A Emery le va­lía, a Si­meo­ne no

El Atlé­ti­co no lo­gró mar­car ni ju­gan­do con­tra diez me­dia ho­ra ● El Se­vi­lla sa­lió a em­pa­tar ● Griez­mann en­vió una al pa­lo ● Los ro­ji­blan­cos pier­den el li­de­ra­to

AS (Las Palmas) - - ATLÉTICO DE MADRID-SEVILLA - PATRICIA CA­ZÓN

A las tres de la tar­de la ria­da de gen­te que ca­mi­na­ba al Calderón lo ha­cía des­po­ján­do­se de bu­fan­das, go­rros y plu­mas. 23 de enero de­cía el ca­len­da­rio. 26º gra­dos, un ter­mó­me­tro en una pa­ra­da de au­to­bús al sol. Ca­mi­na­ba la afi­ción a un es­ta­dio, el Calderón, a cu­yos pies co­rre el Man­za­na­res pe­ro en el que ya no ha­ce frío ni en enero. Otro mi­la­gro del Cho­lo, di­rán. Y el úni­co de la tar­de por­que pa­ra ver el otro, el de con­ver­tir las oca­sio­nes en go­les, ha­brá que es­pe­rar a pró­xi­mos par­ti­dos. No ocu­rrió ayer an­te el Se­vi­lla. Ni cuan­do el Atlé­ti­co ju­gó an­te on­ce ni cuan­do lo hi­zo an­te diez.

De­be­rá em­plear­se a fon­do el Cho­lo, eso sí, si quie­re que sus par­ti­dos no aca­ben 0-0 una y otra vez por­que lo de de­jar tu por­te­ría a ce­ro es­tá muy bien, pe­ro sin go­les, como mu­cho, só­lo se pue­de su­mar de uno en uno. Y así es di­fí­cil to­do. Lle­va el Atlé­ti­co 180 mi­nu­tos sin ce­le­brar uno y eso, de mo­men­to, ya ha su­pues­to una co­sa: que el lí­der de la Li­ga es otro (Ba­rça). El par­ti­do de ayer co­men­zó a con­tar, de ver­dad, en el 61’. An­tes, ha­bían man­da­do las pi­za­rras, el mie­do a un error, las ór­de­nes de los en­tre­na­do­res. ¿Re­sul­ta­do? Par­ti­do tra­ba­do, pier­nas du­ras, ce­ro oca­sio­nes. Ha­bía di­cho el Cho­lo el día an­tes que la ve­lo­ci­dad lo de­can­ta­ría a uno u otro la­do pe­ro él se guar­dó la su­ya pa­ra la se­gun­da par­te. En el 46’ qui­tó a Au­gus­to (con ama­ri­lla) y me­tió a Ca- rras­co. El belga (y el con­si­guien­te cam­bio al 4-3-3) le pu­so esa pun­ta de vi­ve­za que al Atle­ti le ha­bía fal­ta­do en to­do el pri­mer tiem­po. Sie­te mi­nu­tos des­pués Ko­ke en­con­tra­ba a Griez­mann que, de ca­be­za, en­via­ba el ba­lón al pa­lo de­re­cho de Ri­co. La ju­ga­da fue ra­pi­dí­si­ma. Vis­ta y no vis­ta. Lo di­cho: el Atlé­ti­co ya te­nía una re­vo­lu­ción más.

El Se­vi­lla se pa­sa­ría de ellas po­co des­pués. Se­ría en ese mi­nu­to, el 61, y ocu­rri­ría así: Vi­to­lo se pa­ra­pe­tó en el bor­de del área pa­ra que Viet­to, que ve­nía como una ba­la por la iz­quier­da, ca­ño a Co­ke in­clui­do, no pa­sa­ra. ¿Con­se­cuen­cia? Ama­ri­lla. Y ya te­nía otra. A la ca­se­ta. Y, de re­ga­lo, Emery se fue con él. No cambió eso de­ma­sia­do el plan de su equi­po. Muy sen­ci­llo: pa­ta­dón arri­ba y a ver si uno de los al­tos (Kry­cho­wiak, Llo­ren­te o Nzon­zi) ca­za­ban al­gu­na. No lo hi­zo nin­guno. En to­do el par­ti­do, con Ba­ne­ga siem­pre en­ci­ma­do por tres, ape­nas tu­vo una Es­cu­de­ro, en un re­ma­te que en­ve­ne­nó el pie de Saúl y ca­si se tra­ga Oblak. Pe­ro fue esa y ya. Y ha­bía pa­sa­do en la pri­me­ra par­te. Aho­ra, en la se­gun­da, des­pués del 61’, el Atle­ti ha­bía co­gi­do el par­ti­do por la pe­che­ra. Y bus­ca­ba el gol a la de­ses­pe­ra­da, con Go­dín de de­lan­te­ro cen­tro, in­clu­so, como si esa me­dia ho­ra que que­da­ba fue­ra un as­fi­xian­te úl­ti­mo mi­nu­to. Ayu­dó el ár­bi­tro, Igle­sias Vi­lla­nue­va, que se di­ver­tía sa­can­do ama­ri­llas (res­pi­ra­bas, una, pa­sa­bas cer­ca, otra) y la gra­da, que con­ver­tía en uy ca­da cen­tro, ca­da pa­se, ca­da re­ma­te fue­ra (21 hi­zo ayer el Atlé­ti­co).

Viet­to só­lo an­te Ri­co lan­za el ba­lón arri­ba y uy. Vo­lea de Ga­bi y uy. En­tra Co­rrea, to­ca un ba­lón y uy. Griez­mann de ca­be­za y uy. Otra vo­lea de Ga­bi y uy. Ca­rras­co de fal­ta di­rec­ta y uy... Só­lo Jack­son se que­dó sin su uy. No só­lo no to­có un ba­lón es que, por mo­men­tos, pa­re­cía que sus com­pa­ñe­ros no que­rían pa­sár­se­lo. Ha­bía mu­cho en jue­go. Y el gol no lle­ga­ba. Y el maldito re­loj ca­da vez an­da­ba más cer­ca del 90’, con el Se­vi­lla per­dien­do tiem­po como fue­ra: ju­ga­do­res por los sue­los, gres­cas... Pe­ro es que aunque Emery no es­tu­vie­ra en el ban­qui­llo su or­den era me­ri­dia­na. Más de­rro­tas con­tra el Cho­lo no. Por eso re­ser­vó la ve­lo­ci­dad (Ga­mei­ro) pa­ra el 70’ y sa­lió con las to­rres: el em­pa­te le va­lía. A Si­meo­ne no. Pe­ro es­ta vez fue in­ca­paz el ar­gen­tino de ce­rrar el par­ti­do con otro mi­la­gro: nin­guno de los uuuy de su equi­po se con­vir­tió en goooool ba­jo el sol de in­vierno.

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