soy an­ti­pá­ti­co con todos. En se­rio, lo que me im­por­ta son las per­so­nas y no las ideo­lo­gías. Soy un re­pu­bli­cano con­vic­to y mi re­la­ción con el rey ac­tual y el an­te­rior ha si­do es­tu­pen­da.

Ba­lón de Oro “Es Da­vid Muñoz. Es como Ma­ra­do­na, Mes­si y Cris­tiano a la vez” Me­nús “Pa­ra el Cho­lo, cas­que­ría; Cris­tiano, me­ren­gue y Mes­si, bu­ti­fa­rra con tru­fas” An­ce­lot­ti “Ve­nía cuan­do te­nía un mal re­sul­ta­do pa­ra re­sar­cir­se. Era sim­pa­ti­quí­si­mo”

—¿Ha ju­ga­do al fút­bol? —No, yo prac­ti­co todos los deportes que se pue­dan lle­var a ca­bo en la ca­ma. Me gus­ta es­pe­cial­men­te la es­pe­leo­lo­gía.

—Va us­ted muy lan­za­do.

—Ca­bal­go a ga­lo­pe ten­di­do. —Y ha­bla a gran ve­lo­ci­dad. Ne­ce­sa­rio pa­ra re­trans­mi­tir como us­ted ha­ce las ca­rre­ras de caballo. —Eti­mo­ló­gi­ca­men­te lo­cu­tor vie­ne de lo­cuaz. De to­das for­mas el fút­bol siem­pre tie­ne prio­ri­dad. A mí me ha pa­sa­do cor­tar­me en la úl­ti­ma rec­ta de un Gran Pre­mio de Ma­drid por­que ha­bían me­ti­do un gol. — ¿ Se pue­de ga­nar di­ne­ro apos­tan­do a los ca­ba­llos? —No, yo he per­di­do ca­si siem­pre. La úl­ti­ma vez que co­bré en el hi­pó­dro­mo, me pa­ga­ron en pe­se­tas. — ¿ Tu­vo re­la­ción con Ra­món Men­do­za? — Cla­ro, mu­cha. No sé có­mo se­ría como pre­si­den­te del Real Ma­drid, pe­ro en el hi­pó­dro­mo le ga­ran­ti­zo que era un ti­po su­per di­ver­ti­do. Se di­ce de él que mu­rió ha­cien­do el amor y le hi­cie­ron un ataúd con chi­me­nea. Era ve­cino mío. Aho­ra vi­ve Val­dano en su ca­sa. Un tío gran­de Men­do­za, muy lú­ci­do. Re­cuer­do que le acu­sa­ban de co­la­bo­rar con el KGB y él res­pon­día con tri­bu­nas en pren­sa di­cien­do “Es lí­ci­to co­mer­ciar con la URSS”. Te­nía bue­nos co­no­ci­mien­tos equi­nos y les po­nía nom­bres muy ra­ros a sus ca­ba­llos. Te­nía una ye­gua a la que lla­mó Gol­fa y en una prue­ba in­ter­na­cio­nal una ama­zo­na se ne­gó a mon­tar­la con ese nom­bre. — Pa­ra caballo fa­mo­so el de Je­sús Gil. — Im­pe­rio­so que era como de la fa­mi­lia. Gil ma­ne­ja­ba el po­pu­lis­mo como na­die. Un día lle­gó al hi­pó­dro­mo y en­se­gui­da se ha­bía con­ver­ti­do en el au­tén­ti­co pro­ta­go­nis­ta. Ni ca­ba­llos ni ji­ne­tes. Era in­creí­ble la ca­pa­ci­dad que te­nía pa­ra lle­gar a la gen­te. —¿Co­me bien la gen­te del fút­bol? —En ge­ne­ral muy bien, so­bre to­do por­que se lo pue­den per­mi­tir pues tie­nen una economía re­suel­ta. Aunque el atle­ta es­tá so­me­ti­do a un ré­gi­men de­ter­mi­na­do. Yo he tra­ba­ja­do en ho­te­les como el Co­lón o el Min­da­nao don­de iban mu­chos fut­bo­lis­tas y el ré­gi­men era de un abu­rri­mien­to to­tal. Qué ab­sur­do ga­nar un mon­tón de mi­llo­nes pa­ra co­mer siem­pre lo mis­mo: mer­lu­za, mu­cha pas­ta y en­sa­la­das. Es­pe­ro que en la ca­ma sean me­nos con­ven­cio­na­les. —¿Si fue­ra el chef de la Se­lec­ción qué cam­bia­ría?

—Creo que el me­nú po­dría ser muy me­jo­ra­ble. Me da la sen­sa­ción de que los fut­bo­lis­tas prac­ti­can po­co las le­gum­bres. Y la cas­que­ría que es un mundo fas­ci­nan­te. La di­fe­ren­cia en­tre un so­lo­mi­llo y un en­tre­cot pue­de ser de ma­ti­ces, pe­ro ya me con­ta­rá que tie­ne que ver la len­gua con los se­sos, y las tri­pas con el hí­ga­do: ca­da cor­te es un mundo. Ha­ría que los fut­bo­lis­tas en­tra­ran en ese si­tio. — ¿ Có­mo es el día a día de un co­ci­ne­ro como Abraham Gar­cía? —Cu­rran­do. Yo tra­ba­jo 16 ho­ras al día, pe­ro no me asus­ta. Voy al mer­ca­do todos los días El mer­ca­do es el dic­cio­na­rio de la co­ci­na, allí me crez­co. Yo no di­go traé­me mer­lu­za, voy al mer­ca­do a bus­car­la. Con la co­ci­na ten­go un síndrome de Es­to­col­mo. Disfruto mu­chí­si­mo. Siem­pre he di­cho que el ejer­ci­cio de la me­sa es lo más im­por­tan­te que se pue­de ha­cer ves­ti­do. — ¿ Re­cuer­da el pri­mer pla­to que creó? — Sí, en una épo­ca le­ja­na la mu­sa se me abrió de pier­nas y pa­rió una idea ma­ra­vi­llo­sa que si­go sir­vien­do cua­ren­ta años des­pués: hue­vos de co­rral so­bre mou­se de hon­gos y tru­fas. Es una ma­ra­vi­lla de pla­to.

—Y mil ve­ces co­pia­do. —Sí, y bien mu­chas ve­ces. Yo siem­pre di­go que las co­sas bue­nas son de todos. La­men­to que las no­vias bue­nas no sean de todos aunque eso se de­be­ría po­der ne­go­ciar. — El día que li­bra ¿ a qué se de­di­ca? — Es que no li­bro nin­gún día. Só­lo fal­to cuan­do voy a al­gu­na ca­rre­ra. Voy al mer­ca­do, ven­go y co­cino y eso que ten­go a on­ce per­so­nas en la co­ci­na. De he­cho sos­pe­cho que se da me­jor de co­mer cuan­do yo no an­do por aquí, pe­ro la gen­te quie­re ver­me. —Un pla­to pa­ra el Cho­lo, Cris­tiano o Mes­si. —Al Cho­lo pa­re­ce que le pe­ga la cas­que­ría. La co­sa esa vis­ce­ral. Ro­nal­do es blan­den­gue y con un me­ren­gue se apa­ña. Le pue­de pe­gar un pla­to de la no­ví­si­ma co­ci­na al­go he­cho con si­fón o es­fe­ri­fi­ca­do. Y Mes­si es la ra­za, con­ju­ga la su­ti­le­za y la fuer­za: una bu­ti­fa­rra con tru­fas.

—¿Có­mo ve el fi­nal de Li­ga? —So­ñan­do. Uno pien­sa que el Atlé­ti­co po­dría te­ner otra po­si­bi­li­dad de ga­nar. Sin em­bar­go al fi­nal las co­sas son como son. Es como en los hi­pó­dro­mos, es una ingenuidad que­rer co­brar por los de se­sen­ta a uno. Ca­si siem­pre ga­nan los fa­vo­ri­tos. Ten­go la con­vic­ción de que la Li­ga la va a ga­nar el Bar­ce­lo­na.

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